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Beatriz Leyton

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11 de Noviembre de 2025

Beatriz Leyton, la artista de 70 años ganadora de los Premios PAM: “No concibo la creación desde la edad”

La artista visual Beatriz Leyton, ganadora del Premio Artista Mujer (PAM) 2025, destaca que su creación trasciende la edad y las categorías de género para explorar la soledad, la incomunicación y la belleza en la vida cotidiana.

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María Beatriz Leyton recibió, en su sexta edición, la distinción del jurado del Premio Artista Mujer (PAM) 2025 por su obra “Family Life“, una instalación elaborada con miles de alfileres sobre paño negro que reflexiona sobre la fragilidad del espacio doméstico como símbolo de identidad y pertenencia.

En conversación con The Clinic, Beatriz Leyton explica que “aunque mi trabajo suele asociarse al rol de la mujer en lo doméstico y en el matrimonio, en realidad abarca mucho más. Me interesa explorar la soledad que puede existir dentro de las relaciones, la incomunicación familiar y, en un sentido más amplio, la fragilidad de las instituciones que estructuran nuestra vida cotidiana. Esa fragilidad se convierte en una metáfora de la existencia humana, de los vínculos y de su precariedad, pero también de su belleza”.

“A veces una casa no es necesariamente un hogar; ese contraste entre el espacio físico y la experiencia emocional me ha acompañado durante años. En ese sentido, proyectos como Domus o Family Life nacen de esa tensión entre lo estructural y lo afectivo. En cuanto a mi generación, crecí en los años setenta, en un momento en que hubo una verdadera ruptura de las estructuras sociales y políticas. Las mujeres comenzamos a sentir que era posible liberarse de la opresión masculina y realizarse plenamente, con la misma autenticidad y capacidad que los hombres. Por eso, más que sentir el peso de las estructuras tradicionales, viví la esperanza de un cambio, de una emancipación posible”, añade.

 Family Life de Beatriz Leyton

Las inspiraciones de Beatriz Leyton

Leyton es licenciada en Arte con mención en Grabado. Realizó sus estudios de Arte en la Universidad de Chile entre 1971 y 1973 y en la Pontificia Universidad Católica de Chile entre 1974 y 1976. Ha realizado más de 20 exposiciones individuales y participado en numerosas exposiciones, bienales y concursos en Chile y en el extranjero.

Con respecto a sus referentes en el arte, asegura que “una figura muy importante para mí fue Roser Bru, con quien tuve una relación de amistad y admiración. Me marcó profundamente, tanto por su obra como por su actitud ante la vida. Había en ella una coherencia entre lo que hacía y lo que era: una esencia, una verdad interior. Siempre la sentí como un ejemplo de tenacidad y autenticidad. Ella venía del exilio, de Cataluña, y encarnaba una generación de mujeres que, pese a todas las adversidades, nunca dejaron de trabajar ni de creer en su oficio. Decía algo que conservo hasta hoy: la edad no importa; uno siempre es la misma persona“.

“También me influenciaron Gracia Barrios, Valentina Cruz y Lotti Rosenfeld. Cada una tenía una especificidad que me enriqueció. Lotti me impactó por su lenguaje conceptual y político; sus cruces pintadas en el espacio público eran gestos mínimos pero cargados de sentido en un tiempo en que no se podía gritar, solo susurrar de manera simbólica. En mi caso, podía usar una camisa —aparentemente un objeto cotidiano— que aludía también a la ausencia, a los cuerpos desaparecidos. Esa ambigüedad me interesa: que cada espectador construya su propia lectura”, destaca.

Con respecto a Gracia Barrios, asevera que aprendió “la serenidad del oficio y la fuerza silenciosa de una mujer profundamente espiritual. Fue mi profesora de dibujo, una maestra extraordinaria, centrada, generosa, con una calma que transmitía confianza. Valentina Cruz, en cambio, era pura energía: decía que los lápices y los pinceles eran nuestras armas, y esa idea me acompañó siempre. Valentina Cruz me aportó un rigor intelectual que también me marcó.

En todas ellas encontré una manera distinta de entender la creación: una idea fuerte, pero siempre arraigada en el oficio, en el hacer constante. Esa disciplina es lo que sostiene cualquier búsqueda artística auténtica”, recalca.

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“Nunca me planteé ser ‘una artista mayor de 60′”

Beatriz Leyton reflexiona con respecto a la edad y el arte. “No concibo la creación desde la edad. Nunca me planteé ser ‘una artista mayor de 60’. Me planteé ser artista, y punto. Seguí haciendo clases hasta los 70 años y siempre he estado trabajando. Hoy sigo creando y de hecho este año lancé un libro en el MNBA escrito por Justo Pastor Mellado sobre mi obra. Con Justo Pastor Mellado revisamos mi obra desde fines de los 70, y descubrimos que no hay una línea progresiva. Hay piezas de 1979 que pueden parecer más vanguardistas que otras recientes”.

“En los años 70 y 80, en plena dictadura y con los detenidos desaparecidos, mi trabajo fue más político. Hablaba desde la metáfora y el susurro, cuando no se podía gritar. Desde los 90 en adelante se volvió una micropolítica de la vida cotidiana: familia, vínculos, silencios, lo íntimo. Ese desplazamiento de la “política militante” hacia la “micropolítica activa” cambió mi foco y mi forma de mirar”, comenta.

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“Siempre he entendido el grabado como un lenguaje expandido. No solo es técnica; es una idea matriz: todo deja huella. De esa noción salen búsquedas en textil (lana, pañolenci), alfileres, tejidos, punto cruz. Los alfileres sobre pañolenci, por ejemplo, son incisiones, marcas, ‘estampas’ del tiempo y la memoria. La misma matriz puede generar múltiples copias; esa lógica me interesa aplicada a lo doméstico y lo corporal”, explica.

“Cada vez hay menos espacios de exposición y concursos abiertos”

Con respecto a la visibilización de las mujeres en el arte chileno, destaca que “el caso del Premio PAM (Premio a Mujeres Artistas Mayores de 60 años) es una excepción fantástica dentro del panorama chileno. Esto, porque hoy no existen muchas instancias equivalentes para artistas mayores, ni tampoco demasiadas oportunidades para artistas de otras edades. Cada vez hay menos espacios de exposición y concursos abiertos; lo único que se mantiene de forma más estable son los fondos concursables como el Fondart, pero son pocos en relación con lo que existía antes“.

“En los años ochenta y noventa, por ejemplo, había muchas instituciones y recuerdo que organizaban certámenes donde uno podía ver las tendencias artísticas del momento. En esos concursos participaban artistas como Francisco Smythe, Gonzalo Díaz y muchos otros que hoy son figuras consolidadas. Era una época en la que el arte chileno tenía visibilidad, uno sabía lo que estaba pasando. Hoy, en cambio, esa visión se ha fragmentado. Hay muchas galerías jóvenes, independientes, pero cuesta tener una idea de conjunto sobre lo que ocurre“, lamenta.

Respecto a la presencia femenina, “es cierto que en las escuelas de arte las mujeres han sido mayoría —alrededor del sesenta o setenta por ciento del alumnado—, pero eso no se ha traducido necesariamente en una mayor visibilidad profesional. Muchas mujeres enfrentamos decisiones difíciles vinculadas a la maternidad y las responsabilidades familiares, lo que altera los ritmos y prioridades de creación. En cambio, los hombres que deciden ser artistas suelen hacerlo desde una posición culturalmente asociada al proveedor, al que va con todo’ porque socialmente se le permite concentrarse en su carrera. Para las mujeres, ese camino ha sido más complejo, porque no siempre se ha reconocido que la creación también es una forma de sostener la vida“.

“Por eso, la visibilización de las artistas chilenas sigue siendo un tema profundo y desafiante. Requiere no solo espacio, sino también continuidad y redes de apoyo que permitan sostener una trayectoria a largo plazo”.

“Yo tuve claro desde la universidad que ya era artista”

La artista recalca que “las universidades que solían fomentar actividades artísticas cuentan con menos financiamiento, y por eso destinan menos recursos a estas iniciativas. Una excepción es la Universidad de Playa Ancha, que creó el Museo del Grabado, un espacio admirable, instalado en una casa antigua restaurada con mucho cuidado, que reúne una valiosa colección de grabado chileno. Allí no solo conservan y exhiben obras, sino que también entrevistan y difunden a los artistas en redes sociales, visibilizando tanto su trabajo como su proceso creativo”.

“Como indiqué cuando egresé la situación era distinta. En mi generación la mayoría éramos mujeres, pero después del título quedaba mucha población flotante, gente que no sabía muy bien cómo insertarse. El primer año después del egreso es durísimo. Antes existían ayudas como la Beca Amigos del Arte, pero hoy prácticamente no hay nada similar. Yo tuve claro desde la universidad que ya era artista y que debía seguir trabajando sin pausa. Ese convencimiento me salvó, porque los comienzos son lentos. Hay que trabajar tres o cuatro años antes de lograr exponer. La pregunta que sigue abierta es quién se hace cargo de esa población flotante que necesita apoyo para continuar creando”, agrega.

En ese sentido, Leyton asevera que “fue fundamental la existencia de espacios colectivos como el Taller de Artes Visuales, dirigido por Francisco Brugnoli, donde trabajé varios años después del Golpe de Estado. Era un espacio de encuentro, debate y exigencia, casi una segunda universidad. Llegaban artistas de distintas generaciones, se compartían procesos y se generaban conversaciones profundas sobre el arte y la sociedad. Más tarde, el Taller 99, dirigido entonces por Nemesio Antúnez, cumplió un papel similar. Trabajé mucho allí, porque era un lugar donde uno se sentía acompañada por sus colegas, se organizaban exposiciones colectivas y se creaba un sentido de comunidad”.

El arte no depende solo del talento individual, sino también de las instituciones, de los lugares que acogen y permiten el intercambio. Esas redes son las que te sostienen y te ayudan a seguir trabajando en medio de las dificultades. En el fondo, el arte también es eso: un espacio de resistencia, de pertenencia y de persistencia”.

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