Opinión
29 de Noviembre de 2025
Una mujer con coche en el metro en hora punta: la pequeña gran violencia de género del día a día
Por Isabel Plant
A una década del primer chispazo que luego tiñó de morado a Chile, la violencia contra la mujer toma distintas formas, incluyendo las más cotidianas. Un video viral, de una mujer con coche en el metro, es la síntesis de la violencia contra la mujer hecha pequeña gran discriminación de todos los días. Una explicación de 20 segundos de la baja de la natalidad. Y, quizás, un símbolo de un feminismo que es día a día, en las pequeñas violencias, amenazado con ser tragado por la masa y desaparecer.
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Una mujer con coche de guagua en el metro Tobalaba a las 8:40 de la mañana, colapsando a merced del vaivén de una oleada humana. Gritos. Un video viral. Las que la ayudan a proteger el coche, otras que vociferan que mejor tome a la guagua en brazos -“¡Son dos!”, contesta, el coche es doble-, las que le dicen que se mueva. Los hombres que se escurren entre medio.
Es la síntesis de la violencia contra la mujer hecha pequeña gran discriminación de todos los días. Una explicación de 20 segundos de la baja de la natalidad. Tantas cosas a la vez.
El video de la mujer con coche en el metro se ha quedado pegado en mi cabeza estas semanas. Como nada cambió después de que todo cambió.
Hace exactos diez años, el 25 de noviembre de 2016, marché por primera vez con un grupo, en lo que se convertiría después en una marejada feminista. Fue el primer chispazo de la explosión morada de 2017 y 2018, una convocatoria que sorprendió a todos, ya que el Día internacional en contra de la violencia contra la mujer –instaurado por la ONU en esa fecha– no era un hito del calendario tan popular. Pero mujeres en todo Chile se volcaron masivamente a las calles y todo se sentía nuevo, desde los bailes a los carteles a La Moneda iluminada con la frase #NiUnaMenos.
La masividad tuvo que ver con coyuntura: en ese momento, a este y al otro lado de la cordillera, dos casos remecieron a la opinión pública y despertaron una rabia que estaba a punto de convertirse en volcán.
En Argentina, Lucía Pérez, de 16 años, aparecía muerta; dos días antes había conocido a Matías Farías, de 23, quien le iba a vender marihuana. El joven se la llevó a su casa, le dio cocaína, abusó de ella y Lucía dejó de respirar. Cuando llegó a un consultorio de Mar del Plata, no la pudieron reanimar.
Varios juicios después, en 2023, Matías Pérez fue condenado a prisión perpetua por “abuso sexual con acceso carnal agravado por el suministro de estupefacientes y por resultar la muerte de la persona ofendida en concurso ideal con femicidio”. Este año una corte revisó la sentencia y descartó el asesinato por género.
Al mismo tiempo que las argentinas salían a las calles pidiendo justicia por Lucía, las chilenas lo hacían por Florencia. Florencia Aguirre tenía diez años y estaba en su casa en Coyhaique al cuidado de su padrastro, Christián Soto, de 30 años, quien la asfixió con una bolsa y luego quemó su cuerpo que aún estaba con vida. Después de matarla la enterró en el patio. Soto fue condenado por homicidio calificado cometido con alevosía a 20 años de presidio.
La violencia contra las mujeres en formas tan brutales, incluso con las que aún no se convertían del todo en mujeres -una joven, una niña- hizo que saliéramos a la calle. Lo recuerdo en esta columna por si hay quienes olvidaron sus nombres o sus muertes, que en ese entonces significaron tanto.
Cuesta recordarlo hoy, pero en 2016 muchas mujeres tímidamente se hacían la idea de que esa necesidad de justicia que sentían se llamaba “feminismo”.
Revisé fotos de ese día, tengo muchas. Fue un atardecer muy bonito en la Alameda, en todas las imágenes hay sonrisas. Muchas nos encontramos ahí y nos dimos ánimo para comenzar algo.

Lo que vino después, el nuevo feminismo, el ‘Me Too’, la euforia, los errores, los aciertos, los cambios sociales y lo que sigue igual, ha sido ampliamente discutido y documentado. Hoy, estoy segura, a muchos ya les aburre el tema.
Y por eso no puedo dejar de mirar el video de la mujer con coche en el metro, en hora punta. En su cara cansada, en su grito enojado -“¡son dos!”-, en esa masa humana que se mueve en empujones ciegos.
Y pienso en un video de un hombre tocándole el seno a la Presidenta de México; en una campaña del Gobierno que habla sobre violencia de género que es considerada arsenal político por el CNTV; en femicidios y horrores; en cosas sencillas como hombres jóvenes contestando en una encuesta que creen que el feminismo ha ido demasiado lejos.
Una mujer con un coche doble en el metro en hora punta. Un baile de una violencia que quizás no sea tan grave como otras apuntadas a nuestro género, pero que justamente en su trivialidad, en la nula empatía, hace que esa sensación de que somos invisibles esté de regreso, da la sensación de que el ‘por mí y todas mis compañeras’ era solo un grito y que las feministas quizás somos esa mujer, peleando y defendiendo a la vez, atacada e ignorada, que corre el riesgo de ser tragada por la marea, y desaparecer.



