Opinión
13 de Diciembre de 2025
Chao body positive: ganó el Ozempic, ganaron las dietas
Por Isabel Plant
Una conversación entre amigas abre la puerta a veinte años de dietas, presiones y cuerpos vigilados: un repaso honesto a cómo la cultura de la delgadez sigue marcando —silenciosamente— la adultez de una generación y, después de algunos años de body positive, se ha tomado de regreso las redes sociales. Entre ayunos intermitentes, challenges de Instagram y la sombra del #skinnytok, la columnista se pregunta qué es lo que se busca cuando se ve a las dietas como la solución a todas nuestras inseguridades.
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Voy a mi chat de ocho amigas y pregunto: ¿cuántas han hecho dieta este año?
“Yo no, pero Instagram me ofrece todo el rato unas perimenopáusicas”, dice una.
La otra: “Yo hice ayuno intermitente. Me encantaría decirte que me sirvió, pero no”.
A dos sí les funcionó la intermitencia: ambas se saltan la cena de la noche, en parte, dice una -madre de tres- porque “no tengo cabeza para prepararme un plato especial de dieta”. Una bajó 3 kilos, la otra 7 kilos, y esa dice: “Igual da hambrecita, pero es piola”.
Se suma la que dice que vive en “en ayuno intermitente y en desayuno intermitente”.
Y una última añade que, volando bajo en Instagram, se sumó a un challenge -que cuesta 30 mil pesos- de una dieta desinflamatoria, que le ha funcionado bastante. “Si la haces al pie de la letra es media insostenible… yo voy adaptando la dieta a mi vida, no al revés”, comenta.
Tenemos 42 años. El “no se opina de cuerpos ajenos” nos llegó tarde y, al parecer, nos pasó por el lado. La dieta no es algo que ocupe demasiado espacio en nuestro chat diario, pero si hago el ejercicio, podría enumerar todo tipo de restricciones alimentarias que han estado de moda en los veinte años de amistad que nos unen, e identificar quiénes las han seguido.
Puede que no lo comentemos a estas alturas, pero cada una batalla eternamente con el sentirse bien con el propio peso.
Pienso en todas las dietas que he visto pasar y que aseguraban la solución mágica a todos nuestros problemas: la hipocalórica, la del huevo, la de la sopa, la paleo, la keto, la zona, el detox, y tantas más.
Pienso en cómo Instagram me muestra videos de “todo lo que como en un día siendo modelo”, o “todo lo que como en un día siendo bailarina” o, también, “todo lo que como en un día siendo una persona gorda que no está a dieta”; vitrinas de vidas ajenas y la alquimia de lo que ingieren cada día, marcando horas alrededor de lo que se come o no se come.
Pienso en la Asociación de Cirujanos Plásticos de EE.UU., que aún no publica su informe anual, pero el del año pasado informaba que lo que estaba de regreso era “el cuerpo de ballet”, describiendo que es no solo delgado, sino que tonificado.
Ya no basta ser flaca, más encima hay que trabajarse.
Pienso en que TikTok este año tuvo que prohibir la búsqueda del hashtag #skinnytok, donde las y los usuarios compartían dietas bajas en calorías y otro tipo de datos para ser skinny – flaca-, pero que en realidad “glorificaba la extrema delgadez” y promovía “estándares físicos inalcanzables”, según dijeron los expertos.
Pienso en la cultura Ozempic, la flacura con solo un pinchazo. En cómo su conquista mundial hizo que se anunciara el fin del body positive.
¿Quiénes fueron las derrotadas? ¿Las con sobrepeso, las flacas, todas y ninguna?
Por supuesto que vuelvo a rumiar todo esto porque inauguré mi temporada de bikini, con la neurosis -el odio, la ansiedad- de siempre.
Las jóvenes con que comparto oficina, al escuchar mis angustias noventeras sobre mi peso, me miran como si estuviera loca y me repiten que me veo regia. “Soy niña de los 90”, repito, una y otra vez, para tratar de dar a entender que los parámetros con los que me crie me siguen penando en cada mirada al espejo.
Quiero ser flaca porque lo asocio a ser feliz. Quiero ser flaca porque lo asocio a ser bonita. Quiero ser flaca porque quiero ser joven, porque quiero ser deseada, porque siempre pensé que sería una “milf” y en este momento no califico.
Los tres -¿cuatro?¿cinco? ¿seis?- kilos en los que estoy pasada se convierten en un símbolo de mi incapacidad histórica de seguir cualquier dieta por más de un solo día completo. En mi nula gobernanza sobre mi misma. Yo que soy cuadrada y obediente y y maniática y matea tengo algo que se me escapa de la voluntad, que me gana: amo comer, amo el sabor, tengo hambre, no quiero saltarme nada, déjenme tranquila.
Pero yo no me dejo tranquila. Quiero ser flaca porque ser flaca es saludable, en teoría, hasta que no lo es.
Quiero ser flaca para ver si, alguna vez, en alguna etapa de mi vida, llego al peso que tuve hasta los 20 años y digo: ya, me rindo, esto está bien. Para ver si me quiero más.
¿Y me sigo odiando, aunque la pesa diga el número indicado?
¿Y por qué si como y como, nunca paro de tener muchos tipos de hambres?
¿Quiero que mi hija sea flaca? ¿Qué herede esta locura?
¿Quién ganó cuando ganaron las dietas?



