Opinión
20 de Diciembre de 2025
Patronato no ha muerto, viva Patronato
Por Rita Cox F.
“Patronato respira, pero con dificultad", escribe la columnista Rita Cox, tras un paseo en días navideños por el icónico barrio comercial. Recuerda sus visitas de juventud buscando oportunidades, y su regreso como madre, como parte de un rito de peregrinación en la ciudad. Hoy, tras años de dificultades, Patronato da la pelea, ofrece un mundo gastronómico fascinante y busca no solo atraer de regreso a sus habitantes, sino que también mejorar el entorno para los compradores.
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Esta semana, previa a la Navidad, tuve uno de los mejores momentos citadinos que recuerdo en mucho tiempo: pasear sola por el barrio Patronato. En ese deambular empujado por las ganas, me tomé un café turco (con harto cardamomo) y probé dos pastelitos árabes en Al Amin, local pequeñito en calle Buenos Aires, atendido por su dueño, un palestino que lleva 18 años en Chile y que todavía tiene marcadísimo el acento. Ahí mismo compré chocolate de Dubái, made in Dubái, a precio razonable.
A unas cuadras, encontré unas ensaladeras en liquidación y me detuve en Ecolectura, librería de libros usados en Patronato 447. Al frente, entré a una tienda de zapatillas de marca con superdescuento. Y así, con una sensación como de andar turisteando, fui a conocer el reputado restaurán coreano Oiso, en Eusebio Lillo 311. Ya había almorzado, pero me comía la curiosidad y entré a mirar.
Sí me instalé un buen rato en Yeppo, Patronato 461, la peculiar tienda-cafetería. Bajo el mismo techo, todo tipo de productos de K-Beauty, una vitrina con una amplia gama de libros coreanos de ficción y no ficción, mesitas para tomar algo y probar la pastelería coreana. Notable el grupo de mujeres coreanas, mayores de setenta, tomando café y conversando a las dos de la tarde. Distinguidísimas.
Fue el lugar elegido por Ulises Riquelme, presidente de la Asociación Gremial de Patronato, y comerciante hace 40 años, para ponernos al día. Ulises llegó a Patronato en 1990 a comercializar ropa, pero está ligado a las ventas desde los tres años, cuando ya estaba en el mesón de la tienda familiar en Feria Persa Internacional. Conoce cada cuadra, cada local, cada manzana, a cada locatario. Un barrio que, en mi caso, pertenece al espacio de la memoria emotiva, de recuerdos que atraviesan edades.
Ese rectángulo de 24 manzanas entre Bellavista y Dominica, entre Loreto y Recoleta, no es solo un barrio comercial: es el primer lugar que se transformó en sitio de peregrinación cuando era colegiala, fuera de las fronteras de la comuna en que vivía. Un refugio. Un templo donde cada viernes, hastiada del encierro del colegio, llegaba a buscar algo más que ropa a buen precio. Me bajaba en estación Universidad Católica, atravesaba Lastarria (si había tiempo pasaba por el Instituto Chileno Francés a ver revistas) y bajaba por el Parque Forestal hasta llegar a Puente Patronato.
Allí la primera parada siempre fue el perchero, que sigue estando, lleno de ofertas de poleras y vestidos, donde con paciencia siempre se obtenía un hit. Un tesoro. Las calles regalaban de escenas cinematográficas: gente trasladando cajas de un lado a otro, colgadores de ropa moviéndose como en películas que transcurren en Nueva York, los comerciantes árabes, escuchar el coreano. Patronato era, mucho antes de que yo tomara mi primer avión y cruzara la cordillera, el lugar más diverso al que podía acceder. “Cosmopolita”, es la palabra que hubiese usado entonces.
Patronato fue también el escenario de proyectos de emprendimiento que jamás me resultaron por falta de astucia: compra de colets y aros al por mayor, por ejemplo, quedaron varados por la falta de punch. En algún momento de fines de los 90, principios de 2000, hubo una liquidadora Esprit, dato descubierto y jamás compartido de puro egoísta. Ya como madre, también se volvió habitual ir a comprar pantalones de buzo de algodón azul para el colegio, a la mitad del precio que en una tienda del “barrio alto”. Años después llevé a mi hija de siete u ocho años. Tengo la foto en una camarita a pilas: ella posando al lado de un vestido de fiesta color calipso, lleno de brillo, vuelos y pliegues. Un vestido de reina de belleza. Su cara de fascinación era idéntica a la que yo debí tener durante mi primera vez, junto a mi mamá. Ese ritual se ha repetido en el tiempo, aunque más espaciado.
¿Qué queda de ese Patronato? Ulises cuenta que cuando él llegó, ese era el centro de abastecimiento y producción textil más grande de Chile. Las fábricas del proveían al retail nacional, a Argentina, a Bolivia. Era un polo de manufactura donde la costura, el bordado, el estampado tenían su epicentro. Los viernes y sábados, recuerdo perfecto, las veredas se volvía intransitables con tantos compradores al por mayor, acarreando sus tremendas bolsas de mercadería.
La crisis, dice Ulises, comenzó a manifestarse tras la reforma tributaria de 2014, durante el segundo gobierno de Bachelet. “Una lápida para la inversión”, me comenta otro locatario. Lo primero que se notó fue la caída brutal de clientes del norte: Iquique, Antofagasta, Copiapó. Los proyectos mineros se relentaron y el comercio que dependía de ese flujo se contrajo. De 100 a 70, es el cálculo.
Luego vino la proliferación de supermercados vendiendo ropa barata, la avalancha de importación china, la explosión de malls y, finalmente, la estocada: el estallido social y la pandemia. Tras octubre de 2019, Patronato debía cerrar sus cortinas a las dos o tres de la tarde. Muchos quebraron. La pandemia profundizó el decaimiento. La vacancia alcanzó el 30%. Hoy no baja del 25%.
Patronato respira, pero con dificultad. Da la pelea. Se reinventa. Ya no solo textil: es un barrio gastronómico espontáneo, con comida coreana, árabe y chilena. El Mall Santa Filomena, con sus seiscientos estacionamientos subterráneos, vino a darle infraestructura moderna después de los años caóticos de la tiranía de los “acomodadores” de autos. Los cajeros automáticos se multiplicaron: al clásico del Banco de Chile se sumaron los de Banco Estado, Santander, Itaú y BCI. Tan importante, dicen por aquí, en 2024 llegó Mercado Pago. Con eso, no solo la comodidad para los clientes, también menor flujo de efectivo y mayor seguridad.
Patronato no es el único que apuesta por Patronato. Lo hace también el diseño de moda local con exponentes de máxima calidad y reputación. Karyn Coo, con tiendas en Nueva Costanera y Parque Arauco, tiene su estudio en calle Eusebio Lillo. Gabriela Farías Zurita, de Zurita Design Studio, hizo lo mismo con sus tejidos que reinterpretan el mundo andino y los textiles aymara. Desde julio de 2025 dejó el barrio Bellas Artes para instalar su taller en calle Palestina (ex Manzano).
“Aquí los mundos de Medio Oriente, Asia y Andino se entrecruzan y alimentan una mirada creativa y artística única, propia del momento y la historia del país. Si bien hasta ahora Zurita es la única marca de autor ligada a la artesanía instalada en el barrio, otras marcas nacionales, sobre todo de moda urbana, han encontrado en Patronato su lugar productivo: Wear Pedritos, Old Tree y Katto Jeans”, cuenta Gabriela.
La historia reciente también ilumina al respecto. Atilio Andreoli tuvo su taller en el mismo edificio donde hoy se ubica Zurita, y por estos lados estuvieron MO Store y la inolvidable Elástica, en esquina de Dardignac con Manzano.
Pero hay una amenaza que se cierne: el comercio ambulante de Meiggs. Esa masa móvil, informal, controlada por mafias. Patronato observa con alerta el efecto dominó de los operativos en Estación Central. El barrio tiene una ventaja: sus veredas estrechas. Lo que en otro contexto podría ser un problema urbanístico, aquí funciona como barrera natural.
¿Oportunidades? El destrabe de al menos tres proyectos inmobiliarios y habitacionales paralizados por la crisis de la construcción por efecto de la pandemia. Hay consenso respecto de que el barrio podría experimentar una segunda ola de renovación. Más vivienda, más servicios, más razones para que la gente no solo visite Patronato, sino que vuelva a habitarlo. Si hace unos años hubo hasta mil familias palestinas vivían en la zona, hoy son cerca de trescientas las que solo trabajan allí. De la comunidad coreana, en tanto, son cerca de 250 personas las que comercializan. El barrio se vació de residentes. Y un barrio sin residentes es vulnerable. Se transforma en puro flujo: gente que llega, compra y se va. No hay ojos en la calle de noche, no hay vida fuera del horario comercial, no hay comunidad que defienda el territorio.
Mientras, Patronato se proyecta. Viene un plan de mejoramiento de veredas en Eusebio Lillo y Río de Janeiro, más de diez cuadras, con una inversión superior a los mil millones de pesos. Más ambicioso aún, se trabaja en un Plan Maestro que contempla la remodelación integral de todo el barrio y del sector de Santa Filomena, con el objetivo de transformarlo en un espacio semipeatonal, con mejoras en veredas, entornos e incorporar áreas de descanso. La iniciativa está a la espera de la aprobación de recursos por parte del CORE, con una inversión estimada de $3.350 millones.
Apenas termine el ajetreo navideño, volveré a Al Amin para repetirme el café turco acompañado, esta vez, de un ceregli. Ya quiero, nuevamente, aplanar calles, encontrar alguna buena oferta (ojo que están Cannon Home y Pillín), o simplemente perderme y reencontrarme con mi espíritu colegial y agradecido de ser una turista en su propia ciudad.



