Opinión
3 de Enero de 2026
Los balnearios de Allende y las piscinas del San Cristóbal: arquitectura para el descanso como política pública
Por Rita Cox F.
La columnista Rita Cox escribe sobre el recién publicado libro que rescata la historia de las 17 villas turísticas que el gobierno de Allende construyó para democratizar el derecho al descanso y la lamentable situación de las piscinas Tupahue y Antilén, del cerro San Cristóbal, cerradas en plena ola de calor, y concebidas por su arquitecto Carlos Martner, como balnearios urbanos para todos.
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No tengo las competencias para afirmar si Byung-Chul Han es un buen o mal filósofo, si tiene la profundidad que se le exige a la disciplina, pero sí confieso que lo sigo con interés, que entiendo lo que dice y escribe (aprecio ese mérito suyo), y que sus ideas respecto de la hiperproductividad y la súperconectividad actuales funcionan como un diálogo interno que me ayuda a poner límites en mi relación con el trabajo, las redes sociales, las frenéticas demandas del mundo exterior. Y, cuando me sobregiro, cuando la adicción al hacer, al estar al tanto, al documentar para las redes mis experiencias me devoran, ahí está Byung-Chul Han como un amigo gentil, que siempre aconseja bien, y me ayuda a bajarme del pony.
No vengo de la cultura de las vacaciones. Por distintos motivos familiares, personales, de los vaivenes del bolsillo, la costumbre de parar dos semanas, un mes, entró más bien tarde a mi sistema de vida. En la época de estudiante, no recuerdo que haya sido una necesidad salir de Santiago. Todo lo contrario, la sola idea del cambio de escenario y de rutina me perturbaban. Pero en la adultez, parar un rato, alejarse de la lista interminable de pendientes, de la subordinación de las jefaturas, de la carga doméstica, se volvió un nutriente indispensable para volver a mí, a reencontrarme con mi identidad fuera de mi rol de trabajadora y de dueña de casa. A unos días de irme a la playa, no pienso especialmente en el paisaje precioso que sé que me espera. Mis expectativas están en el viaje mental y creativo, siempre impredecible, que se abre cuando se cierra la llave de la producción y se le da espacio al tiempo libre, a hacer lo que manden las ganas. Podría optar por un plácido “staycation”, como he hecho en varias oportunidades, porque mi casa cumple con todas las condiciones para descansar, incluida la más relevante por estos días: buen aislamiento del calor. Faltaría, eso sí, la naturaleza y ese silencio que todo lo cura.
“Nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo”, escribe Byung-Chul Han en “La sociedad del cansancio”, valorizando esa exquisita “actividad” que surge solo al pausar la hiperactividad del rendimiento social.
Inevitablemente, entonces, pienso en quienes no tienen la posibilidad de detenerse nunca jamás. Estoy, estamos, rodeados de esas mujeres y hombres para quienes la supervivencia no se los permite y cargan con ese demoledor agotamiento físico y mental que evidencian sus caras y cuerpos. Pienso en los niños con esos tres eternos meses fuera de los colegios o escuelas, que viven en malas condiciones habitacionales y en malos barrios. Cuando muchos nos vamos de vacaciones, el derecho al descanso resurge como otra de las brechas brutales, poco presente en el debate político. Un tema inexistente, más bien, que en la sociedad del cansancio ameritaría tanta atención como antes lo tuvo el derecho a silla.
La Ley de las 40 horas reduce gradualmente la jornada laboral, pero el problema del descanso no se acota allí. Es más estructural. Un estudio reciente de la Mutual de Seguridad muestra que las personas trabajadoras viven el descanso desde una necesidad emocional creciente. El 82% de los consultados ha requerido vacaciones solo para recuperar su bienestar psicológico y un 60% siente que necesita descansar con mayor urgencia que en años anteriores. Esta percepción se intensifica en los tramos de mayor edad, donde un 85% del grupo entre 45 y 54 años declara que el descanso es prioritario como cuidado emocional. Esa necesidad choca, según el mismo informe, con la realidad. Un 36% no ha tomado vacaciones en más de un año y un 57% tiene días acumulados. Entre las razones más frecuentes están guardar los días para más adelante (37%), la falta de recursos económicos (33%) y la escasez de personal de la empresa (24%). Obligados a seguir.
En “Vida contemplativa”, Byung-Chul Han anota que la inactividad es “una forma de esplendor de la existencia humana” y que “no es una forma de debilidad, ni una falta, sino una forma de intensidad que, sin embargo, no es percibida ni reconocida en nuestra sociedad de la actividad y el rendimiento”. Un lujo inalcanzable para tantos.
Otra derivada del mismo cuento es la desconexión: solo un 43% logra desconectarse totalmente durante sus vacaciones, mientras que un 28% permanece altamente conectado y apenas un 34% declara no ser contactado durante su descanso.
En ese contexto de precariedad y de vulnerabilidad hacia un aspecto tan esencial para lo humano como es el descanso, la política pública tiene harto por hacer, desde muchas perspectivas. En Chile hay ejemplos notables que vale la pena recordar. Algunos terminaron mal, otros debiesen estar operativos y no lo están, despilfarrando una oportunidad y una señal: echarse es necesario.
17 villas turísticas y costeras entre Arica y Lota, construidas en terrenos fiscales, alcanzó a levantar el gobierno de Allende. La historia de estos destinos la relata y documenta el recién lanzado libro “Balnearios populares 1970-1973: Patrimonio, turismo y memoria” (Ediciones UC), de las investigadoras Macarena Cortés, Thaise Gambarra y Francisca Evans. Se trató de pabellones comunitarios (para varias familias) estilo casas tipo “A” (recomiendo seguir el registro fotográfico de @bernarditabennett), emplazados en la costa; la materialización de una de las medidas más vanguardistas del presidente: la medida 29 sobre el derecho al descanso y el llamado “turismo popular”. Durante su corta existencia, estas infraestructuras acogieron a trabajadores y sus familias que, sin recursos económicos, se alistaban y podían disfrutar de al menos quince días de cabañas para cada núcleo, servicios de alimentación, enfermería, monitores para entretener a los niños y jóvenes. De ida y vuelta, los veranistas contaban con buses y trenes. Como anota la decana de la Facultad de Arquitectura de la UC en las primeras páginas del libro, “el programa de turismo popular promovido por el gobierno de Salvador Allende, a través de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU) y el Ministerio de Obras Públicas, buscó garantizar el derecho al ocio digno mediante la construcción de infraestructura y equipamiento recreacional”.
Dos recuerdos que detalló durante la presentación el Premio Nacional de Arquitectura 2019 y colaborador de Allende como director ejecutivo de la CORMU, Miguel Lawner. Las cocinas de las 17 villas se hicieron comunitarias para, por sugerencia del mandatario, permitir a las mujeres el trabajo colaborativo y desprenderse, aunque fuera en parte y por dos semanas, de esa carga cotidiana. En una de sus visitas, durante la noche, alrededor de una fogata, uno de los adultos participantes le contó que hasta entonces nunca había visto el mar.
El golpe de Estado de 1973 fue la lápida de los balnearios populares. Algunos se eliminaron, otros (Valparaíso, Ritoque, Santo Domingo, Puchuncaví) pasaron a ser centros de detención y tortura. Un giro brutal en el uso del paisaje y la arquitectura.
Las piscinas de Martner
También visionario en la forma de concebir la relación entre infraestructura pública y descanso fue el arquitecto Carlos Martner (1926-2020). Formado en la Universidad de Chile y parte de una de las primeras generaciones de la arquitectura moderna del país, Martner entró a trabajar al Ministerio de Obras Públicas, donde se distinguió por ser un buen arquitecto y diseñador. Allí, casi por casualidad y siendo muy joven, le encargan el diseño de la piscina Tupahue en el cerro San Cristóbal, que era una cantera abandonada, casi un basural. Martner ocupó la perforación del lugar geometrizándola y humanizándola, añadiendo elementos vegetales propios del paisaje chileno. También, y en forma casual, el gobierno de México apoyó la iniciativa de que Juan O’Gorman, gran pintor y muralista mexicano, diseñara el mural que tiene la piscina.
Años después vendría Antilén, construida en 1971 para los trabajadores del parque y abierta al público general el 28 de diciembre de 1976. Ambas piscinas fueron concebidas como un balneario de uso comunitario dentro de la ciudad, obras determinantes de un arquitecto concentrado en democratizar el espacio público. “Su gran aporte fue la valoración del espacio público, la valoración de la naturaleza y del paisaje chileno. Trabajó con materiales como la piedra y el agua. Fue uno de los pioneros en eso, aunque hoy ya es común. Pero en los años 40 y 50, cuando él comienza a explorar con estos materiales, era absolutamente pionero”, explicaba hace un tiempo en una entrevista Humberto Eliash, expresidente del Colegio de Arquitectos de Chile y autor del libro “Carlos Martner: La humanización del paisaje”.
Martner también diseñó parques y edificios en México, país en el que vivió exiliado durante quince años y trabajó como profesor de taller en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Pero su legado más visible está en el cerro San Cristóbal. Contradictoriamente a su objetivo original, y en el contexto de calor extremo que vive Santiago estos días, el balneario urbano que imaginó Martner enfrenta serios problemas.
La piscina Tupahue, tras un retraso explicado por la indisponibilidad del Embalse Las Torres (fuera de operación por obras externas a Parquemet), se encuentra en proceso de preparación para abrir en los próximos días, implementando medidas transitorias para asegurar el suministro de agua potable. Antilén, en cambio, no abrirá esta temporada. Otra más, desde su cierre en 2021 debido a problemas estructurales de filtración.
Vivimos en una sociedad obsesionada con el trabajo. La política pública y el debate se centran en el problema del empleo y las condiciones laborales. El descanso queda rezagado, avergonzado, a un paso de confundirse con flojera. Esto no es solo erróneo, es peligroso. Bien vale, entonces, recordar los esfuerzos que ya hace 50 años hacían precursores de la arquitectura del bienestar.



