El Castillo tiene una pelopincho: recorrido a 36 grados por pasajes repletos de piscinas de plástico en La Pintana, donde la necesidad vecinal se enfrenta a la norma municipal
Desde hace años (y principalmente después de la navidad) decenas de piscinas de plástico aparecen en distintas poblaciones del país. Este fotorreportaje recorre los pasajes de El Castillo, en La Pintana. Allí las piscinas no son lujos: se llenan entre las mangueras de varios vecinos, funcionan como espacios comunes y permiten que niños sin patio ni áreas verdes puedan refrescarse. Mientras el municipio cuestiona su instalación por infringir la normativa, en la población el calor empuja otra lógica: la de capear juntos el calor verano.
Por Sebastián Palma 3 de Enero de 2026
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Belén tiene 29 años y tres hijos. Vive de allegada en la casa su papá y, desde hace un tiempo, el verano en su casa se traduce en humitas: a mil pesos cada una. Las venden frente a su casa, en la población El Castillo, en La Pintana.
Afuera, en la calle, hay una gran olla oscura sostenida sobre un tambor metálico. Adentro, palos y tablas arden. Diciembre ha sido uno de los meses más duros por el calor y, al mismo tiempo, el mejor: los choclos llegan en su punto justo, amarillos, tiernos y lechosos.
El día comienza mucho antes de que alguien compre. En la cocina se limpian los choclos uno por uno, se desgranan hasta que las corontas se amontonan ya sin carne en la basura. El maíz se muele, se calienta y se revuelve. La pasta vuelve a la misma cáscara que la sostuvo en la planta, envuelta con cuidado. Casi con cariño se amarra con una cuerda, como quien coloca una cinta sobre un regalo.
El calor se queda atrapado en la casa: en las manos, en la espalda, en el aire espeso que no corre. Afuera, la olla hierve. El verano se siente rudo. El padre de Belén saca las humitas con una espumadera y, a no más de tres metros del tambor ardiente, en un callejón angosto, dos de sus nietos se bañan en una piscina plástica. Una “pelopincho” instalada en plena calle. Ahí, entre el agua hirviendo y el agua fría, transcurre el día familiar.

En el agua, los dos hermanos se mojan y chapotean. Se bañan con polera para protegerse del sol y, antes de entrar, se limpian los pies con un pequeño balde plástico. La piscina —sostenida por varas delgadas de aluminio— es pequeña, forrada con un plástico con unos pulpitos estampados, está instalada en medio del pasaje, a pocos metros de la casa. El agua apenas le llega a las rodillas a ambos niños, pero eso les basta para zambullirse y hundir la cabeza
—La piscina la instalé antes de ayer. Me la regalaron para Navidad y la pusimos al tiro— dice Belén, aprovechando una pausa breve en la preparación de humitas.
El patio de la casa es demasiado chico. No cabe ahí. Por eso la piscina quedó en el pasaje, a la vista de todos. Desde que la instalaron, cuenta, el día se volvió un poco más llevadero para los niños, sobre todo en estas jornadas de calor extremo. Antes se iban a otra piscina instalada por una vecina, un par de pasajes más allá. Tener una propia cambió la rutina.

Mientras habla, Belén deja ver que la piscina no es solo suya. En el pasaje hay reglas que no están escritas y que se entienden sin necesidad de decirlas.
—Depende del dueño de cada piscina, pero si acá pasa un niño muerto de calor, puede meterse. No hay problema— dice.
“La Municipalidad llama a no instalar piscinas portátiles”
La proliferación de piscinas plásticas en calles y pasajes no es una situación exclusiva de La Pintana.
En distintos puntos de Santiago, vecinos de diversas comunas recurren a ellas para capear el calor y enfrentar veranos cada vez más intensos. Sin embargo, en El Castillo la escena adquiere otro peso: viviendas pequeñas, episodios de violencia, patios pequeños o inexistentes, pocas áreas verdes y altos niveles de hacinamiento hacen que la piscina instalada en la calle no sea una excepción, sino parte del paisaje cotidiano del verano.

Ese contexto es el que la propia alcaldesa de la comuna, Claudia Pizarro, ha descrito en otras ocasiones como una expresión de la ausencia del Estado. Un diagnóstico que, en días de 36 grados, se vuelve visible en los pasajes.
Consultada por The Clinic sobre la existencia de un catastro o una evaluación específica respecto de estas piscinas, la Municipalidad de La Pintana respondió mediante un comunicado en el que manifestó su oposición a la instalación de piscinas portátiles en la vía pública, apuntando principalmente a riesgos asociados a la seguridad.
“Uno de los principales peligros está vinculado a la instalación de piscinas cerca de postes de energía eléctrica, lo que expone especialmente a niños y niñas a descargas eléctricas”, señalaron desde el municipio. A eso suman riesgos menos visibles, como la filtración de humedad, que podría afectar el tendido eléctrico subterráneo y aumentar la probabilidad de fallas o accidentes de tránsito.
El comunicado fue complementado con declaraciones del alcalde subrogante, Noé Miranda, quien señaló que, si bien existe comprensión frente a las altas temperaturas, instalar piscinas en la vía pública “constituye una conducta de alto riesgo que puede derivar en accidentes graves”, haciendo un llamado al “uso responsable y respetuoso de los espacios comunes”.

Horas después de su respuesta interna, el municipio reforzó su postura a través de un nuevo mensaje publicado en redes sociales, titulado “Municipalidad de La Pintana llama a no instalar piscinas en la vía pública por riesgos a la seguridad y la salud”.
En la publicación se enumeraron otros argumentos para desaconsejar esta práctica: obstrucción del tránsito, posibles focos de infección, desperdicio de agua potable y deterioro de áreas verdes.
El mensaje generó reacciones divididas entre los propios vecinos de la comuna. Algunos defendieron la instalación de las piscinas como una necesidad frente a las condiciones de las viviendas.
“Si en el patio no les cabe la piscina es entendible. Con esas casas, ¿dónde caben?”, escribió Carolina en los comentarios.
Otros, en cambio, cuestionaron duramente la práctica, calificándola como: “narcopiscinas”, “pichinas”, “un cumerío”.
En el Castillo, otra vecina de la población que tiene una piscina de plástico y que la comparte con los vecinos de su pasaje, responde indirectamente a los juicios.
“Muchos niños van a pasar todo el verano acá. Ir a la piscina o a la playa igual es plata. Por eso pusimos la piscina para quien quiera venir”.

El sentido comunitario y el no tanto
La misma vecina va metiendo a los niños uno por uno a la piscina. A todos, menos a uno: su hijo mayor. Está castigado. El niño se queda al borde, mirando el agua, cumpliendo la reprimenda sin patalear ni quebrarse, aunque cada cierto rato insiste, pregunta, pide permiso para entrar. La respuesta es siempre la misma.

La escena no es áspera, pero sí firme. En esa piscina —instalada en medio del pasaje— la disciplina se respeta. El gesto va más allá de bañarse o no bañarse: es una enseñanza que la mujer considera básica y que, dice, se aprende temprano en lugares como El Castillo. Acá, los errores tienen consecuencias duras y los castigos en su casa, aunque cuesten, se cumplen.
Mientras el hermano mayor observa con pucheros la piscina desde afuera, sus hermanos —y los niños del pasaje— están en el punto más alto de calor en el día. Ellos no parecen notarlo. Se tiran piqueros desde las esquinas, hacen chinitas, se empujan, se lanzan agua. La única niña del grupo participa de esas guerras, pero también busca su propio espacio.
Alterna los juegos más bruscos con salidas breves de la piscina. Se tumba en la cuneta, boca abajo, estira los brazos y se queda quieta unos segundos.
—Voy a tomar sol— dice, antes de regresar al agua.

La escena es observada en todo momento por dos madres, vecinas del pasaje, que se turnan las labores de cuidado.
—Esta piscina es de todos. No tengo problema en que se meta quien sea, solo les pido a los chiquillos que la cuiden. De hecho, nos organizamos con los vecinos para llenarla: cada uno pone su manguera y la llenamos entre todos. Después, entre varios, la limpiamos— dice una de ellas.

En El Castillo, la mayoría de las piscinas funciona bajo una lógica compartida: se llenan entre varios vecinos y se usan como espacios comunes para capear el calor. Pero no todas siguen esa regla. A medida que el agua se vuelve un recurso escaso y valioso, también aparecen límites y diferencias en su uso.
Los martes, durante la feria del sector, una mujer instaló una de las piscinas más grandes del pasaje. Su puesto queda a pocos metros de su casa y la piscina quedó justo en medio de ambos espacios. Mientras ella trabaja bajo un toldo azul, los niños se meten al agua y el pasaje se llena de movimiento.
La piscina no es formalmente pública, pero tampoco es cerrada: funciona como un punto de descanso dentro de una jornada larga, en un día especialmente intenso para el barrio.
A una cuadra, en cambio, un vecino tomó una decisión distinta. Cercó su piscina con una malla plástica y la destinó principalmente a su familia. Reconoce que cobra a quienes quieren usarla y que el tema genera comentarios entre los vecinos. No se trata solo de una elección personal: mantener la piscina llena, limpia y en pie tiene costos.
Cuando el sol empieza a bajar, el pasaje queda mojado. Algunas piscinas se cubren con malla raschel; otras se vacían a medias. Los vecinos reciben a los niños con las palmas de las manos arrugadas y el pelo duro. Los secan con toallas antes de hacerlos entrar a la casa.
La piscina entonces queda vacía e instalada en la calle y aparece como lo que realmente es: un punto de fricción. De un lado, la norma, los riesgos y las advertencias municipales. Del otro, el calor persistente, las casas pequeñas, los patios que no existen y los niños que no tienen dónde ir.
Entre ambas fuerzas, no hay mucho espacio para soluciones. Eso es porque en lugares como El Castillo, el verano se enfrenta como se puede. No como debería ser, ni como dicen los reglamentos, sino como ocurre en los pasajes, cuando la necesidad empuja más fuerte que la orden.
Eso lo tiene claro la madre de un niño que se baña en el agua:
–Acá hay cosas que hacen mucho más daño que una piscina en la calle.




