Emilia Noguera: “Todo lo que rodeó la muerte de mi padre tiene un cincuenta por ciento de tristeza y otro cincuenta de belleza”
La actriz, directora y dramaturga estrena "Caballo", con la compañía Ictus, una reflexión sobre el estado enrarecido y de confusión en que se encuentra la patria tras años de revueltas, movimientos y cambios. "La obra no es una opinión sobre el estallido, ni una moralización de ningún tipo de cómo debes pensar y qué no. Es más bien un mapa emocional de lo que hemos vivido los últimos años desde Chile", dice. Además, habla sobre la importancia del teatro hoy y sobre cómo ha sido la vida familiar en estos meses tras la muerte de su padre, Héctor Noguera.
Por Isabel Plant 10 de Enero de 2026
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En las paredes del histórico Teatro La Comedia, casa de la también histórica compañía Ictus, frente a las fotos de obras más históricas aún -con Nissim Sharim y Delfina Guzmán, con Claudio di Girolamo y Shenda Román, entre tantos otros-, está el afiche minimalista rojo de “Caballo”, la obra que se estrena estos días en el marco de Teatro a Mil: se ve el plinto vacío de Plaza Baquedano, un caballo alado que se escapa volando y bajo el título se lee, simplemente, “una obra de Emilia Noguera”.
Ya son dos décadas como dramaturga, actriz y directora, y son cinco años como parte del mundo Ictus, junto a Paula Sharim y Nicolás Zárate, liderando el equipo artístico. Noguera llega a la entrevista en bicicleta, y después de instalarse y recuperar el aliento tras haber pedaleado en el calor del centro de Santiago, se sienta a conversar de su nueva obra, una que partió esbozando hace ya años, pero que ahora finalmente se logra montar, pasado un tiempo de revuelo en el Chile contemporáneo, tras las celebraciones de los 70 años del Ictus y su programación especial, y tras, por supuesto, unos meses desde la muerte de su padre. Por eso, la entrevista comienza por ahí.
—¿Cómo has estado tú, y tu familia, en los últimos dos meses de duelo? Como que el primer tiempo es un estado de rareza…
—Sí, de hecho, hablando con mi psicóloga, me decía que ha pasado tan poco tiempo que todavía no es duelo. Parece que hay como una tipificación de las etapas.
—¿Como negación, luego aceptación y así?
—No, parece que no es eso, pero al parecer el duelo real todavía no empieza. Uno recién está tratando de entender la desaparición de esa persona. Algo así como que recién uno se va adaptando, así que en eso estamos. Pero somos una familia súper grande y eso nos ha jugado mucho a favor, porque nos acompañamos un montón, nos vemos un montón. Compartimos mucho.
Emilia Noguera destaca el tamaño de la familia: son cinco hermanos, los Noguera. Están las mayores, Piedad y Amparo, hijas de la fallecida directora Isidora Portales, y luego los tres menores, fruto del matrimonio de más de cuatro décadas junto a Claudia Berger, productora y profesora: Diego, Emilia y Damián. Como bien se sabe, todos ligados a las artes, al teatro, a la música. Un clan.
“Hemos estado súper tranquilos y tranquilas, la verdad, todos acompañándonos”, cuenta ella.
—Según lo que ustedes mismos han contado, fue una buena despedida, ustedes se estaban preparando.
—Tuvimos la oportunidad de estar con él, de detener la vida, de detenerlo todo para internarnos en esa casa, para estar con él y con todos nosotros. Y eso es muy tranquilizador, a pesar de que fue todo rápido, desde el diagnóstico hasta su muerte.
Estuvimos como cinco o seis días todos metidos en esa casa, en privacidad, sin que nadie supiera más que los muy, muy cercanos. Lo que permite cierta calma. No es de mezquinos que no contáramos lo que estaba pasando, sino que nos estábamos procurando calma.
—Obviamente tu papá era un personaje muy famoso, ¿pero llegó a ser muy impactante lo que se generó con sus funerales, con las despedidas, con la transmisión en vivo, para todos ustedes?
—Sí, pero más después que en el momento. En el momento, yo creo que nosotros seguíamos con esta sensación de intimidad y de privacidad. Es raro lo que ocurre. Uno está en un círculo muy protegido, que está muy mezclado con la belleza finalmente, porque encuentro que todo lo que rodeó la muerte de mi padre, y su muerte misma, tiene un 50 por ciento de tristeza y otro de belleza.
“Fue súper impresionante después darnos cuenta de todo lo que había ocurrido. Pero en el momento uno no está tan consciente, sí de que uno recibe mucho cariño”.
Emilia Noguera recuerda que estaban en el cortejo fúnebre, pasando por Mega, la Pérgola de las Flores, el Teatro Camino, el periplo camino al cementerio, donde se reunía la gente para despedirse. Pero que justamente, en los espacios de traslado, entre medio de esos hitos, es donde le quedaron grabadas ciertas postales: “Lo más emocionante ocurría entre medio de esos puntos, tú veías a la gente saliendo de las casas con pañuelitos, saludando. Yo iba con mis hijas y les dije: ‘Atentas chicas, no se olviden de este momento, porque no lo van a volver a vivir'”.
—Carmen Romero decía que parte del homenaje a la vida de tu padre es que Teatro Camino sigue y está abierto. Tu hermana Piedad trabaja ahí. Ahora que tu papá no está, ¿no piensas también irte para allá? ¿Que todos los Noguera terminen en Teatro Camino?
—A mí me gusta moverme, pero obviamente vamos a estar todos pendientes de Teatro Camino, o sea, la Piedad es la que trabaja ahí, fijo, pero igual estamos todos opinando. Y la Amparo ha hecho ya varias funciones últimamente ahí, le ha ido bacán, se llena y estamos todos pendientes de que el espacio siga abierto. Hay un equipo de gente trabajando, entonces eso funciona bien. Seguro que si nos llegan a necesitar, vamos a estar todos ahí.
El absurdo del presente y la memoria
“Caballo”, aclara Noguera, no es una obra sobre el estallido, aunque su afiche así lo pueda insinuar. Comienza con María Elena Duvauchelle montada sobre el caballo de Plaza Baquedano, con banderas que ni ella misma se explica. En una especie de estado enrarecido, de ensueño, y usando la tradición del humor absurdo que es marca registrada del Ictus en la escena nacional, la protagonista se irá cruzando con distintos personajes, que van desde su marido detenido desaparecido, a Dios y el diablo, y se irán mezclando también los tiempos del país: el pasado reciente, el pasado de la memoria histórica, hasta incluso la Guerra del Pacífico. El elenco lo completan Roberto Poblete, Paula Sharim, Daniel Muñoz, Nicolás Zárate y Camila Oliva.

“En 2019 me llamó la Paula (Sharim) para trabajar conmigo, para que le escribiera una obra, para que inventáramos algo entre las dos. No nos conocíamos, ella tuvo esa intuición y me llamó de la nada. Según ella, que me buscó y me buscó y me buscó y yo no la pescaba, ¡mentira!”, recuerda, y se ríe. La cosa es que se juntaron, y Sharim había tenido un sueño, que es la génesis inicial de esta obra.
Pero pasaron cosas: más estallido, la pandemia, y las urgencias cambiaron. En ese avance del calendario, Sharim eventualmente invitó a Noguera a ser parte oficial de Ictus. La compañía, además, el año pasado estuvo celebrando su aniversario número 70, en donde remontaron algunos de sus clásicos, como “Primavera con una esquina rota” o “Pedro, Juan y Diego”.
Sobre el proceso de revisar o adaptar estos textos emblemáticos, Noguera explica: “Hay un respeto muy grande con la historia de este teatro, pero a veces para tomar esas obras antiguas hay que faltarle un poco el respeto al material, porque si no te congelas. Si yo estuviera todos los días consciente de la gran responsabilidad que es trabajar acá, no podría. Entonces hay un momento en que hay que olvidarse de eso. Y seguro que esos mismos que escribieron esas obras y que la hicieron, estarían contentos de esa falta de respeto, porque este teatro se trata de eso también”.
Hasta que llegó, finalmente, la planificación 2026, y Noguera revisó su computador y se encontró con diez páginas, escritas hace cinco años, después del encuentro inicial con Sharim. “Me gustó y la retomé ya habiendo pasado cinco años del estallido. De rechazos, apruebos, Kast, todo aquello”, explica Noguera.
—Ya había pasado un tiempo después de lo primero que habías escrito. ¿Cómo fue revisar lo que escribiste? ¿Era la misma sensación o la misma postura frente al estallido, por ejemplo?
—No, no, no, muy distinta igual. La obra no es una opinión sobre el estallido, ni una moralización de ningún tipo de cómo debes pensar y qué no. Es más bien un mapa emocional de lo que hemos vivido los últimos años desde Chile. Y eso se tradujo en la obra como en un lenguaje medio absurdo, con harto humor, y desde el lugar de los sueños, donde yo te estoy mirando a ti con esa cara, pero a la vez, yo sé que tú eres mi hermana, por ejemplo.
Como tiene harto de eso, que es un símbolo de esta especie de caña que estamos teniendo después de este como estallido que tuvo mucha sensación de esperanza, luego nos caímos con la pandemia, luego vino Apruebo, Rechazo, tuvimos esperanza con la nueva Constitución, nos volvimos a caer, después tuvimos esperanza, nos volvimos a sacar la mugre. Entonces, como que siento que todavía la memoria de la que podemos hablar es más bien física y emocional, que tiene mucho que ver con nuestro presente, en realidad.
Noguera dice que son otros los llamados a hacer análisis políticos de la contingencia o la memoria reciente del país, y que los artistas, en cambio, deben canalizar el análisis emocional. “Uno con el que la gente debiera poder relacionarse y empatizar, y a través de eso entender o reflexionar, porque también los tiempos nos están llevando a pasar la noticia nomás, porque ha sido agotador. Es cierta información que decides saltarte nomás, porque ha sido un montón”, explica.

“Y al principio mucha gente se dedicó, yo incluida, a estudiarlo muy bien, a estudiar cada posición, a qué se refieren estos, a qué se refieren estos otros, y a qué significa el Apruebo, qué significa el Rechazo. Leamos la nueva Constitución, estudiémosla, opinemos, pensemos, nos gusta. Y llegó un momento cuando ya todo se iba cayendo. Fue como ‘ya me bajo del mundo, chao'”.
Y añade: “Hablo de la caña moral, emocional en que estamos. Ahora, ocurrió algo bastante claro: ganó Kast. Ya, fin”.
—Para ti qué significa ese fin. O, ¿por qué fin?
—No sé, no tengo idea. A eso voy.
—¿Un fin de ciclo?
—Veremos qué sucede, pero sí, igual es el fin de un ciclo, si es que lo tomamos desde ese estallido, todo lo que pasó entre medio y ahora vamos a tener un fascista como presidente. Fuerte igual, o sea, analizable, interesante.
—Desde el mundo de las artes, la voz común es que hay preocupación.
—Sí, ahora, para nosotros en cultura es preocupante cualquier gobierno. Siempre estamos a la cola, si ganaba Jeannette Jara, yo igual hubiese estado preocupada por la cultura. Siempre estamos preocupados por la cultura, porque llevar los teatros es rudo, y toda la cultura.
—Sí, pero, ¿por qué en ese caso te preocupa más un Kast? ¿Crees que hay poca apreciación para el arte desde el lado del mundo republicano?
—Sí, creo que no está en su radar, nomás. Es así. No estoy ni siquiera juzgándolo. Su radar está puesto en otros lugares y nosotros tenemos que cuidar este. Entonces es preocupante.
—El lema de Teatro a mil este año es justamente que “La cultura sí importa”. Cuando tú defiendes esa postura, ¿por qué dirías que el teatro y la cultura sí importan? ¿Cómo lo defenderías?
—Es que son muchas razones, pero tiene que ver con la identidad de un país, con la relación entre las personas, con la educación de los niños, con la capacidad de reflexión, con que el teatro y las artes en general son espejos de las sociedades. Eso es algo que te enseñan de chiquitita y después uno empieza a entender que tiene que ver con que, claro, tú te ves a ti mismo y ese espejo te devuelve un reflejo que te permite reflexionar. Y esa reflexión te permite relacionarte con el del lado y compartir. Lo que está siendo o casi revolucionario, o lo será en algún momento.
Esta misma sala, tú estás sentada al lado de otra persona. Y están pensando todos en una sola cosa y luego van a salir y van a conversar sobre lo que acaban de ver y van a reflexionar y van a tener ideas distintas. Es un círculo virtuoso, desde salir de la casa a ver la obra de teatro o la película o la danza o lo que sea, hasta toda la conversación que viene después.
—Volviendo a “Caballo”, usar el humor absurdo es algo muy del Ictus. ¿Tenías un pie forzado de escribir hacia allá?
—No. Esto en particular fue siempre una coincidencia entre la escritura mía y la escritura del Ictus. Como que Paula siempre me ha dicho eso, esta mezcla de actualidad y humor. Bueno, es que el humor es una herramienta muy concreta para entregar material, cuando se está riendo, está recibiendo un montón de información. La risa te mantiene atenta. Entonces, igual el humor es una estrategia.

—El teatro chileno se divide entre los dramas, y, si es que hay humor, quizás es una comedia más light. Pero el Ictus logra ser un mundo entremedio.
—Sí, a mí me gusta mucho el mundo entremedio, es el que me hace sentido. El otro no tanto.
—El teatro comercial.
—No, yo actúo en teatro comercial y lo disfruto un montón y me alegra mucho que exista. Tiene que haber todos los tipos de teatro. Yo tengo la suerte de que tengo una pata acá, pero al mismo tiempo estoy haciendo obras con Cultura Capital o con Los Contadores Auditores. Y estoy muy de acuerdo con que eso exista, porque hay público para todo, eso es lo bonito.
Pero acá, en este espacio, a mí me gusta mucho esa libertad de que pueda ser una obra que sea graciosa, pero que a la vez sea muy emocionante, muy trágica y muy cómica, todas las emociones posibles cruzadas.


