Opinión
6 de Febrero de 2026
Crítica a “Marty Supremo”: Timadores, trucos y talento
Por Cristián Briones
Llega a los cines la nueva película de Timothée Chalamet, nominada a nueve premios Oscar, incluyendo mejor película, mejor actor y mejor director. Es la historia de un joven soñador y timador, dispuesto a arriesgarlo todo por ser campeón de ping pong. El crítico Cristián Briones alaba la narración "impecable" del filme, y destaca a su personaje principal: "Marty es el mejor tipo de estafador al que puedes enfrentar en esta crónica, es uno al que quieres ganarle, pero no necesariamente quieres que pierda".
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Escoger ver una película en estos tiempos que nos caen encima, es algo así como detenerse a ver un juego de ‘Pepito Paga Doble’. Sabemos que es una estafa. Sabemos que la habilidad del perpetrador está en una serie de juegos de manos en el cual siempre gana la casa, pero nos entregamos a jugar. Los cineastas son ese mismo tipo de prestidigitadores. Encantadores que esconden sus intenciones en pequeñas ilusiones que han sido tomadas prestadas de otras artes, y tal como nosotros, se comprometen con el juego.
“Marty Supremo” (Marty Supreme) de Josh Safdie puede ser precisada de muchas maneras, sobre todo hoy en día, en que nos desvivimos por hacer definiciones lo más escuetas posibles de aquello que vemos. Es “After Hours” al ritmo del montaje más frenético de “Buenos Muchachos”.
Es un estudio de personaje más valioso por el ejercicio en sí mismo que por el protagonista examinado. Es un largometraje orgullosamente judío-americano, explorando lo bueno, lo malo y lo feo con toda una ilustre pléyade de apariciones. Aparenta ser el relato clásico de un triunfo, un héroe al que seguiremos por todo el metraje para ver cómo elude obstáculos y finalmente llega al dilema de la superación personal. Pero todas esas definiciones no le hacen justicia, porque el interés del mayor de los Safdie es la emoción del juego, y todo lo anterior es parte de los trucos de esta maravillosa estafa llamada narración audiovisual y en eso colaboran todos sus participantes, especialmente su protagonista.
“Marty Supremo” es la historia, ligeramente basada en un prodigio del ping-pong, que está a un paso de cumplir el sueño de convertirse en el campeón de su especialidad. Un reticente vendedor de zapatos que considera que todos están por debajo de él y su talento. Un estafador de poca monta con la agudeza de un genio y un conjunto de valores y ética inexistentes.
Le acompañan en sus periplos su novia de la infancia, Rachel (la sensación del momento en Hollywood, Odessa A’zion), presentada en su calibre para la historia en un robo-homenaje a Amy Heckerling; una otrora estrella del Cine, Kay Stone (una contundente Gwyneth Paltrow); Wally, su compañero de estafas en el ping-pong (Tyler the Creator); y el despiadado empresario Milton Rockwell (Kevin O’Leary), quizás el más importante de los antagonistas en este relato en que Marty Mauser se irá aprovechando de todos y cada uno, con las consecuencias emocionales para todos, excepto para él, porque para eso debiera tener un corazón y algunos principios de los que carece totalmente. Marty sólo vive para demostrar que es el mejor. Lo demás es sólo un estorbo en su camino.
Sin embargo, no estamos en este juego para ser los jueces morales de Marty o de ninguno de sus acompañantes. No es que el director fuera a permitírnoslo tampoco, no tiene la más mínima intención, durante más de dos horas y media de metraje, de dejarnos pausar para hacerlo. Y sus cómplices en este delito están en estado de gracia: Daniel Lopatin en la música, que además suma una serie de canciones cuyo anacronismo cumple con desestabilizar a la audiencia tanto como el diseño de producción del brillante Jack Fisk nos mantiene en la década y lugares en que todo no ocurrió. La fotografía de Darius Khondji bien vale su nominación, pero quién resultó ser un colaborador indispensable es la otra pluma en el guión y co-montajista desenfrenado, Ronald Bronstein.
No hay cómo bajar la apuesta con este nivel de talento involucrado. La serie de infortunios que le acaecen a Marty llegan algunos desde el azar y otros desde su propio hacer, pero eso tampoco importa, porque no tenemos el espacio para hacer nada excepto entregarnos a una narración implacable.
Marty es un protagonista odioso. Despreciable en prácticamente todos los sentidos. Vacío más allá de ser el soñador de la versión más retorcida del sueño americano, en que el codazo es la forma de avanzar entre el gentío. Arrogante y ególatra, va por el mundo cobrando una deuda que este no tiene con él, ni con nadie. Es la última persona a quien apoyaríamos en este afán de superar desventuras y triunfar a punta de méritos. Y en este sentido lo de Timothée Chalamet es magnífico y muy probablemente en la cresta de su carrera, porque su interpretación es tan magnética y carismática como la de los mejores embaucadores, y nos cuesta darnos cuenta que estamos siguiendo a tal ruin, hasta que ya sólo estamos perdidos en los trucos de manos del cineasta. Marty es el mejor tipo de estafador al que puedes enfrentar en esta crónica, es uno al que quieres ganarle, pero no necesariamente quieres que pierda.
Y en otro nivel, Marty es un artefacto narrativo en su propia historia. Es quien la impulsa tomando malas decisiones, hablando más de la cuenta, incapaz de lidiar con las consecuencias de sus actos. Pero al igual que el cineasta detrás de la cámara, Marty está dos jugadas más allá. Está mirando la paleta, al jugador, la bola, está cargando el cuerpo, torciendo la muñeca. “Marty Supremo” es así en cada uno de sus minutos, cada carrera, cada callejón, cada persona maltratada y menospreciada, cada llamada con una mentira, todo en su construcción está pensado para no tener pausa. Para hacernos creer que sabemos dónde está la ficha, y por fin vamos a ganar nuestra apuesta, pero no.
Josh Safdie exprime la energía de su audiencia hasta el agotamiento. Y aunque divagación excesiva, que siempre está el peligro de que un mago se entusiasme mucho con sus propios trucos, le empantana un tanto en el segundo acto, lo cierto es que el neoyorkino no se detiene a esperar a ver si sus comentarios, si es que los hay, decanten. Porque como cuenta una máxima del cine, las historias siempre esconden algo.
Si bien en “Marty Supremo” pareciera que la rigidez temática es el antónimo de su enérgica puesta en escena, hay mucho ante lo que levantar la ceja en la posteridad: el aparente vacío de Marty Mauser es en sí mismo una acotación sobre lo taimado de los soñadores con el éxito, sin ir más lejos. El espíritu inquebrantable de los judíos es otro aspecto puesto en pantalla, “nosotros construimos eso”, la historia de la miel, “la peor pesadilla de Hitler”, etc. O quizás hay migajas en las cuales podemos seguir a algo un tanto más profundo. Marty, desde el aplomo establecido en su superioridad, se enfrenta a un empresario que aprecia su talento sólo si puede obtener ganancias de él, y que puede romperle cuando quiera; a los guardianes de la forma del juego, que no respetan su talento, porque valen también las formas; el público no existe más allá del aplauso (algo que remarca con Kay Stone también); y cierra con que los únicos que terminan tendiéndole una mano son los uniformados, y su último refugio es una núcleo familiar con el que nunca quiso armar un nexo. Podemos darle una vuelta a esta exhibición de la bravuconería estadounidense en cada una de sus aventuras internacionales. O quizás no. No es que importe mucho.
Porque cuando todo termina, cuando el cineasta recoge la mesa con sus ganancias, dónde está la ficha no es lo importante. Emprendemos camino a casa con la película bien clara. Sabemos lo que acabamos de ver. Es un timo. Una gloriosa, trepidante, caótica y electrizante estafa. Y vaya que fue emocionante.



