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Esta semana, en la Universidad Austral de Chile, lo que vimos no fue simplemente una protesta desbordada contra la ministra Ximena Lincolao, sino la expresión contemporánea de una violencia irreflexiva.
La paradoja es brutal: jóvenes universitarios, entrenados para el pensamiento crítico, replicando lógicas de deshumanización contra una mujer con una trayectoria meritocrática, cuestionada por ser parte de un mal gobierno.
La ministra fue bloqueada y retenida por más de dos horas. Según testigos del ataque se usaron mesas, sillas y barricadas para retenerla. Las críticas eran más amplias que su propia cartera, involucraban al CAE, el alto costo de los combustibles, la agenda de género y la guerra en Medio Oriente.
El episodio nos trae a la memoria aquello que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal: no una maldad excepcional, sino una violencia ejercida sin reflexión, casi automática, por sujetos que se perciben a sí mismos como moralmente justificados. El mal no requiere monstruosidad sino la “radical ausencia de pensamiento”.
Lo tranquilizante es el masivo rechazo del ataque, no solo desde la política o el gobierno, también desde la sociedad civil. La universidad debe ser un espacio de desarrollo de las nuevas generaciones y debemos preservar esos espacios para cultivar la reflexión, el debate con respeto y fortalecer los valores occidentales que sustentan la democracia y la libertad.