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Correo 5 de Mayo de 2026

Carta a la directora: No es perfección, es humanidad

Gonzalo Larenas, director Ejecutivo de Teatro del Lago
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Un misil puede viajar más rápido que cualquier ser humano en la historia, sin embargo nadie se emociona por eso. En cambio, ver a un deportista correr los 100 metros planos una milésima de segundo más rápido que otro nos levanta del asiento, nos parece extraordinario.

No es la velocidad lo que nos conmueve. Es que alguien, con un cuerpo limitado, haya logrado empujar ese límite más allá. Es ese pequeño margen, casi imperceptible, el que transforma un resultado en algo trascendente.

Lo que admiramos no es la velocidad. Es el esfuerzo, la disciplina, la historia detrás de un logro. El hecho de que esas proezas hayan sido alcanzadas por alguien tan imperfecto como nosotros.

Lo mismo nos sucede con el arte.

El arte no nos sorprende por su perfección, sino por su humanidad. Nos conmueve porque nace desde la limitación, desde esa tensión permanente entre lo que somos y lo que quisiéramos ser. Esa fragmentación del yo de la que hablaba Freud, esa búsqueda constante e inquebrantable de elevar el espíritu humano.

Desde Homero en la Ilíada hasta un músico que ensaya más de 12 horas diarias para llegar a las mejores orquestas, lo que vemos nunca es solo la obra. Es esa necesidad de alcanzar algo más grande que uno mismo, sabiendo además que nunca será perfecto.

Es por eso que el arte importa. Porque no es solo el resultado de una historia, es la biografía en sí. Es alguien mirando el mundo de una manera única, no a través de algoritmos, sino desde su propia limitación, y con esa materia tratar entonces de darle forma.

Y es precisamente ahí donde aparece la inteligencia artificial.

Porque puede hacer todo esto. Puede escribir, componer, pintar. Puede incluso generar obras que, en apariencia, nos emocionen.

Pero hay algo que no está ahí, un vacío que no se llena con algoritmos.

Esa esencia tan humana que nace de su propia limitación, luchando con su misma naturaleza para llegar más allá, esa es la proeza que emociona.

Podemos incluso llegar a emocionarnos por un momento con una obra creada por inteligencia artificial, pero esa emoción no permanece, no transforma, no trasciende, porque en el fondo sabemos que detrás no hay nadie, no hay nada que nos impacte.

No hay una vida intentando decir algo, no hay una historia que sostenga esa forma, no hay un límite que haya sido empujado.

Y el arte, en su esencia más profunda, siempre ha sido justamente eso.

No perfección.

Sino humanidad.

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