Secciones

The Clinic
Buscar
Entender es todo
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad
Caso Wallace Ricardo Raphael

Tiempo Libre

16 de Mayo de 2026

Ricardo Raphael y “Fabricación”, el libro del Caso Wallace que será adaptado por Maite Alberdi: “No hay figura más noble que una madre buscadora”

El escritor y periodista mexicano Ricardo Raphael conversó sobre “Fabricación”, su investigación sobre el polémico Caso Wallace que será adaptada para televisión por Maite Alberdi. En entrevista, reflexionó sobre el populismo punitivo, la fabricación de pruebas, el rol de los medios y cómo una “madre buscadora” logró construir uno de los relatos más poderosos —y controvertidos— de México.

Por
Compartir

El escritor y periodista mexicano Ricardo Raphael está de paso por Chile. El autor llegó al país en el marco de la gira de presentación de su último libro, “Fabricación”, que aborda uno de los casos más mediáticos de México: el “Caso Wallace”, una controvertida investigación criminal sobre el supuesto secuestro y asesinato de Hugo Alberto Wallace, marcada por denuncias de tortura, fabricación de pruebas y dudas sobre si la víctima realmente murió.

El caso, ocurrido en 2005, se convirtió durante años en un circo mediático, como lo define su autor, impulsado por Isabel Miranda de Wallace, madre del desaparecido, quien bajo la imagen de una mujer devastada habría torcido los hechos para ganar notoriedad e influencia. Una influencia que llegó a tal nivel que se codeó con importantes figuras políticas, como el expresidente Felipe Calderón, con quien mantuvo una estrecha relación.

En su paso por Chile, el escritor y periodista —que además conduce un noticiero en Canal Once TV— realizó una presentación del libro en la Universidad Diego Portales, instancia en la que participaron el periodista Daniel Matamala y el abogado Francisco Cox, con quien Raphael ha compartido y explorado archivos judiciales vinculados al caso.

Además de presentar su libro, en su paso por Chile Ricardo Raphael reveló que “Fabricación” será adaptado para televisión por la directora chilena Maite Alberdi junto a Fábula, expandiendo así el impacto de una investigación que, a lo largo de casi 600 páginas, examina detalladamente los pormenores del caso. Con un lenguaje cercano y periodístico, el libro rompe la barrera del lenguaje judicial y evoca obras como A sangre fría, de Truman Capote, o La canción del verdugo, de Norman Mailer.

El “Caso Wallace” remeció a México en 2005 tras la supuesta desaparición y asesinato del empresario Hugo Alberto Wallace. El caso convirtió a su madre, Isabel Miranda de Wallace, en una de las figuras más influyentes de la lucha contra los secuestros en el país.

Sin embargo, con los años surgieron denuncias de torturas, fabricación de pruebas y dudas sobre la veracidad de la investigación. La polémica volvió a instalarse luego de que la Suprema Corte liberara a una de las principales acusadas y nuevas investigaciones plantearan que Hugo Alberto Wallace podría haber fingido su secuestro y muerte para escapar de un narcotraficante al que le debía dinero.

—¿Por qué crees que un caso tan local y mexicano termina teniendo trascendencia en otros países de Latinoamérica?

Para México este es un caso extraordinario. Yo estaba buscando una historia que me ayudara a explicar el funcionamiento —o más bien el mal funcionamiento— del sistema de justicia, y me topo con una clave que permite ver dónde están las fallas, sobre todo cuando el poder empieza a tomar decisiones que deberían corresponder a jueces o fiscales. Pero mientras avanzaba, me encontré con algo mucho más amplio: una explicación de lo que está pasando con este fenómeno que llamamos punitivismo legal o demagogia punitiva.

Ahí es donde el caso deja de ser solamente mexicano. Yo veo muchas similitudes con lo que ocurre, por ejemplo, en El Salvador. Acá hablamos de un caso; allá son miles. Pero el principio es parecido: los derechos dejan de importar, el debido proceso deja de importar, y las medidas extraordinarias de seguridad terminan produciendo centenares de personas encarceladas por décadas.

En ese sentido, el “Caso Wallace”, aunque ocurre en 2005, sigue teniendo consecuencias importantes hoy. Es una especie de balcón desde donde se puede observar un fenómeno mucho más amplio y profundamente latinoamericano.

Todo esto de la fabricación de pruebas o del punitivismo extremo suena más propio de regímenes autoritarios o dictaduras. Pero los ejemplos que estamos hablando ocurren en democracias. ¿Cómo se genera ese fenómeno en sistemas democráticos?

—En regímenes autoritarios o militaristas no hace falta demasiado esfuerzo para fabricar una verdad, porque tampoco existen condiciones para desmontarla. Lo que decía la autoridad era la verdad y punto.

Hoy estamos en algo más difícil de definir. Yo hablaría de regímenes con tendencias autocráticas. Hay elecciones, sí, pero eso ya no basta. Entonces aparecen otros pilares de la fabricación: las redes sociales, los medios de comunicación, el sistema judicial plegándose a la voluntad política. Y también cómo la política amplifica voces que, aunque no pertenecen directamente al poder, terminan diciendo exactamente lo que el poder quiere instalar.

En el caso de este libro, lo que uno ve es cómo una mujer con enorme poder adquisitivo decide fabricar el secuestro y asesinato de su hijo, pese a que existían múltiples evidencias de que Hugo Alberto Wallace seguía vivo. Yo incluso tuve pruebas de vida de él hasta hace cuatro años. Pero eso terminó siendo irrelevante. Ella construyó el relato de una madre víctima, luego se transformó en una heroína pública y su popularidad creció al punto de convertirse casi en una figura tipo Batman. La llamaban para cualquier tema relacionado con secuestros o seguridad.

El auge de Isabel Miranda de Wallace

El autor explica que ahí ocurrió uno de los puntos más decisivos del caso: el poder político terminó incorporando a Isabel Miranda de Wallace como una voz funcional a su discurso de seguridad. Según plantea Ricardo Raphael, el entonces presidente mexicano Felipe Calderón encontró en ella una figura capaz de instalar públicamente ideas que su gobierno buscaba impulsar, como la militarización de la seguridad pública.

A partir de ese momento se produjo una relación de beneficio mutuo: ella legitimaba el discurso oficial y, a cambio, el Estado le entregaba visibilidad, influencia y poder. Su figura creció rápidamente hasta transformarse en uno de los rostros más reconocibles del debate sobre seguridad en México. Ganó el Premio Nacional de Derechos Humanos, fue candidata a gobernadora de Ciudad de México y se convirtió en una presencia habitual cada vez que el país discutía temas de secuestros o violencia.

Para Raphael, lo más impactante es que durante años nadie cuestionó el origen de esa popularidad. Y eso, dice, tiene una explicación profunda: en América Latina pocas figuras generan tanta legitimidad moral como una madre buscadora. “De pronto descubrimos que esta era una madre buscadora impostora”, sostiene el escritor, apuntando al enorme peso simbólico que tuvo esa imagen en la construcción del relato público del

— En otras entrevistas tú haces también un mea culpa respecto al rol de la prensa. Porque en ese momento era difícil cuestionar a una madre que buscaba a su hijo, pero quizás hubo una amplificación mediática sin mirar más allá del relato inicial.

Hay que entender el contexto. En 2004 y 2005 México vivía una ola de secuestros gigantesca, especialmente en Ciudad de México. Para dar una idea: el 25% de las pólizas de seguro por secuestro vendidas en el mundo se cobraban en México. Había una sensación de descontrol absoluto. Y entonces aparece esta figura: una madre valiente, decidida, dispuesta a enfrentar a los secuestradores. Mediáticamente era irresistible. Todos querían entrevistarla porque daba rating. Se volvió un personaje enorme.

Y ahí sí hay un mea culpa importante del periodismo. Nadie pensó en darle espacio a las otras voces. Así como parecía natural entrevistar a la madre buscadora, a nadie se le ocurrió entrevistar a las madres de los acusados. Esas familias intentaron hablar con los medios y nadie las escuchó. Las hacían esperar horas y nunca las pasaban al aire. Ahí hay una lección periodística enorme: no puedes hacer periodismo sin contrastar versiones y sin corroborar información.

— Hoy en México, ¿la mayoría de la gente cree que esto fue una fabricación o todavía existe apoyo hacia Isabel Miranda?

Mi impresión es que hoy la opinión pública sí asume que fue una farsa. Que fue una fabricación. Pero aun así el sistema judicial sigue entrampado. De las seis personas acusadas, solamente una ha sido liberada, luego de que la Suprema Corte reconociera que su confesión fue obtenida bajo tortura. Y el caso más doloroso es el de Brenda Quevedo Cruz y Jacobo Tagle, que siguen sin sentencia después de veinte años. Ahí se produce algo muy angustiante: la opinión pública va por un lado, la evidencia por otro, pero ninguna de las dos logra impactar realmente el sistema judicial. Es como si existieran realidades paralelas.

— En Chile llevamos años con una presencia constante de noticias policiales: secuestros, asesinatos, robos. ¿Cuál crees que es el rol de los medios en esto? Porque los delitos existen, pero también hay una amplificación permanente.

Durante una presentación en la Universidad Diego Portales, el abogado Francisco Cox dijo algo brillante: “Quienes crean que esto no puede pasar en Chile, yo les digo que vengo del futuro; vengo de México”.

En los años noventa, en México decíamos que había que evitar “colombianizarnos”. Hoy muchos desearían volver a esa etapa. Hay que entender que estas maquinarias pueden atrapar a cualquiera. Y también que muchos crímenes fabricados existen para ocultar delitos mayores. Así funciona muchas veces el crimen organizado: necesita complicidad estatal y necesita construir cortinas de humo.

Por eso los medios tienen que ser extremadamente cuidadosos. Si compramos sin cuestionar los relatos oficiales, podemos terminar siendo cómplices de operaciones destinadas a ocultar otras cosas mucho más graves.

— ¿Cuál ha sido el resultado del populismo punitivo en México?

Todavía es difícil hacer un juicio definitivo. A Trump le permitió volver al poder. En México ha encumbrado figuras políticas muy importantes. Y esto no es solo un fenómeno de derecha. La tentación punitiva atraviesa izquierdas y derechas por igual, porque existe una sociedad desesperada buscando salvadores.

Somos generaciones educadas con superhéroes. Siempre estamos esperando a Batman o Superman. Pero mi impresión es que mientras más fuerte es el discurso punitivo, más violencia termina produciéndose. Por eso creo que la discusión importante no es solamente política, sino cultural: cómo construimos una cultura de paz, de convivencia y de respeto al derecho.

Y ahí la literatura y las artes cumplen un rol fundamental. El auge del true crime demuestra que existe una necesidad social de entender cómo funciona realmente la verdad jurídica, cómo se construyen las pruebas y cómo operan las manipulaciones. Creo que ahí hay una posibilidad muy importante de generar pensamiento crítico y herramientas para enfrentar la desinformación y las fake news judiciales.

Notas relacionadas