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Opinión

23 de Mayo de 2026
Sandro Baeza

Columna de Rita Cox: El Biógrafo, patrimonio sentimental

Foto autor Rita Cox F. Por Rita Cox F.

Una cortina de terciopelo y una sala que sobrevivió al estallido, a la pandemia y enfrenta al streaming: la historia del cine El Biógrafo se construye entre películas y obstinación. Desde el fenómeno inicial -la cinta "Bleu"- hasta el presente donde las películas chilenas se abrieron un espacio, la sala de cine de Daniel Scrigna resiste. “No pongo las que me gustan a mí. Pongo las que se merecen ver”, dice el dueño de un local que ya es parte del ADN de Lastarria, según cuenta la columnista Rita Cox.

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No es una metáfora, tal vez roza la hipérbole, afirmar que Juliette Binoche salvó El Biógrafo. Fue en 1997, sin que ella lo supiera. Daniel Scrigna llevaba tres años al frente del cine, tres años con la sala vacía, cuando un día llegó caminando por Lastarria y vio algo que no había visto antes: una fila de casi una cuadra de gente esperando por una entrada. La película era Bleu, la primera de la Trilogía de los colores del director polaco Krzysztof Kieślowski. Casi treinta años después, sentado, Scrigna recuerda el episodio y vuelve a emocionarse.

Bleu estuvo seis meses en cartelera, con cuatro funciones diarias (hoy un éxito dura un mes; un superéxito, diez semanas). Luego vinieron Blanc y Rouge, y con la trilogía entera se construyó no solo una adhesión chilena a Kieślowski, sino también una geografía emocional compartida, con El Biógrafo como escenario. Para muchas veinteañeras de entonces, fue también un canon: Juliette Binoche era la imagen y semejanza de la mujer interesante, francesa, intensa. Nos cortamos el pelo como Binoche. Quisimos sufrir como Binoche. Un referente opuesto al que habíamos tenido en la niñez, las princesas Disney, pero un referente, al fin y al cabo.

El Biógrafo había nacido años antes, con Eduardo Tironi y Silvio Caiozzi como socios. Scrigna lo compró porque tenía distribuidora y las películas de cinearte no las exhibía nadie. Adquirió, remodeló íntegro, redujo las butacas de 220 a las actuales 190 (la sala A1 del GAM tiene 256) para hacerlas más amplias. La primera película que exhibió, en 1994, fue Orlando. No fue nadie. 94, 95 y 96 fueron, en sus palabras, un desastre. Hasta que apareció Binoche.

Al micromundo de El Biógrafo, y ese ritual de empujar su contundente cortina de terciopelo para entrar a la sala, llegué gracias a mis padres. Con uno o con otro rotábamos entre las salas del cine Pedro de Valdivia (ahí vi E.T. en el 82), Las Condes (me aburrí con Los Cazafantasmas en 1984), el Golf (me enamoré perdidamente de Jean-Marc Barr en El azul profundo, en 1989), Espacio Cal (El cielo protector me abrió las puestas al mundo de los Bowles el 91 o 92 con un trago en mano en sala) y El Normandie. Este último es el único que queda de la lista. Sin streaming, se iba al cine. Algunos le decían “ir al teatro”. Un dilema estilo tomar “once” o “té”.

Esa herencia familiar es parte de mi patrimonio. La palabra viene del latín patrimonium: lo heredado. Un concepto que se ha ampliado y hoy cubre desde monumentos nacionales hasta formas de cocinar, pero en su núcleo sigue vigente eso que se transmite de una generación a la siguiente, y con ello un hábito, una forma de mirar, una forma de relacionarse con ciertos espacios de la ciudad.

El cerro San Cristóbal, la cordillera, la Torre Entel, el metro: están ahí, han estado siempre o hace mucho, y su sola presencia organiza algo en nosotros, nos entrega una coordenada. Si un día no estuvieran, algo en el paisaje cotidiano se rompería de un modo que cuesta dimensionar, como también las piezas emocionales que se moverían en cada uno.

El Biógrafo entra en esa categoría. Es una presencia física y, a la vez, acumula capas de experiencia personal: la fila en la vereda donde, como en aquella graciosa escena de Annie Hall, el tiempo de espera se volvió parte del evento; el lugar donde a los 20 años viste la película con el primer amor; esa vez que fuiste sola y descubriste que el cine para uno es un placer magnífico; la vez que decidiste salirte de la sala porque odiaste la película. Esas películas que te abrieron una compuerta y viste allí y no en otro lugar.

El Biógrafo no tiene placa ni declaratoria. Nunca ha postulado a un fondo estatal, nunca ha recibido un peso del Estado, a pesar de haber soportado los embates del estallido y la pandemia. Y ahí está como un corazón del barrio Lastarria, como un patrimonio sentimental.

Para Scrigna, economista argentino, empresario automotriz de autos de lujo e inversionista inmobiliario, El Biógrafo es parte de su biografía en Chile y un negocio. “Sigue siendo un negocio, pero no se lo cuentes a nadie”, me dice. Uno que se ha adaptado a los tiempos que corren, pero que aún así sostiene su identidad original y lo diferencia de las salas de los grandes complejos. “Esos, explica, no son cines: son confiterías audiovisuales. El 60% o más de su facturación viene del popcorn. La película es el pretexto para que la gente compre, y eso determina qué se programa y por cuánto tiempo.” En El Biógrafo, en cambio, la cartelera, al cierre de esta columna, tiene El diablo viste a la moda, a las 15.30 (“una película de señoras”, acota Scrigna); Cuando cae el otoño, del francés François Ozon, a las 18.00; y La misteriosa mirada del flamenco, chilena. “El Diablo es rentable, La Misteriosa es rentable, y la de Ozon es pérdida. Pero hay que ponerla.” Él mismo aclara que no ve todas las películas que programa. Estudia las fichas técnicas, cómo les fue en Argentina, en Uruguay, en Europa. “No pongo las que me gustan a mí. Pongo las que se merecen ver.”

El cine francés, que durante años fue el alma de la programación, ya no prende como antes. “Se está muriendo”, dice Scrigna sin rodeos. En cambio, el cine chileno genera especial interés, con hits como Denominación de origen, que estuvo diez semanas en su cartelera.

El público hoy es heterogéneo: chicos con mochilas, señores bien vestidos, señoras mayores que llaman por teléfono para reservar entradas desde Puente Alto o desde Rancagua y aprovechan de ver dos películas para amortizar el viaje. Desde el estallido, el público del barrio alto dejó de cruzar Plaza Italia, y los horarios cambiaron en consecuencia: de cuatro funciones diarias con la última a las 22.00, a tres funciones con la última a las 20.15, para que la gente pueda tomar el metro. El equipo son seis personas en dos turnos —cajera, acomodador, proyectorista—. La cajera lleva 25 años. Te dan un papelito con la ubicación. El acomodador te acompaña con una linterna. Scrigna podría haber automatizado eso hace tiempo. No lo ha hecho porque “cuando algo anda bien, no tocas nada”.

El barrio tiene lo suyo. Los ambulantes en la vereda inquietan a quienes llegan caminando. Los músicos callejeros que se instalan afuera y tocan sin parar obligaron al Café El Biógrafo, también de su propiedad, a instalar vidrio acústico para amortiguar el ruido. Scrigna lamenta la falta de carabineros y de fiscalización. Recuerda con nostalgia los tiempos del alcalde Jaime Ravinet. Y, hace unas semanas, apareció un nuevo contratiempo: los ratones. Tuvo que contratar una empresa de desratización, poner trampas y un sistema de ultrasonido para ahuyentarlos. Los problemas diarios de El Biógrafo, “un faro en la oscuridad cultural”, en palabras de un empresario restaurantero. Un espacio que el barrio necesita, pero cuida poco.

Hubo un fallido intento de expansión, en Avenida La Dehesa. En 2023, comenzó a movilizarse la idea de levantar un par de salas con el sello El Biógrafo en el Centro de las Artes Zoco. Las obras llegaron al 80% de avance, pero la inmobiliaria a cargo desistió de continuar con el proyecto.

El Biógrafo seguirá siendo único y el único cine del barrio Lastarria y alrededores por un tiempo más, aunque ese tiempo tiene fecha. “El Biógrafo se muere conmigo”, dice Scrigna. Lo dice sin drama, como quien constata un dato. Y agrega, casi de pasada, que, si de él dependiera, volvería a programar Orlando. La primera película que exhibió. La que no fue a ver nadie. “Podría poner una función de Orlando, pero no tres”.

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