Habla conductora y tía de Alejandro, el niño asesinado en una encerrona en San Bernardo: “No saben cuán culpable me siento por haberme pasado esa maldita salida”
Por Sebastián Palma 27 de Junio de 2026
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Afuera, en la calle, las cámaras de televisión permanecen encendidas desde temprano. Los periodistas ensayan despachos en vivo mientras esperan una imagen o una declaración. Adentro, en cambio, la familia de Alejandro Águila intenta despedirse en silencio del menor de la familia.
Para evitar el asedio mediático, la Funeraria Iván Martínez, ubicada en en Concha y Toro, en pleno centro de Puente Alto, habilitó una entrada lateral para los cercanos del niño. El acceso atraviesa una sala de ventas que a través de una puerta conduce a un estrecho pasillo, flanqueado por una decena de ataúdes, antes de desembocar en el salón donde es velado el menor cruelmente asesinado durante una encerrona en San Bernardo.
Alrededor de su féretro hay deudos y coronas de flores. Una lleva el nombre del Séptimo C, el curso al que pertenecía Alejandro. También hay camisetas de Colo Colo, River Plate, la selección chilena y la argentina colgadas sobre un atril. En el centro destaca una gigantografía del niño con la camiseta alba. La envió la Garra Blanca como homenaje a un hincha cuya vida giraba, casi por completo, alrededor del fútbol.
Su padre es argentino, oriundo de Sierra Grande, en la provincia de Río Negro, y Alejandro decía sentirse argentino. Apenas unos días antes de morir había cruzado la cordillera para conocer por primera vez el lugar en el que vivían sus hermanos mayores —hijos de un primer matrimonio de su padre— y a su sobrina que cumpliría un año.
En el camino, por la Ruta 22, en plena Patagonia argentina, se encontraron con una estatua monumental de Lionel Messi que todavía estaba en construcción. La escultura mide 26 metros de altura, pesa 70 toneladas y requirió tres capas de hormigón para levantarse. Cuando Alejandro descendió del auto, los artistas aún la pintaban.
La observó durante varios minutos. Estaba fascinado con verla antes de que estuviera terminada. Pese a ser reservado le dijo a su padre y a su tía que sentía que estaba siendo parte de la historia, como si hubiera llegado antes que todos los demás a conocerla.
—Por el fútbol se sentía argentino. Si tú ves una de las pocas fotos que tiene, porque no le gustaba sacarse fotos, aparece con la camiseta de Argentina y la figurita del Mundial —recuerda Sandra, hermana de la madre de Alejandro y conductora del vehículo, quien habla por primera vez con un medio de comunicación—. Era introvertido, pero cuando se ponía a jugar fútbol le salía toda su personalidad. Ahí aparecía él.
La tía Sandra
El verano pasado Alejandro y Sandra viajaron solos a La Serena. Sandra quería descansar unos días y Alejandro fue su compañero de viaje. Se metieron al mar, caminaron por la playa y pasaron horas conversando. A ella le gustaba porque era un niño fácil de acompañar. En los viajes se ponía los audífonos y se encerraba en su mundo.
Compartían bastante. Los panoramas casi siempre terminaban en un cine. Fueron juntos a ver la película de Michael Jackson y también el concierto Unplugged de Los Bunkers. Alejandro conocía las canciones y las cantaba de memoria.
—Era mi partner del cine. Me acompañaba para todos lados. Siempre tuvimos una conexión muy especial —recuerda Sandra.
—Yo lo cuidaba mucho, como si fuera mi hijo.
Desde el crimen, esa cercanía la empujó a ocupar otro lugar. Mientras su hermana y el padre de Alejandro intentan sostenerse al inicio del duelo, Sandra –en conjunto con su familia– ha sido quien enfrenta los trámites, responde llamados, coordina documentos y toma decisiones que se tienen que aprender de un día para otro, casi hace en piloto automático, nada lo prepara a uno para la muerte.
La conversación ocurre lejos de las cámaras. Se sienta en una pequeña sala de ventas de la funeraria, oculta del salón principal. Tiene un yeso en una mano por el esguince que sufrió durante el asalto. En la cintura un hematoma por los golpes que recibió. Habla pausado. De vez en cuando se detiene para tomar aire.
Sobre la mesa hay vasos de agua. A su lado se sienta Aldo, primo de Alejandro. El único integrante de la familia que asistió a las dos audiencias de formalización contra los seis detenidos por el crimen, pese a que durante los últimos días se instaló la versión de que ningún familiar había concurrido al tribunal.

La noche más larga
La madrugada del 23 de junio fue también la noche más larga del año. El solsticio de invierno había dejado sobre Santiago la mayor cantidad de horas de oscuridad del calendario. Mientras la familia regresaba desde Argentina intentando llegar a Puente Alto, en San Bernardo un grupo de sujetos llevaba casi una hora moviéndose por la comuna en un Mitsubishi blanco robado.
Según la Fiscalía, todo comenzó cerca de las 00:14 horas, en un servicentro Shell ubicado en calle Eyzaguirre. Allí, cinco sujetos abordaron a un conductor que cargaba combustible y al trabajador del local. Los intimidaron con cuchillos, los amenazaron y les robaron especies personales, la recaudación del servicentro y el vehículo Mitsubishi blanco en el que después continuarían la noche.
Con ese auto, de acuerdo a lo informado en la formalización, recorrieron distintas calles de San Bernardo. Cerca de la 01:00 llegaron a Avenida Portales con Vicente Pérez Rosales. Allí interceptaron a un carabinero que estaba de franco. Lo amenazaron de muerte si no entregaba la clave de su teléfono y lo agredieron en el rostro y en el hombro. El funcionario terminó con lesiones graves: una contusión facial y una fractura de clavícula.
Pese a que asaltaron a un carabinero, nadie intentó detenerlos.
A esa misma hora, Sandra venía manejando desde el sur. Había cruzado la cordillera con su cuñado y con Alejandro después del viaje breve a Sierra Grande. El viaje había sido más largo que la estadía. Salieron el jueves, pasaron el fin de semana allá y el lunes ya estaban de regreso.
El último tramo lo hizo Sandra al volante. Su cuñado venía cansado y le pidió dormir un rato a la altura de Curicó. Alejandro iba atrás, tranquilo, como casi siempre viajaba: a ratos con audífonos, a ratos mirando el teléfono, a ratos durmiendo. La idea era llegar a Puente Alto, pero en la salida al Acceso Sur Sandra se pasó de la salida.
—Yo me equivoqué. Vi hacia Puente Alto y pensé que Puente Alto era para acá y no para allá. Mi cuñado venía durmiendo. Cuando despierta se da cuenta y me dice: “Salgamos aquí en San Bernardo, yo conozco un poco”. Y ahí nos metimos.
Desde entonces, esa equivocación se transformó para ella en una escena que vuelve una y otra vez.
—No sabes cuán culpable me siento por haberme pasado esa maldita salida. Porque todo el sufrimiento lo llevamos a esa esquina. Yo sé que mucha gente me dice que no es culpa mía, pero igual siento responsabilidad. Mi cuñado también siente responsabilidad porque se quedó dormido. Ha sido dramático.
Cuando entraron a San Bernardo intentaron reordenar el camino con Waze. El padre de Alejandro conocía el sector y decidieron cambiar de conductor para que él manejara el último tramo. Por eso, dice Sandra, el Peugeot quedó detenido y con las puertas abiertas.
—Nos íbamos a cambiar para que mi cuñado siguiera manejando. Yo nunca andaba con las puertas abiertas en el auto. Justo esa vez las teníamos abiertas porque nos íbamos a cambiar.
Fue entonces cuando apareció el Mitsubishi blanco. Según la Fiscalía, los imputados avanzaban por Avenida Presidente Jorge Alessandri en dirección norte y, unos 40 metros antes de llegar a El Barrancón, cruzaron su marcha para bloquear el paso del Peugeot rojo. Venían de dos delitos previos. El tercero sería el último de la noche.
Sandra recuerda la escena. Ella bajando del auto. Su cuñado bajando por el otro lado. Los sujetos acercándose. El grito que le salió antes de entender completamente lo que estaba pasando.
—Yo me estaba bajando para hacer el cambio y mi cuñado se estaba bajando por el otro lado. Ahí veo a los chicos y les grito.
Los sujetos portaban armas blancas. La golpearon a ella y también al padre de Alejandro. Sandra dice que alcanzó a tirarles el teléfono que tenía en la mano. No quiso resistirse. Aun así la botaron al suelo. Quedó con un esguince, un yeso en una mano y moretones en el cuerpo.
—Fue muy rápido. Yo les tiro el celular que tenía en la mano. Ellos igual me pegan. Tengo moretones. Me botaron. Nosotros no opusimos resistencia y ellos igual nos pegaron. Nos pegaron por maldad.
En medio del forcejeo, Alejandro intentó salir del auto. Según la declaración que Sandra entregó a Carabineros esa madrugada, el niño no alcanzó a soltarse el cinturón de seguridad antes de que los sujetos abordaran el Peugeot. En su testimonio ante la policía dijo que vio cómo se lo llevaban sujeto por el cinturón y que luego lo perdió de vista.
En su testimonio a la policía Sandra agregó otra frase: “Mi sobrino se defiende, pero no alcanzó a sacarse el cinturón”.
Alejandro se intentó defender.
—Se quedó enganchado. Nosotros ahí nos dimos cuenta y empezamos a gritar: “¡Suelten al niño, suelten al niño!”. Y ellos se fueron con el auto.
El Peugeot arrancó. El Mitsubishi blanco, según indican distintas fuentes conocedoras del caso, siguió detrás realizando labores de cobertura y asegurando la huida. Eso quiere decir que sus cuatro ocupantes vieron al niño arrastrado.
Sandra y su cuñado corrieron. Gritaron. Intentaron alcanzar el vehículo. El padre de Alejandro cayó al suelo tratando de alcanzar a la máquina con sus piernas.
—Sí, alcancé a verlo. Iba colgando. Corrimos como locos. Corrimos como locos.
La Fiscalía sostiene que el niño fue arrastrado por más de dos kilómetros por distintas calles de San Bernardo. Cerca de las 01:17, el Peugeot fue abandonado en Leonardo da Vinci con Avenida Portales. El Mitsubishi también fue dejado en el sector, con especies robadas en los hechos previos.
Una vida por nada.
A las 01:20, Carabineros recibió la alerta radial por el robo del Peugeot. El mensaje ya incluía el dato más grave: los autores escapaban con el niño por el exterior del vehículo. Minutos después, funcionarios policiales encontraron el auto abandonado. Junto al costado derecho estaba Alejandro. La autopsia estableció como causa de muerte una asfixia mecánica.
En los días siguientes fueron formalizados seis detenidos por el caso (hubo un cambio de sujetos entre el primer y el segundo delito).
—Creo que estaban en sus cinco sentidos. Solamente eran malos. Solamente hicieron daño. Maldad, nada más que eso. –analiza Sandra–.

El adiós de Alejandro
El viernes, cuatro días después del crimen, Alejandro fue sepultado. Hasta el Cementerio de la Florida donde fue el funeral llegaron también sus hermanos mayores desde Sierra Grande. Apenas una semana antes habían compartido con él por primera vez en años. Fueron ellos quienes lo presentaban con orgullo como “el hermanito menor”. Esta vez regresaron para despedirlo.
Este sábado, sus padres ofrecerán el primer punto de prensa desde el asesinato.
—Esperamos que Alejandro nos dé la fuerza para luchar para que esto sea el último caso. Que no haya más niños ni más personas viviendo algo así –dice sandra–.
A su lado, Aldo, primo de Alejandro, escucha sin interrumpir. Fue el único integrante de la familia que asistió a las dos audiencias de formalización, desmintiendo la idea instalada durante los primeros días de que ningún cercano había concurrido al tribunal. Desde una sala contigua observó a los imputados durante horas.
—Parecían todos iguales. Los mismos pelos, las mismas ropas, las mismas miradas. Son las mismas personas que uno ve caminando por un mall o por la calle. Independiente de que los pudiera reconocer, al final se transforman en una masa.
Asegura, el caso obliga a una discusión que va mucho más allá de las condenas.
—Antes de cualquier política para aumentar la natalidad, hay que proteger a los niños que ya están. Hoy no los estamos protegiendo.
La entrevista termina. Afuera siguen esperando equipos de televisión. Adentro, en el salón principal, permanecen las camisetas de Colo Colo, River Plate, Chile y Argentina junto al féretro de Alejandro.
Sandra se queda unos segundos en silencio antes de levantarse.
—Cada momento es más triste que el anterior. Aunque recuerde cosas lindas, igual tengo mucha pena. Mi pena de ahora es mayor que todos los momentos felices que vivimos con él.



