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Arturo Navarro y sus memorias de Quimantú, APSI y ser un periodista en dictadura: “Busco mostrar lo incómodo, ingrato e inviable que es vivir sin libertad de expresión”

A sus 75 años, el sociólogo y periodista Arturo Navarro publica "Un editor en dictadura", un recorrido por la mítica editorial Quimantú de la Unidad Popular, la revista APSI, hasta llegar a la campaña del NO. "No es concebible una democracia sin libertad de expresión", afirma sobre el motor que mueve sus afanes de recordar y preservar los documentos de una vida atravesada por algunos de los momentos clave de la historia cultural y periodística de Chile.

Por 8 de Agosto de 2026
Foto: Francisco Paredes / The Clinic
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Arturo Navarro publica "Un editor en dictadura", libro que recorre su paso por Quimantú, APSI y la campaña del NO. Asegura que su afán es "mostrar lo incómodo, ingrato e inviable que es vivir sin libertad de expresión" y sostiene que "no es concebible una democracia sin libertad de expresión".

  • Navarro publica "Un editor en dictadura", con su trayectoria desde Quimantú hasta el plebiscito del NO.
  • Dice que donó archivos a la UDP, el Archivo Nacional y el Museo de la Memoria para preservarlos.
  • Recuerda a Quimantú como una editorial que llevó libros baratos a kioscos, sindicatos y juntas de vecinos.
  • Relata la creación de APSI, primer medio de oposición a la dictadura, y su salida en 1981.
  • Sostiene que el libro busca mostrar la falta de libertad de expresión y su vínculo con la democracia.

El artículo presenta a Arturo Navarro y su libro "Un editor en dictadura", donde repasa su trabajo en Quimantú, APSI y la campaña del NO. A través de su memoria y archivos donados, insiste en que la libertad de expresión es clave para la democracia y en que la dictadura cerró esos espacios.

Estos resúmenes son generados por inteligencia artificial y chequeados por el periodista a cargo.

En la casa del sociólogo y periodista Arturo Navarro hay un escritorio, donde se apilan papeles y libros. En las paredes están enmarcados sus títulos profesionales, también un afiche de la campaña del NO y, a su lado, un diploma que agradece por su participación en ella.

Además, entre las fotos de la familia que ha formado hace más de cuatro décadas con la periodista Patricia Politzer, en marco está su Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda y, también, una hoja amarillenta de diario, con fotos de niños recibiendo felices algunos libros de la editorial infantil Cuncuna, parte de la mítica Quimantú de la Unidad Popular, que Navarro lideró.

“Tuve la fortuna de poder estar presente en esos momentos y se me iba quedando la idea de que esto no podía quedar guardado en un archivo”, dice Navarro, sobre su participación en ciertos momentos clave de la cultura y periodismo nacional. “Tenía que poder estar al alcance de las nuevas generaciones y de todo el mundo”.

Así, ha ido donando estos tesoros para su preservación: en la Universidad Diego Portales hoy existe el Archivo Arturo Navarro, con material de sus trabajos en cultura y periodismo, como uno de los creadores de la Revista APSI -el primer medio de oposición a la dictadura- o protagonista de la transición democrática, habiendo sido 30 años el hombre al mando del Centro Cultural Estación Mapocho.

“También hice una donación muy grande al Archivo Nacional y otra también al Museo de la Memoria, que tenía que ver con la quema de libros de García Márquez en dictadura y después con una entrevista que me tocó hacerle a Joan Manuel Serrat cuando venía a la concentración de la campaña del NO”, cuenta él. Su donación al Archivo Nacional del material de Quimantú, inició la documentación de la cultura en la Unidad Popular en la institución.

Ahora, en ese afán metódico de guardar, Navarro escribió un nuevo libro, llamado “Un editor en dictadura”, que justamente abarca su vida desde un joven viñamarino allendista, pasando por su llegada precoz a Quimantú, luego a medios de comunicación durante los 70 y 80 -APSI, Cooperativa, La Época-, hasta finalizar con el plebiscito del 80.

“Hay momentos de la historia, como tú dices, en los que me tocó vivir, pero que después como que se difuminaron”, explica.

A los 75 años, Navarro se rehúsa a que el resto olvidemos lo que él recuerda tan bien.

El allendismo y Quimantú

—¿Qué va quedando de ese joven allendista viñamarino, hoy en día?

—A mí el allendismo me llegó por una acusación que recibí del rector de mi colegio, yo estudiaba en un colegio de sacerdotes de los Sagrados Corazones, y el rector me llama y me acusa de formar parte de la OLAS, la Organización Latinoamericana de Seguridad, que presidía un senador que se llamaba Salvador Allende, y que yo prácticamente no había escuchado nombrar.

En ese momento dije que era una estupidez, ¿cómo yo iba a ser miembro de la OLAS si era un muchacho de 15 años? Pero desde ahí viene esta búsqueda de cambio, que era parte del momento histórico: imagínate salir del colegio el año que estaba tomada la universidad, la Católica en Valparaíso.

Yo creo que de ese joven allendista queda mucho. Yo hoy día me confieso absolutamente allendista, creo que lo que hizo el presidente, el compañero Allende, por el área que yo conocí, que fue la cultura, fue formidable. Quimantú fue una obra mayor y marcó una etapa; los precios de los libros, las cantidades, las tiradas de los libros.

Arturo Navarro acaba de lanzar el libro “Un editor en dictadura”. Foto: Francisco Paredes – The Clinic.

Lo icónico de Quimantú era una mezcla entre contenido y ofrecer la cultura a bajo costo, ganar acceso fácil. ¿A qué le acertó Quimantú?

—Fueron dos aspectos de la comercialización del libro, más allá de la librería: fue la salida a kioscos y la venta directa a organizaciones sociales, a sindicatos, a juntas de vecinos. Nosotros hacíamos 50.000 ejemplares semanales de minilibros y se vendían.

Había una forma de estudiar el mercado que era muy especial. Era pararse frente al kiosco: a mí me interesa una colección de libros para llegar, por decirte, al obrero calificado. Ese señor llegaba al kiosco y compraba cigarrillos Hilton. Bueno, ahí dijimos, hagamos un libro que tenga el valor de los cigarrillos Hilton. Y eso fue una colección que se llamó “Quimantú para todos”, que salía quincenalmente en 30.000 ejemplares y que se alternaba con otra que se llamaba “Nosotros los chilenos”, también al mismo precio.

Y después de eso dijimos, hay otra gente que todavía no alcanza el nivel del Hilton. Entonces descubrimos que había otros productos que se vendían en los kioscos, que eran unas novelitas chiquititas que se llaman “Texas Ranger” para hombres y “Corín Tellado” para mujeres, y esas tenían un precio menor, entonces, bueno, hagamos libros de ese precio.

Entonces era al revés: ¿cuántos tenemos que hacer para que ese precio sea razonable? Se llegó a muchísima, muchísima gente. Hoy día todavía en muchas casas todavía encuentras libros de Quimantú.

Es una editorial que mucha gente, que vivió esa época, recuerda: para algunos son los únicos libros que podían tener en sus casas.

—A mí me tocó una vez, casualmente, atender una llamada telefónica a la empresa, en que una persona me decía que por favor vendiéramos también estantes, porque ellos tenían libros, pero no tenían dónde ponerlos.

Ese ejemplo te refleja que estábamos realmente llegando a lo que Allende decía: quiero fortalecer el físico de los niños de Chile a través del medio litro de leche, y quiero fortalecer la cultura de los niños de Chile, los jóvenes de Chile, las personas de Chile, a través de libros muy baratos o gratis.

Para hacer un contrapunto: ¿hoy día se subestimaba la capacidad intelectual de la gran masa de chilenos? Creer que uno puede hacer una editorial de libros que se van a leer y se van a comprar, tiene que ver con ver a las personas no solo como consumidores.

—El contrapunto con hoy día tiene que ver con un tema más de fondo, que me llevó también a hacer el libro “Un editor en dictadura”, que es el tema de la libre expresión: no es concebible una democracia sin libertad de expresión. Eso te marca mucho.

En ese momento había una conciencia nacional de que la libertad de expresión tenía una relación con la democracia. Y eso queda demostrado, porque cuando se acaba la democracia, viene la dictadura, lo primero que cae es la libertad de expresión.

Esa asociación entre libertad de expresión y democracia hoy día no es igual, hoy día no está tan socializado, hay mucha confusión, porque hay quizás demasiada expresión, sobre todo de fake news, de noticias.

Los días de APSI

En su nuevo libro Navarro relata la génesis de APSI, en julio de 1976, o Agencia de Prensa Servicios Internacionales. Sorteando las férreas imposiciones a la dictadura para la existencia de medios de comunicación, el equipo comenzó cubriendo temas internacionales, hasta lograr llegar a los de Chile alrededor del año 80. Justamente, para el plebiscito de ese año, APSI cubre el Caupolicanazo y la campaña de Frei Montalva por votar que “No”. Tras esos primeros destellos, en 1981, Navarro, director de la publicación, debe dejar el puesto tras tensiones con los representantes de la dictadura, que ya los tenían en la mira.

Tenía usted alguna sensación de peligro por trabajar en APSI. También en algún momento va clandestinamente a Buenos Aires. En el libro hay mucha anécdota, pero estaba arriesgando la vida, ya tenía hijos.

—Tengo que ser bien honesto, yo creo que en eso quizás fui un poco irresponsable. No te puedo decir que me sentía arriesgando la vida, me sentía cumpliendo una responsabilidad. Cuando viene la dictadura se derrumba toda la estructura de prensa y bueno, si no hay libertad de prensa no hay democracia.

La forma de algún modo que yo elegí, y que muchos elegíamos de poder colaborar en el retorno a la democracia, era partir por el tema de la libertad de expresión. Entonces eso fue muy fuerte. Y fue como seguir con el vuelito que nos había dado Quimantú.

La gran diferencia era que el pueblo, el país estaba organizado, había muchas organizaciones sociales de todo tipo, había sindicatos, había juntas de vecinos, había federaciones de estudiantes. Se cortó de raíz, formalmente sí, porque se cerraron los medios de comunicación y todo, pero la conciencia era decir oye, pero no es posible, esto no puede durar, el que no haya canales de expresión en una sociedad como la nuestra.

El sociólogo y periodista en su escritorio. Foto: Francisco Paredes – The Clinic



Los primeros años en APSI, usted recuerda tener que ir al edificio Diego Portales, a la Dinacos. Fue un gran momento para ustedes cuando les permiten finalmente publicar temas nacionales: ser el primer medio de oposición en medio de una dictadura, es entre valiente y una gran responsabilidad. ¿Cómo vivieron ese proceso?

—Lo vivimos, yo te diría, con la naturalidad propia de que este sistema de censura, era de una…no quiero hablar de flexibilidad, pero era muy cercano a la realidad política.

¿Había posibilidad de negociación?

—No negociación. Yo creo que la dictadura incorporaba la existencia de los medios de comunicación dentro del panorama político, dentro de las acciones políticas. Había pocos partidos, actuaban clandestinamente, había una forma de expresión a través de los medios de comunicación.

Y que además tenía como la virtud, entre comillas, de que eso te daba más seguridad. Yo también trabajé en la radio Cooperativa como conductor, una persona que es conocida su opinión pública y privada, de algún modo tenía una mayor posibilidad de no desaparecer, por decirte ahora. Pero claro, era una situación que estaba presente.

Yo te diría que cuando don Eduardo Frei padre se pone un poco a la cabeza de este movimiento, ahí nos sentimos como más que esto iba en serio, por decirlo así. Hubo un titular que yo creo que nos marcó mucho: ‘Frei, el otro camino’, que fue precisamente inmediatamente ante el plebiscito del 80. Ver eso en el kiosco eso era como una gota de agua en el mar, digamos, pero estuvo.

Y yo creo que eso nos colocó también, desde el punto de vista de la dictadura, en la mira. No iba a haber una acción contra la revista inmediatamente después de eso, porque se suponía que había un plebiscito democrático. Después seguimos con este diálogo entre Frei y Pinochet, que hizo Alfonso Alcalde, con declaraciones de ambos, seguimos un poco esa línea.

En el 81 tuvo que dejar APSI. La revista sobrevivió, usted encontró otro trabajo, pero por el libro se siente que había un antes y un después para usted después de este trabajo en la revista. ¿Por qué le marcó tanto?

—Yo creo que eso me pilló en un minuto de la vida de un cambio total. Saliendo del Diego Portales, de la conversa con el director de Dinacos, realmente bajé del piso donde estaba este caballero y salí a la calle y vi todo blanco.

Si se me acababa APSI, se me acababa el trabajo, se me acaban los amigos, porque un director de medios siempre tiene mucho más amigos que los que no son directores de medio. Se me acababa mi compromiso con el retorno a la democracia: para mí APSI reunía todas las características de compromiso con la libertad de expresión.

Era un trabajo que era un sentido de propósito.

—Absolutamente, estaban todas las fichas puestas ahí. Además estaba cambiándome a esta casa, estaba iniciando mi relación con la Pati, nos habíamos casado hace poco, estaba esperando familia. Como que se derrumbó todo. Quedé en cero, como que se reseteó todo.

El libro contiene la génesis de APSI, el trabajo en los 80, hasta la euforia del triunfo del NO. Es casi majadero en la cantidad de personas que nombre y recuerda, de quienes fueron parte de esa época. ¿Hay algún susto, muy humano, de que en algún minuto alguien deje de preguntar esta historia?

—Yo creo que hay eso. Pero yo creo que hay un llamado mucho más directo a los medios de comunicación, a los periodistas, a los editores. Sí, yo nombro mucha gente, porque la verdad es que no me siento ningún héroe en todo esto. Parte de lo que hablábamos al comienzo del allendismo: es un trabajo colectivo por definición. Es una organización, una organización social o es un grupo, pero es trabajo grupal, entonces a mí me parecía de toda justicia nombrar a las personas que tuvieron que ver con esto.

Porque claro, yo fui director del APSI, porque era el único chileno que era periodista de un grupo de personas que eran de otras profesiones y de otras nacionalidades. Entonces yo nunca lo he visto como oye, aquí yo reparto medallitas. Sino que esto es un trabajo colectivo.

Yo sí siento que tengo una vocación mayor de guardar las cosas, que eso no tiene nada que ver con ser mejor o peor. Hay gente que no guarda papeles, yo tengo una vocación de guardarlos. No por llenar el escritorio de papeles, sino que porque en algún minuto pueden servir.

En el fondo, mi gran motivación es que otros no cometan los mismos errores, porque todo esto está lleno de errores también, de cosas que se hicieron mal o que no se alcanzaron a hacer.

Lo que me encantaría, por eso también, es la recepción de estudiantes, que sepan cómo se hizo la cosa, cuáles fueron las fallas, cuáles fueron las cosas buenas y que ojalá progresemos como seres humanos y como sociedad de que no se cometan los mismos errores que pudimos haber cometido.

¿Tiene Chile menos cultura que antes o más? ¿Todo tiempo pasado fue mejor? Por lo menos para el periodismo, incluso cuando no había democracia, había una vocación de salvaguardar ciertos pilares.

—Yo creo que es una pregunta complicada, pero tú hablabas de la motivación. Yo creo que bajo dictadura había mucha más motivación para lograr. Por eso también el libro lo que hace es tratar de mostrar a los jóvenes, a todos los que no vivieron la dictadura, demostrar lo incómodo, ingrato, inviable que es vivir sin libertad de expresión.

Yo creo que eso sí que es el gran propósito, que la sociedad entienda que la ausencia de libertad de expresión te lleva a la ausencia de democracia, o viceversa.

—Para cerrar, ¿se siente un testigo privilegiado de parte de la historia de nuestro país?

—Uy, no me gustan mucho los privilegios, pero me siento un testigo de parte de la historia de nuestro país, de lo que sale ahí, lo que ocurre entre Quimantú y la campaña del NO.

Sí, tuve suerte en estar en los lugares, digamos, donde pasaban cosas. Y creo que eso reafirmó esta idea, esta ocasión de ir registrando, de ir guardando. Y sobre todo, tengo que agradecer que tengo buena memoria (risas).



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