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Opinión

28 de Junio de 2026

Columna Luis Cordero Vega: El país que viene ya nació

Foto autor Luis Cordero Vega Por Luis Cordero Vega

El cambio demográfico -en nuestro país, por primera vez, nacen menos de un hijo por mujer-, el aislamiento y la disrupción tecnológica están transformando a nuestro país. Además, dice el columnista Luis Cordero, esos tres aspectos tienen impactos en el Estado, servicios públicos, empresas, seguridad social, ciudad y más. "Quienes participan de la política deben tener presentes estos cambios. Las estrategias que hoy definen sesudos asesores en los pasillos de algunas oficinas, probablemente no se compadecen con el mundo que operará en 2028 y 2029, dos años estructurales por las elecciones municipales, parlamentarias y presidenciales", argumenta.

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El panorama demográfico del país es de los más complejos del mundo. Según las cifras oficiales, la tasa de crecimiento natural -la diferencia entre nacimientos y defunciones- por cada mil habitantes cayó de 15,3 en 1993 a 0,9 en 2025. Por primera vez la fecundidad está bajo un hijo por mujer (0,99). A partir de 2028 habrá más defunciones que nacimientos y los adultos mayores superarán a los menores de 15 años. La expectativa de vida es hoy de 81,8 años -84,3 en las mujeres- y hacia 2070 ellas superarán, en promedio, los 90,2 años.

La Organización Mundial de la Salud advierte que la soledad y el aislamiento son una emergencia global, con efectos físicos y mentales equivalentes a fumar quince cigarrillos diarios. La conexión social se ha vuelto una necesidad estructural de la salud social. Su Comisión sobre Conexión Social estima que la soledad afecta a una de cada seis personas en el mundo y la vincula a unas 871.000 muertes anuales, lo que llevó a la Asamblea Mundial de la Salud a dictar en 2025 su primera resolución sobre la materia. En Chile, el 19% declara no tener un amigo cercano, según la Encuesta Bicentenario de la Universidad Católica, en un país con altos niveles de desconfianza interpersonal e institucional.

En paralelo, la disrupción tecnológica -evidente desde hace veinte años y acelerada desde fines de 2022 por la inteligencia artificial- impacta colectivamente, porque se trata de un cambio estructural y no de simple coyuntura. Como advierte el Foro Económico Mundial, sus consecuencias alcanzan el mercado laboral, la educación, las comunicaciones y la vida social, la desigualdad y la brecha digital, y también la salud y el bienestar.

Estos tres aspectos -el cambio demográfico, el aislamiento (los que más se declaran solos son jóvenes de 18 a 24 años y adultos sobre 55) y la disrupción tecnológica- tienen impactos determinantes en cómo entendemos el Estado, intervienen los servicios públicos, se estructuran las empresas, se organiza el trabajo, se financia la seguridad social, se reparten los impuestos, se diseña la ciudad y, sobre todo, se sostienen los compromisos colectivos.

Hemos discutido buena parte de estos asuntos, pero sin advertir que los álgidos debates públicos le hablan a los conflictos del pasado y no a la sociedad que viene. El problema es serio y silencioso, de modo que muchas de las políticas que el sistema político discute por la atención de las redes sociales no se compadecen con la sociedad que debemos gobernar, una que está en acelerada transformación.

Las consecuencias de todo esto son evidentes. El cambio demográfico presiona el gasto en salud y pensiones, de modo que el financiamiento de la hacienda pública dependerá de manera determinante del sistema impositivo que discutimos hoy. También cambia la comprensión de la migración, de un fenómeno enfrentado desde la seguridad a uno promovido desde la integración por necesidad social.

Otro tanto ocurre con la educación obligatoria y terciaria. No solo por los cambios tecnológicos que obligan a renovar metodologías y formaciones, sino porque preguntarse cuánto de ella mira a lo productivo y cuánto a la convivencia colectiva resulta decisivo para volver a poner la atención en las humanidades.

La administración pública y la justicia, a su vez, gestionan prestaciones y resuelven controversias en un mundo donde la presión por gestionar mediante algoritmos definirá buena parte del vínculo entre las personas y el Estado, y con ello los deberes públicos en la satisfacción de necesidades colectivas.

Quienes participan de la política deben tener presentes estos cambios. Las estrategias que hoy definen sesudos asesores en los pasillos de algunas oficinas, probablemente no se compadecen con el mundo que operará en 2028 y 2029, dos años estructurales por las elecciones municipales, parlamentarias y presidenciales. Mientras el discurso dominante es contra la inmigración y a reforzar la mano dura, los datos sugieren que es necesario incentivar la migración para cubrir los déficits que vienen y generar en los barrios confianza local basada en la cohesión social. Que los nacimientos de madres extranjeras pasaran de 6,9% en 2017 a 19,7% en 2025 anticipa esa realidad.

Mirar el futuro próximo exige celeridad, pero sobre todo reflexión. El sistema político y la sociedad organizada deben entender que estos cambios abruptos requieren adaptación. La forma de proyectar el trabajo, la salud y la educación -la propia y la de nuestros hijos- ya no es aquella con que nos criamos ni la que imaginábamos hace una década. Por eso, dirigir hoy el Estado, las empresas, los sindicatos, la escuela o cualquier organización colectiva, exige ante todo ser capaces de mirar ese futuro, porque en las decisiones cotidianas se juega nuestro bienestar colectivo. El país que viene ya nació -es la primera generación con menos de un hijo por mujer- y ya se puede contar. Gobernarlo empieza por mirar y entender.

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