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Un ruco no desaparece porque se retire de una vereda. Solo se mueve de lugar. Esto acto no puede reducirse a limpieza urbana, seguridad municipal o retiro de enseres. Claro que el espacio público importa, una ciudad necesita reglas, tránsito libre, plazas cuidadas y barrios seguros. Pero cuando la respuesta empieza y termina en sacar carpas, el problema solo cambia de esquina, la calle se despeja por unas horas, pero el problema sigue igual
Basta caminar por una plaza, mirar bajo un puente o pasar frente a un ruco arropado con cartones, frazadas húmedas y bolsas. Ahí está el símbolo de cuando la política pública queda corta. Ahí está el Estado que no termina de hacerse cargo cuando simplemente mira para otro lado.
Detrás de cada ruco hay una historia distinta, pero el patrón se repite. Antes de la calle hubo quiebres familiares, violencia, consumo problemático de sustancias, cesantía, enfermedad, abandono o una vivienda social que nunca llegó. Hay mucha soledad.
Las personas en situación de calle dejaron hace rato de ser una excepcionalidad. El Censo 2024 registró 21.750 personas viviendo en esta condición en Chile. La cifra es consistente con el registro del Ministerio de Desarrollo Social, que contabilizó 21.272 personas ese mismo año y muestra un aumento sostenido desde 2020. La mayoría son hombres, un 81,7 por ciento. La edad promedio llega a 43 años y un número importante declara alguna discapacidad. Tienen en promedio nueve años de escolaridad. También hay niños, mujeres, adolescentes, adultos mayores y migrantes.
Chile necesita dejar de administrar la calle como emergencia y asumirla como una falla estructural. Hoy actuamos cuando hace frío, cuando hay una denuncia vecinal, una imagen viral o cuando una persona muere en la intemperie.
El rol del Estado no es elegir entre compasión y orden. Debe garantizar ambos. Orden sin protección no tiene sentido y protección sin orden también es ineficiente. Una política seria frente a las personas en situación de calle requiere metas, seguimiento caso a caso, cupos reales de vivienda, tratamiento de salud mental y adicciones, apoyo laboral, documentación, redes familiares cuando existan y coordinación efectiva entre municipios, ministerios, salud, vivienda y organizaciones sociales.
También exige hablar con sentido de realidad. Hay personas que necesitan albergue temporal. Otras requieren tratamiento intensivo. Algunas necesitan vivienda primero, acompañamiento y una ruta larga de rehabilitación y reintegración. Otras llevan años desconfiando de cualquier institución porque demasiadas veces fueron derivadas, entrevistadas y olvidadas.
Los rucos son el síntoma visible de una cadena de fallas invisibles. Falló la prevención, la salud mental, la vivienda, el empleo, la protección familiar, la sociedad civil. Falló la capacidad del Estado para intervenir antes del desplome.
Una sociedad también se mide por la forma en que trata a quienes ya quedaron fuera de todo. No basta retirar cartones. Hay que reconstruir vidas de personas que quedaron a la deriva. La calle no puede seguir siendo el último domicilio de quienes fueron perdiendo, una a una, todas las posibilidades. El frío no está solo en la calle; también está en la incapacidad de mirar este problema como una responsabilidad colectiva.
