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El recorrido local de Daniela Norambuena: el perfil de la alcaldesa de La Serena que se convirtió en uno de los rostros del temporal

La emergencia la convirtió en uno de los rostros políticos de la semana. Pero antes de recorrer quebradas en helicóptero, la ingeniera agrónoma creció viendo a su madre levantar sola a su familia, rechazó una subsecretaría para cuidar a su hijo con TEA y construyó una carrera política marcada por el regionalismo.

Sigue a The Clinic en Google News Por 25 de Julio de 2026
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Resúmenes generados por Intelgencia Artificial Resúmenes inteligentes

Daniela Norambuena (RN), alcaldesa de La Serena, se convirtió en uno de los rostros del temporal tras recorrer quebradas en helicóptero y llevar alimentos a familias aisladas. En su relato, destaca que la gente sentía que “los habían abandonado” y que “no me abandonó” fue una frase que no olvidará.

  • La alcaldesa recorrió quebradas en helicóptero y entregó alimentos en zonas aisladas.
  • En La Serena hubo tres fallecidos y familias que sentían que “los habían abandonado”.
  • Norambuena cuenta que su historia está marcada por su madre, su hijo Mateo y el regionalismo.
  • Rechazó una subsecretaría de Agricultura para quedarse cerca de su hijo con TEA.
  • Asumió la alcaldía en 2024 y enfrentó el temporal desde el punto de mando en La Portada.

El artículo perfila a Daniela Norambuena, alcaldesa de La Serena y militante de RN, como una figura que cobró visibilidad durante el temporal. Repasa su trayectoria familiar, profesional y política, y cómo su trabajo en terreno, su hijo con TEA y su decisión de priorizar la región marcaron su carrera y su respuesta a la emergencia.

Estos resúmenes son generados por inteligencia artificial y chequeados por el periodista a cargo.

Daniela Norambuena (RN) se baja de un helicóptero con una caja de alimentos en los brazos. Abajo, en algún punto de las decenas de quebradas que aparecieron en La Serena tras las intensas lluvias de esta semana.

En su relato el descenso está cargado de incertidumbre: en la zona hay una familia de la que nadie sabe su condición. La alcaldesa conoce a casi todos. Conoce a la señora Gladys, a la que le compraba queso de cabra, desde antes de ser alcaldesa, de cuando recién egresada armaba agendas ministeriales para una Seremi de Agricultura sitiada por la sequía y recorría los mismos caminos de tierra.

Al bajar ve a la mujer. Norambuena, que se define como alguien a quien “le gusta llorar”, llora.

—Que tú llegues a una zona, te bajes de un helicóptero con una caja de alimentos y abraces a una persona que no sabíamos si íbamos a encontrar viva o muerta, y que esa persona se ponga a llorar y te diga “no me abandonó”, es algo que nunca voy a olvidar.

Es miércoles, las diez de la noche. Recién a esa hora la alcaldesa encuentra un espacio para atender el teléfono para esta entrevista: desde que comenzó el temporal, su agenda prácticamente no ha tenido descanso.

–Todos somos chilenos. Todos merecemos ayuda, todos merecemos que nos escuchen. No porque vivas en Santiago vas a ser más importante que quienes viven en los lugares más alejados —añade.

En su comuna hubo tres fallecidos. Uno de ellos, arrastrado por la quebrada, era del mismo sector donde aterrizó el helicóptero.

–La gente estaba súper afectada –dice–. Sentían que los habían abandonado, que nadie había llegado, que no tenían conexión. El llegar allá fue una emoción muy grande.

La trayectoria de Norambuena

Antes del temporal, antes de la alcaldía, incluso antes de La Serena, hubo una separación que marcó su vida. Norambuena tenía diez años cuando sus papás terminaron su relación en Santiago y su mamá decidió instalarse en La Serena, donde vivía una hermana menor. Llegaron al sector de La Pampa, a la calle Las Begonias.

–Es un lugar de clase media –dice Norambuena, quien desde entonces se convirtió en serenense.

Su madre hizo cursos de paisajismo y montó una pyme que partió con una cortadora de pasto y terminó siendo un negocio de diseño de jardines, en una ciudad que crecía. Norambuena la acompañaba a buscar plantas al valle, en una época en que en La Serena casi no había viveros.

–En esa época no eran tan comunes las separaciones –dice–. Mi mamá venía de una familia más conservadora; de hecho fue la única de sus cinco hermanos que se separó. Fue un tema no menor. Pero eso me dio mucha fuerza a mí, ver la vida que me dio mi mamá. Ahí decidí: nunca voy a depender de un hombre.

Es una frase que no vuelve a repetir de manera literal, pero que reaparece, disfrazada de otras palabras, cada vez que describe una decisión importante de su vida. Está en el rechazo a la subsecretaría de Agricultura, cuando prefiere quedarse cerca de su hijo diagnosticado con trastorno del espectro autista antes que subordinar su vida a su carrera.

Está en la renuncia a la Gobernación de Elqui, cuando decide que ningún protocolo le va a dictar cómo vestirse. Está en la forma en que cuenta la crianza de Mateo, siempre en primera persona, sin repartir la responsabilidad con nadie.

Norambuena estudió en la Scuola Italiana de La Serena; su segundo apellido es Borgheresi, y desde niña la familia mantuvo algunas tradiciones italianas: su hermano cocina pastas, a su abuela le decían nonna, su plato favorito son los sorrentinos.

Más adelante entró a la Universidad de La Serena a estudiar ingeniería agrónoma. Se dedicó a los estudios mucho más que a la política.

—En la universidad nunca tuve participación política —dice—. Fui a un par de reuniones de la federación de estudiantes, pero era un sistema súper politizado; un par de veces levanté la mano porque estaba en desacuerdo con los paros, no por ideología, sino porque quería terminar el semestre. Y siempre me pasó algo curioso: por ser un poco más alta, de tez más blanca, pelo más claro, me estigmatizaban como cuica. Eso me ha pasado hasta el día de hoy.

El inicio en la política

Norambuena estaba recién titulada cuando entró como profesional de apoyo a la Seremi de Agricultura de Coquimbo. Un año después, en plena sequía, el cargo quedó acéfalo y el gabinete ministerial la llamó para que armara la agenda de una visita a la región. Ella ya conocía a los crianceros, a los regantes, a los presidentes de comunidades agrícolas —”gente aguerrida”, dice—. En una comida con todos los gremios, pasadas las once y media de la noche, siendo la más joven de la mesa, se puso de pie.

–Golpeo la mesa y les digo: “Estimados, tenemos que finalizar la reunión porque nuestro ministro se tiene que ir a descansar” –recuerda–. Y todos me quedan mirando, así como “¿y esta niñita tiene cojones?”.

Al día siguiente, sin que ella lo esperara, el ministro anunció que Norambuena sería la nueva seremi de Agricultura. Tenía 27 años.

–Me temblaban las piernas –dice–. No dormí nada esa noche.

–Me imagino que te ganaste enemigos a nivel político, siendo tan chica.

–Entré por la ventana, y a muchos no les pareció –dice–. Yo era simpatizante de Renovación Nacional; llegó un momento en que el partido me invitó formalmente y dije que sí, porque me gustaba su forma de trabajar. Siempre fui de una derecha mucho más social.

–¿Te sientes representada por Sebastián Piñera?

–Sí, absolutamente. Extraño mucho al presidente. Trabajé en su primer gobierno, y después me llamaron para el segundo.

Años después, ya con el segundo gobierno de Piñera en marcha, Norambuena almorzaba un domingo con su hijo y su mamá cuando sonó el teléfono: el entonces ministro de Agricultura, Antonio Walker, a quien no conocía personalmente.

–Me dice: “He recibido muy buenos comentarios tuyos de los gremios. Necesito una mujer ejecutiva como tú. Todos están de acuerdo en que seas subsecretaria de Agricultura.”

Salió al patio, entre el ruido del asado. Pensó en dos cosas: en su hijo Mateo, que tenía cuatro años y a quien un año antes le habían diagnosticado trastorno del espectro autista, y en que no quería irse de la región.

–Me senté en una roca, camino al valle, y me puse a pensar –dice–. Cualquier persona con un afán político aceptaría. Pero me pregunté qué quería yo, de verdad, de adentro. Y dije: mi responsabilidad número uno es mi hijo. Es difícil para una mujer: a un hombre le toma dos segundos aceptar un cargo y decir “mañana me voy”. Nosotras tenemos que pensar en la familia, en que no puedes dejar a tu hijo, en que ser subsecretaria significa viajar por todo el país sin volver en cuatro o cinco días.

Llamó al ministro al día siguiente y rechazó el cargo. Media hora después, el partido la llamaba preguntando por qué no había aceptado si era “la mejor”. Semanas más tarde, el gobierno le ofreció algo distinto: la gobernación de la provincia de Elqui. Esa sí la aceptó, porque le permitía quedarse cerca de su hijo.

La gobernación duró poco. Norambuena la describe como una etapa de trabajo en terreno –coordinación con policías, formaciones de Carabineros que, dice, “nadie había visto antes”– y también de roces protocolares que terminaron por hartarla.

–Empezaron los problemas de “la gobernadora está vestida de azul y la intendenta de rojo, no puedo opacar a la intendenta” –cuenta–. Me llamaban por puras tonteras. Dije: no estoy para esto.

Postergó la renuncia hasta después del eclipse solar de 2019, que le tocó coordinar en todo el borde costero de la región.

–No podía abandonar en un momento tan emblemático –dice–. Pasa el eclipse y ahí sí, cuelgo las botas.

A la presión protocolar se sumó otra, más íntima: sentía que su hijo la necesitaba más de lo que el cargo le permitía darle.

–Empezamos con las terapias por el trastorno del espectro autista, necesitaba entender más, y no podía. Ahí me sentí culposa.

¿Fueron las dos cosas juntas, o usó a su hijo como salida de un conflicto político?

—No, fueron las dos —dice.

De todos los temas de la conversación, el que Norambuena aborda con más detalle es el diagnóstico de su hijo Mateo, hoy de 12 años.

–Para dormir, la única forma era prenderle el secador de pelo, por el ruido. Hasta el día de hoy, cuando le prendo el secador, queda dormido al tiro –dice.

Cuenta que en el jardín infantil notó que los otros niños dibujaban y Mateo “tiraba una raya”. Que si no le daba la mamadera exactamente a las cuatro de la tarde, el llanto se convertía en una descompensación. Fue la propia directora del jardín quien le dio el diagnóstico, a los tres años de Mateo.

–Cuando te dicen eso, tú te imaginas todo malo, todo horrible –dice–. Yo andaba mucho en el sector rural, soy ingeniera agrónoma, entonces pensaba que era producto de eso, de no estar. Uno se culpabiliza muchísimo.

Hoy Mateo está en un colegio con proyecto de inclusión y acompañado por una tutora.

—Es súper como la mamá: habla, habla –dice, y se ríe—.–A veces desordena la clase. La tutora lo ayuda a que las pruebas sean más adaptadas a él, porque le cuesta escribir; a veces se las toman de forma oral. No es que tenga una discapacidad, sino que las habilidades de estos niños a veces se concentran en cosas muy específicas.

¿Y Mateo entiende y valora lo que hace su mamá?

–Sí. Cuando le preguntan si su mamá es la alcaldesa, dice que sí. Pero a veces me dice: “mamá, ¿a qué hora vas a llegar? ¿Te espero para dormir?” –dice–. Uno se pone con ese sentido culposo. Él ha vivido a la mamá trabajólica, y espero que cuando sea más grande no le pase la cuenta.

La alcaldía y el temporal

Llegar a ser candidata a alcaldesa no fue sencillo dentro de su propio sector: un correligionario de RN que había renunciado al partido semanas antes también quiso disputar el cupo, y el partido regional quedó dividido. Norambuena decidió jugársela sola, buscó respaldo a nivel nacional dentro de Renovación y ganó.

Cuando asumió, en noviembre de 2024, dice que se encontró con un municipio “en latencia”: directivos de hasta 70 años y una corporación municipal en estado crítico.

–Empecé a inyectar energía –dice–. Al principio me costó, otra vez, el estigma: “llegó esta niña chica de derecha”, después de 20 años de administración de izquierda.

–¿Cuál fue la primera decisión que tomó como alcaldesa?

–Primero, llamar a los directivos y presentarme: quién soy, a qué vengo. Después, desde el orden: revisar cómo estaba la caja. Con qué contábamos, en qué se gastaba, por qué se iba tanta plata a la corporación.

La corporación llegó a tener cerca de seis mil personas contratadas. Hoy, según Norambuena, tiene 120 traspasó salud al municipio y educación al SLEP, y dice que lo poco que queda –el cementerio– sigue arrastrando embargos en las cuentas corrientes, porque nunca ha funcionado bien.

Ese es el municipio que estaba administrando cuando llegó el temporal.

Norambuena sostiene que decidió exigir el estado de excepción constitucional sentada, tomando un café, en el punto de mando instalado en el estadio La Portada –con la misma lógica, dice, que aplicó a los 27 años frente a los gremios agrícolas.

–Nunca lo vi como un hecho político –dice–. Sabía que para llegar a las zonas aisladas, con más de 150 quebradas, se necesitaba al Ejército, a la FACH, a gente preparada para eso.

–¿Cree que sin la presión de los alcaldes de la zona, el Gobierno no habría decretado el estado de catástrofe?

–Yo creo que no –dice–. Y eso no tiene que ver con colores políticos. Lo viví en el terremoto, lo viví en el tsunami. Necesitábamos ordenar las directrices, porque en un momento no sabía ni con quién comunicarme.

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