Carta a la directora: ¿Doctorados para qué? La urgencia de definir el sentido del máximo grado académico en Chile
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Durante más de un siglo, desde la consolidación del modelo humboldtiano de universidad de investigación, el doctorado -como el máximo grado académico- se convirtió en símbolo de la excelencia universitaria: mentoría rigurosa, pensamiento crítico e investigación original.
Sin embargo, su valor hoy está en jaque por la emergencia simultánea de fenómenos de distinta naturaleza: 1) la instrumentalización económica de la educación superior, con una amplia oferta transfronteriza de doctorados online, abreviados y modularizados, pensados para el ascenso laboral; 2) las fábricas de títulos falsos (degree mills), que venden credenciales sin validez legal; y 3) la inteligencia artificial generativa, que puede acelerar el pensamiento crítico o erosionarlo, y afectar la integridad académica.
Esta combinación de dinámicas económicas, institucionales y tecnológicas impone la urgencia de preguntarnos qué implica hoy la formación doctoral. Para Chile no es abstracto: es estratégico. Nuestra oferta es, en general, seria y de acreditación obligatoria. Pero coexiste con una oferta internacional heterogénea que confunde al mercado laboral y al público. Si no la definimos colectivamente, será el mercado, vía su autorregulación, quien decida por defecto qué es un doctorado.
Se vuelve clave examinar las implicancias de los nuevos formatos y su narrativa comercial de “ahorro de tiempo”; instalar mecanismos de transparencia que certifiquen las características de cada programa; establecer protocolos de integridad académica frente al uso de inteligencia artificial; y contar con un marco regulatorio y un sistema de fiscalización que frenen los títulos “falsos”.
En paralelo, es fundamental incentivar la diversificación de las trayectorias de los graduados, mediante un diálogo activo con el sector productivo y la integración de competencias transversales de gestión de la carrera, para que -sin sacrificar el rigor investigativo- estén preparados para trabajar tanto en la academia como en la industria.
Es momento de que el Estado, las universidades y el sector productivo respondan juntos: ¿doctorados para qué? Solo definiéndolo colectivamente evitaremos que el doctorado deje de señalizar excelencia y transite hacia su propia degradación.