Carta a la directora / Cuestionarlo todo ¿de la misma forma?
Compartir
Vivir con celiaquía no consiste solo en evitar el gluten. Consiste en sostener, día a día, una doble vigilancia: la del alimento que se ingiere y la de la información que circula alrededor de él. Ambas exigen atención constante y, con frecuencia, incomodan a quienes rodean al paciente.
Cada vez que una persona celíaca revisa una etiqueta, pregunta por un utensilio o busca en internet si un alimento es seguro, el gesto parece simple. No lo es. Es un acto de vigilancia silenciosa que sostiene el tratamiento y tiene un costo mental acumulado. El paciente aprende a desconfiar por defecto: del plato que no preparó, de la etiqueta que no verificó, de quien asegura “esto no tiene gluten” sin saber qué implica esa frase. Esa cautela no es un rasgo de carácter, sino la principal herramienta de supervivencia frente a una enfermedad autoinmune en la que basta una traza mínima —una miga, una superficie mal lavada, un utensilio compartido— para dañar el intestino delgado.
Frente a ese riesgo han mejorado los etiquetados, los protocolos y la oferta de productos certificados. Sin embargo, ningún avance normativo ha eliminado la pregunta que el paciente repite antes de cada comida: ¿puedo confiar?
Existe una segunda vigilancia, menos evidente: la de la información que envuelve a un alimento. El escritor Joseph Roth, en su novela “La Marcha Radetzky”, hablaba de “muchos tipos de ruido” y de una “doble calma” para describir el ambiente confuso y tenso del ocaso de un imperio. Algo parecido enfrenta hoy el paciente celíaco: en un mismo espacio conviven la evidencia científica, el testimonio anecdótico, la publicidad disfrazada de consejo, el influencer sin formación clínica que asegura con total seguridad algo que no puede sustentar, y el producto que dice ser “sin gluten” sin exhibir el sello que lo certifica. Ese cruce de fuentes —confiables e inciertas— constituye un ruido más de la lista que el paciente debe filtrar a diario.
Y la paradoja más dura es: hay que cuestionarlo casi todo, pero no de la misma forma. Dudar de la cocina ajena protege, aunque condiciona las relaciones; dudar del equipo médico por un rumor viral, en cambio, perjudica. Sostener esa distinción, comida tras comida, es la carga mental invisible que acompaña a esta enfermedad. Ni hablar de sumarse a una celebración o de recibir una visita sin avisar.
La tecnología puede aliviar parte de esa carga, si se usa con criterio. La inteligencia artificial no reemplaza al nutricionista ni al gastroenterólogo, pero bien orientada ayuda a interpretar etiquetas, resolver dudas frecuentes y reconocer cuándo una consulta requiere a un profesional. Ese es el rol que desde Coacel buscamos reforzar: no que el paciente dude de todo por igual, sino ayudarlo a afinar sus decisiones sobre en qué y en quién confiar para mantener el gluten fuera del plato.
En paralelo, seguimos trabajando con autoridades de salud, empresas, la comunidad celíaca y parlamentarios en modificaciones a la Ley 21.362, para reducir la carga mental que hoy implica acceder a un alimento seguro.
La contaminación no siempre está en el plato: a veces está en el algoritmo, en la interpretación del etiquetado o de la ley. Reconocerlo —y enfrentarlo con evidencia, diálogo y responsabilidad— es la manera de que vivir sin gluten deje de ser un ejercicio permanente de sospecha y vuelva a ser, simplemente, un acto de compartir con confianza en torno a una mesa.