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El peligro de quererte

Tiempo Libre

24 de Agosto de 2026

Aron Hernández y estreno de “El peligro de quererte” en TVN: “El desgaste de la actuación tiene que valer la pena; el proyecto te tiene que hacer sentido”

A días del estreno de "El peligro de quererte", el actor aborda el desafío de abordar su nuevo papel, reflexiona sobre la importancia del regreso de la ficción a TVN y adelanta Hangar Rojo, la película sobre el golpe militar que lo llevó a bajar 10 kilos.

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Este sábado 29 de agosto, TVN estrena “El peligro de quererte”, una cuidada serie de época de seis capítulos ambientada en el Valparaíso de 1953 y 1954. Protagonizada por Fernanda Finsterbusch y Carmen Zabala, la producción se adentra en las estrictas normas sociales de mediados del siglo XX para explorar los desafíos de la libertad y el amor. Dentro de su destacado elenco figura Aron Hernández, el actor que saltó a la fama por su elogiada interpretación de Jorge González en la serie Los Prisioneros (2021).

Para Hernández, este regreso a la televisión abierta ocurre en medio de un inmejorable momento profesional que también lo tiene con un papel en la pantalla grande. El actor es parte de “Hangar Rojo”, una audaz película rodada en blanco y negro que ha tenido un exitoso paso por el circuito internacional de festivales y que pronto aterrizará en las salas chilenas.

—¿Cómo fue el proceso de grabación de El Peligro de Quererte?

—De lo que recuerdo del proyecto, tuvo varios desafíos logísticos que, por supuesto, repercuten en la ejecución. El principal fue grabar seis capítulos en apenas dos o tres semanas. Ese fue uno de los retos más grandes: apretar todo el proceso para poder lograr la aventura que significa hacer series hoy en día en este país. Subirnos todos a este carro y lanzarnos a contar esta historia fue bien interesante.

—La historia está ambientada en Valparaíso. ¿Grabaron allá o se hizo en sets en Santiago?

—Esto fue grabado en Santiago. Las locaciones fueron mayormente en interiores. Como no he visto el resultado final, no sé muy bien cómo están recreando todo el entorno en postproducción, pero la mayor parte de las cosas las grabamos acá.

—Hacer una serie de época, ambientada en 1953, debe ser un gran desafío desde lo actoral y la puesta en escena para armar un mundo nuevo, ¿no?

—Sí, uno de los primeros desafíos a los que uno se enfrenta es no quedarse solo en la forma; es muy fácil caer en el cliché de “hablar como de época” o quedarse en el imaginario de lo que uno cree que fue. En el fondo, las personas en los años 50 también eran seres humanos, no eran tan distintos a nosotros; lo diferente era el contexto y las normas sociales que los rodeaban. El reto era abordarlo desde el lugar más natural posible: buscar un punto medio donde no se descuide el lenguaje, pero que tampoco suene excesivamente formal o acartonado. Ya después tocaba entender la profundidad de la historia y darle capas a esta temática de mujeres que se aman en un espacio donde no son correspondidas por la sociedad.

—¿Qué elementos de la serie crees que pueden resonar más o captar la atención del público?

—A mí lo que más me llama la atención es el cuestionamiento del concepto de libertad. Hoy ocupamos mucho esa palabra para hablar de democracia, derechos o economía, pero hablar de libertad en los años 50 era otro paradigma. La serie nos convoca a preguntarnos qué tan libres podemos ser hoy, sobre todo en temáticas feministas. Pone sobre la mesa el vínculo entre mujeres cuando este es juzgado por la sociedad; un tema que, aunque inspirado en el pasado, sigue siendo un espejo de algo que todavía está pendiente. Mi personaje es el prometido de una de ellas, quien termina siendo el “gorreado”, por así decirlo. Eso también nos hace cuestionar cuál es el rol de un hombre que no logra aceptar que su pareja se pueda enamorar de otra persona. La libertad de poder sentir por otra persona fuera de los cánones sociales es lo que me parece más punzante.

—¿Qué relevancia tiene para ti que proyectos de largo aliento como este puedan ver la luz a través de la señal abierta en TVN?

—Ahí se completa el círculo. Finalmente, estos proyectos son ficción y buscan entretener, pero no carecen de contenido, educación y cultura. Que esto aparezca en las televisiones de la gente que vive en barrios comunes y corrientes, de adultos mayores o de personas que no tienen internet, abre temáticas muy interesantes. Creo que genera diálogo; ahí está la importancia de pasar de la entretención a la conversación, ambas van muy de la mano.

—Aprovechando la instancia, hablemos de Hangar Rojo. Es una película a la que le ha ido muy bien en el circuito internacional y que aún no se estrena en Chile. ¿Cómo fue participar en ese proyecto?

—Fue un proyecto tremendamente desafiante. Como actor, cuando haces producciones que hablan de la dictadura o del golpe militar, siempre te cuestionas: “¿Qué nuevo hay para contar?”. Pero cuando leí el guion, inmediatamente pensé que esta historia tenía que contarse sí o sí. La película se grabó en blanco y negro —no se hizo en postproducción, sino que se filmó así—, lo cual fue una decisión muy audaz del director para jugársela el todo por el todo. Ese blanco y negro conversa con la historia: trata de un militar aviador que debe tomar la decisión de de qué lado posicionarse, jugando con los matices de grises que hay dentro de las coyunturas históricas.

—¿Que lugar aborda la película?

Viene a abordar un lugar que quizás no se había tocado con tanto impacto: preguntarnos qué pasaba en los cuarteles, qué seres humanos había detrás de ese tipo de decisiones y dónde está esa línea divisoria entre el soldado que sigue órdenes y el ser humano. Además, tiene un formato muy vertiginoso donde vemos muy poco la cara de los personajes, siempre estamos viendo sus nucas, como si estuviéramos acompañando algo que se nos escapa de las manos.

—Revisando tu carrera audiovisual, has estado en proyectos como Los Prisioneros, Vencer o morir, El lugar de la otra y Hangar Rojo, además de hacer teatro, pero no tienes una carrera en teleseries. ¿Cuál ha sido tu criterio al momento de aceptar trabajos?

—Creo que hay un espacio sobre el cual uno decide y otro que te llama. Cuando esas dos cosas coinciden, sucede la magia. En mi caso, para lo que me llaman es precisamente lo que decido hacer. Lo que más me gusta hacer es cine y series, porque permiten un espacio de profundización que va más allá de contar una historia; te permiten poner un punto de vista sobre cómo se va a contar. En Chile se hace muy buen cine de época que funciona como un espejo de la sociedad, algo que no siempre ocurre en otros formatos. Este oficio es difícil de sostener económica y mentalmente. Pones tu cuerpo y espíritu en todo lo que haces y, a veces, sales apaleado. Ese nivel de desgaste tiene que valer la pena; el proyecto te tiene que devolver algo y hacerte sentido.

—¿La gente te sigue identificando mucho con tu interpretación de Jorge González?

—Fíjate que no tanto. A veces aparece el tema y me dicen que hay un parecido evidente, sobre todo por las bajadas de peso. Con Hangar Rojo me tocó bajar 10 kilos, y ahora estoy otros 10 kilos abajo por otra película en la que estoy. Cuando adelgazo me parezco harto, pero me encargo de solicitar explícitamente alejarme de cosas que ya he hecho. Por ejemplo, peleo para que no me hagan el mismo peinado que usé para Jorge González, que es lo más icónico y reconocible que he hecho hasta ahora.

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