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Francisco Paredes - The Clinic

Tiempo Libre

11 de Septiembre de 2026

Nuevo libro sobre Matilde Pérez, la pionera chilena del arte cinético: “Todo el mundo la ignoraba y ella seguía, era machaca a un nivel impresionante”

La periodista Sabine Drysdale reconstruye en “Todavía existo” la vida de la artista visual chilena, pionera del arte cinético y reconocida solo en sus últimos años. Una mujer que volvió de París, dejó pasar una carrera que pudo haberla llevado mucho más lejos y pasó décadas trabajando en silencio, contra su época, su entorno y los prejuicios que la rodeaban.

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La asociación mental es directa: si se nombra a la artista visual chilena Matilde Pérez, el cerebro proyecta obras coloridas, de cuadrados o rectángulos o círculos que forman efectos cinéticos. Quizás se recuerda el antiguo gran mural del Apumanque. También la imagen de una señora muy tradicional, de melena y traje, con muchos años en el cuerpo. “El personaje físico no calza con la obra”, resume la periodista Sabine Drysdale, sentada en el living de su casa.

“Todavía existo”, el nuevo libro de Drysdale -también coautora de una biografía de Nicanor Parra y de un perfil de Violeta Parra que ha sido publicado en distintas antologías- rellena los vacíos existentes en la historia de la artista, fallecida a los 97 años en 2014, y sus reconocibles obras cinéticas.

Es la historia de una niña que queda huérfana de madre apenas nace, se cría un poco sola en el campo, decide ser pintora y comienza una búsqueda artística obsesiva y casi monacal. Se convierte en pionera y, por lo mismo, en bicho raro; recién pasados los 80 años consigue los aplausos y reconocimientos en nuestro país y en el mundo, llegando a estar en la colección del Museo Reina Sofía de España, como parte de la generación de visionarios del arte contemporáneo.

Drysdale recibió la misión de indagar en su biografía, de la que había poco material y un par de entrevistas en medios, y comenzó a ir dato por dato, entrevista por entrevista de quienes la habían conocido en vida, ya sea como alumnos de las clases de arte tradicional que daba en su casa para sustentarse mientras creaba obras del futuro en su taller. O quienes se habían convertido en sus amigos hacia el final de sus días. Habló con su único hijo, por el que ella volvió de una beca en París, quizás truncando su carrera para siempre a nivel internacional. Y habló con quienes habían ido comprando sus obras, todas desperdigadas, coexistiendo entre medio de falsificaciones a medida en que el nombre de Matilde Pérez adquirió cada vez más valor.

“Me llamó la atención su personalidad, yo creo no me la esperaba, la verdad”, cuenta la autora sobre conocer a Pérez a través de la investigación. “Encontré un personaje súper rico para describir. Tenía una personalidad completamente diferente a cualquier artista. Era muy genuina con lo que ella sentía y pensaba y hacía lo que se le daba la gana”.

“Eso me llamó la atención. Y también esta obsesión por hacer ese tipo de arte; imagínate lo tedioso que puede llegar a ser cortar el papelito, porque todo era hecho a mano, y hacer estos planos para ir rellenando con un color, con otro, hay que tener una personalidad muy obsesiva para dedicarte a eso. Hay gente que es obsesiva y sirve para hacerle la vida imposible a los demás. Pero ella lo transformó en algo que fue luminoso, por lo menos para el espectador”.

Al igual que muchas biografías de mujeres en el arte pre siglo XXI, es una vida de pelear con el ser una mujer tradicional y el vivir una vida completamente distinta: tuvo un hijo que originalmente no estaba en sus planes. Se va a París, descubre un mundo pictórico, pero no se queda. Es como un antes y un después, ese viaje.

—Todo el mundo dice que si ella se hubiera quedado en París sería (el famoso artista argentino) Julio Le Parc. Hoy día, mientras nosotros estamos hablando, se acaba de montar una tremenda exposición de él en el Tate Modern de Londres. Matilde alcanzó a llegar con un cuadrito pequeño en el Reina Sofía. Todo ese grupo, el de Le Parc, está en los museos más importantes y Matilde está a la par de ellos. Su obra no tiene nada que envidiarle, solo que aquí nadie la pescó, este es el fin del mundo.

Y bueno, así le ha pasado a tantos: a la misma Gabriela Mistral, a Claudio Bravo. Se nos olvida la isla que éramos. Chile era un hoyo, aquí todo el mundo se conoce, entonces es difícil vibrar, no hay algo que te empuje hacia fuera. Entonces te sumergen adentro.

Entonces ella va, encuentra que allá lo que ella hacía era vanguardia. Y llega de vuelta y toda esta gente la mira y la encuentra ridícula, partiendo por su propio marido. Yo la entiendo: imagínate tener una familia y decir chao, me voy y no vuelvo nunca más. Es algo que no se perdona socialmente. No hay peor traición social de una madre que, comillas, abandona un hijo. Padres que abandonan hijos existen y van a comer a tu casa, a nadie le importa, pero para una mujer, es imperdonable.

Se topa justamente con otra artista que sí decidió hacer vida afuera, a pesar de haber tenido varios hijos en Chile, la Marta Colvin. Pero Matilde Pérez, para lo fría y obsesiva que era, ese hilo no lo pudo cortar y por eso vuelve.

—No, no lo pudo cortar. Tienes que también tener en cuenta que nació el año 16, la gente hablaba por carta, que se demoraba dos meses en llegar. No es lo mismo que ahora que haces Facetime, que encuentras pasajes baratos, era otro mundo. Entonces es muy difícil si uno tiene un hijo, el de ella tenía 12, imagínate la edad complicada.

Pero también hay un dato: que el marido le ofrecieron irse con ella y no quiso ir.

—Por orgullo, de ser solo acompañante.

—Claro, ahí tienes la mezcla perfecta como para arruinarle la carrera; ella iba a ser más importante que él. Este señor era diez años mayor, hay que ponerse en esa situación también, no podemos mirar con los ojos de hoy. Pero yo creo que hoy día una mujer que se va y deja a su hijo de 12 y se manda a cambiar, recibe la misma sanción social o la misma culpa interna.

Matilde Pérez vuelve y son muchos años de vivir con lo justo, dedicarse a trabajar anónimamente. Influye uno, que Chile es una isla y quizás estaba más atrasada en las corrientes artísticas vanguardistas, pero también que después viene un periodo de 20 años donde si tú no hacías arte político, también te quedabas fuera del circuito.

—Acá todo el arte tenía un significado, tenía que comunicar algo, contar una historia, y el de ella no comunicaba absolutamente ni una historia, no había ni un hilo que conectara.

—Habla de colores, de experiencia.

—Claro, de percepción subjetiva. En ese tiempo, claro, la veían como una señora facha, supongo. Y yo no creo que lo haya sido tampoco, pero si la interpretaban por lo que ella producía, no iba con la corriente, no contestaba, no era anti nada, digamos, o pro nada. Entonces, claro, ahí quedó aislada.

Pero lo que más me llama la atención de todo eso, es que imagínate que todo el mundo te ignora, y la señora sigue. Y a su generación no le gusta lo que hace, y sigue. Y a su marido no le gusta lo que hace, y sigue. Cierran el espacio que había armado la Universidad de Chile en la Facultad de Arquitectura, con investigación de arte cinético, y sigue, sigue, sigue. Era machaca a un nivel impresionante.

Ella siguió, siguió, siguió, siguió. Por eso al final fue lindo que haya encontrado un grupo de gente que la haya relevado, que la haya hecho sentirse importante. Típico que los artistas después de que mueren son reconocidos, y ella alcanzó a ser reconocida en vida y la alcanzó a gozar. Y ahí se ve su lado lúdico, que uno no vio en toda esa historia anterior.

La periodista Sabine Drysdale. Francisco Paredes – The Clinic.

—Matilde Pérez, esta persona que está fuera de tiempo, enfrascada en una labor, invisibilizada. ¿Solo podría haberle pasado a alguien en Chile o en Latinoamérica? ¿O le podría haber pasado en cualquier parte del mundo, por ser mujer adelantada de su época?

—Yo creo que está lleno de casos en el mundo, no lo diría que fue solo por ser chilena, ni por ser mujer.

Ella era una persona muy especial en sí misma, más allá de si era mujer, hombre; su esencia era muy, muy especial. Yo creo que la marcó mucho esto de la muerte de la madre, criarse sola, es muy única, por eso me cuesta clasificarla.

—Un personaje muy particular en comparación a otros genios que has investigado, como Violeta Parra.

—Es que los genios son así, son todos muy únicos. Freud, Violeta Parra, Matilde Pérez, cada uno en su ámbito son gente particular, por eso se ha escrito de ellos. Cada genio es un personaje en sí mismo. Toda gente rara, porque alguien que no es raro no está dispuesto a hacer la pega que hacen ellos que se salen del sistema.

Para la Matilde salir del sistema fue encerrarse en su casa, hacer lo que ella creía que tenía que hacer.
La Violeta Parra es otra cosa. La Matilde es hacia adentro, la Violeta Parra es como una bomba atómica hacia afuera.

Entonces yo creo que el hecho de ser genio, tener estas personalidades, son gente que entrega algo a nosotros que somos los comunes, pero que sufre mucho en el proceso. Y eso los hace personajes interesantes para las películas, para los libros. Pero uno no quisiera, al final del día, ser ellos.

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