Viaje al origen de los helados York: la historia del negocio que parecía destinado al fracaso y que desde Valparaíso terminó marcando a generaciones de chilenos
Casi cien bolsas de leche, unas máquinas abandonadas de una fábrica que había fracasado y dos hombres que no sabían nada de helados. Así comenzó, hace más de cinco décadas, la historia de Helados York, una marca nacida en Valparaíso que sobrevivió a separaciones, ventas y varios intentos fallidos hasta convertirse en un ícono pop chileno.
Por Dominga Krotik 26 de Septiembre de 2026
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Hugo Bensa y su cuñado Carlos Pérez encontraron en Quilpué unas máquinas abandonadas y, junto a casi cien bolsas de leche, dieron origen a Helados York. La sociedad se separó pronto, pero la marca siguió hasta consolidarse en Valparaíso y luego expandirse a varias ciudades del país.
- Bensa y Pérez vieron en Quilpué una fábrica fracasada y decidieron probar suerte.
- La idea nació cuando Bensa tenía cientos de litros de leche sin destino.
- La primera fábrica se instaló en Playa Ancha en 1974.
- Tras separarse, el negocio siguió por caminos distintos hasta quedar en manos de Bernabé Galindo.
- Desde 2016, Eduardo Sobarzo administra la marca y la ha expandido a varias ciudades.
El artículo cuenta el origen de Helados York, una marca nacida de una apuesta improvisada entre Hugo Bensa y Carlos Pérez, que partió con máquinas abandonadas y leche sobrante. También relata las separaciones, cambios de dueño y la llegada de Eduardo Sobarzo, quien hoy administra la empresa y ha impulsado su expansión.
Hugo Bensa y su cuñado, Carlos Pérez, volvían de hacer un flete cuando decidieron pasar a ver unas máquinas de helado que habían quedado abandonadas. Helados Torino había fracasado y la fábrica acababa de devolver a su fabricante unas máquinas prácticamente nuevas. Los dos fueron a verlas.
Eran los inicios de los años 70. No sabían qué hacer con ellas, solo su instinto –o su guata– les decía que allí había un buen negocio.
Ninguno de los dos fabricaba helados. Bensa tenía una botillería y, por esos días, un problema que surgió de un mal negocio, lo había dejado con cientos de litros leche que no sabía dónde meter.
El problema y la solución se juntaron en Quilpué.
Fue así cómo nació Helados York.
De la botillería a los helados
Por entonces, el mundo de Hugo Bensa estaba bastante lejos de los helados. Era un empresario porteño y tenía una botillería. Fue en ese negocio donde, producto de una transacción poco habitual, terminó con cerca de cien bolsas de leche sin saber muy bien qué hacer con ellas.
El actual administrador de Helados York, quien conoce la historia transmitida durante años al interior de la empresa, cree que pudo tratarse de una especie de trueque: alguien compró bebidas y, al no tener cómo completar el pago, entregó la leche a cambio.
En la botillería, sin embargo, sí había un vínculo con el mundo de los helados. Allí vendían productos Bresler, que llegaban a través de Bernabé Galindo, uno de sus proveedores. Mientras Bensa buscaba a quién venderle toda esa leche, Galindo le propuso una alternativa bastante más ambiciosa: en vez de deshacerse de ella, podía convertirla en helados.
Bensa se entusiasmó con la idea, pero sabía que no podía concretarla solo. Necesitaba un socio. Era conocido por su capacidad para convencer a los demás y, después de varios días de insistencia, consiguió que su cuñado se sumara al proyecto. Pérez aceptó con dudas.
Poco después, ambos tuvieron que hacer un flete hacia el sur del país. Bensa vio ahí la oportunidad para transformar la idea en algo concreto. “A la vuelta del flete, pasamos a Santiago y vemos al tiro las máquinas”, le dijo.
Cuando estaban cerrando el negocio, el vendedor les hizo una pregunta que ninguno de los dos había pensado todavía:
—Y bueno, ¿qué nombre le van a poner?
Se miraron. No tenían uno.
El vendedor les contó entonces que la fábrica que había devuelto las máquinas se llamaba Helados Torino así que lo mantuvieron. Pero el destino quiso que ese nombre durara poco.
En 1974, Bensa y Pérez instalaron su primera fábrica en el Parque Alejo Barrios, en Playa Ancha. Todavía no lo sabían, pero Valparaíso terminaría convirtiéndose en el principal territorio de la marca.
La sociedad, en cambio, duraría bastante menos. Como ocurre con muchos negocios que nacen rápido y con poca planificación, los problemas aparecieron pronto. Las ventas fuertes se concentraban casi exclusivamente en verano y mantener la fábrica durante el resto del año se volvió difícil. Al poco tiempo de comenzar, Bensa y Pérez terminaron separándose.
El sueño siguió por separado
Como un matrimonio con separación de bienes, las máquinas se dividieron por igual y el negocio siguió por caminos separados. Tras el Golpe de Estado de 1973, Pérez tuvo que salir al exilio y su nueva vida en Canadá lo llevó a vender su mitad del negocio. Entonces apareció nuevamente en su mente Bernabé Galindo, su antiguo proveedor de helados Bresler.
No tenía dinero para comprar la fábrica, pero Pérez le ofreció sacar un préstamo y que él se lo pagara. No sonó como una buena idea, pero nuevamente, tras un poco de insistencia, logró que lo convencieran y compró la parte de la empresa. El negocio nuevamente duró poco: los bajos ingresos y los problemas con los vendedores terminaron por hacerlo desistir.
Galindo logró pagar el préstamo en una temporada y cerró el negocio.
Bensa, en cambio, siguió con su mitad y la llamó Helados York, por sus constantes viajes a Nueva York, donde buscaba pasar los inviernos chilenos viviendo siempre en verano.

En el proceso creó el logo que terminaría instalado en el imaginario de los porteños. La icónica niña estaba inspirada en su hija y fue diseñada por un amigo holandés en un boceto rápido.
Los constantes viajes de Bensa al extranjero también comenzaron a pasarle la cuenta al negocio. Dejaba la fábrica en manos de primos, cuñados y otros familiares que, aunque tenían la voluntad, no contaban con experiencia. Cada vez que regresaba, encontraba la empresa más deteriorada, hasta que finalmente decidió venderla.
La apuesta que finalmente funcionó
Bensa estaba seguro que la única persona que podía seguir con el negocio era Bernabé, nuevamente parecía ser que su intuición no le fallaba. Tenía una seguridad terca respecto de que su antiguo proveedor de Bresler era el indicado.
Para Bernabé la propuesta no sonaba para nada tentadora, ya lo había intentado y fracasado en la primera temporada de ventas, pero nuevamente, algo resonó en él. A pesar de que todo indicaba que era un mal negoció, escuchó la propuesta.
“Entonces, a él se le metió en la cabeza que mi tío era la persona. Entonces, entre tanta insistencia en una oportunidad, mi tío iba pasando por frente de la fábrica. Y estaba afuera Hugo y le grita de calle a calle, ‘Venga, te vendo la fábrica’. ‘¿Con qué ropa?’, dice mi tío. ‘Con la que tenís puesta’, le dice”, cuenta Eduardo Sobarzo, actual administrador.

El trato se realizó bajo la misma modalidad que con Carlos Pérez. Bensa sacó un préstamo, se fue a Estados Unidos y Bernabé le pagó.
En esta oportunidad no había espacio para volver a cometer los mismos errores, y no quería caer nuevamente en la misma dinámica. Se propuso lograr la fórmula perfecta, que se mantendría prácticamente intacta hasta la actualidad y que llevaría a que los helados York tuvieran un éxito rotundo.
El nuevo heredero
Eduardo Sobarzo iba camino a la fábrica de Helados York en Limache junto a su tío en una salida casi de rutina, por un camino que conocía bien. Para entonces, Sobarzo trabajaba en minería y tenía claro que quería seguir ahí. Su idea era hacer carrera en ese mundo y escalar laboralmente.
La fábrica de su tío no estaba entre sus planes. Era un negocio familiar, sí, pero su vida profesional estaba en otra parte. Hasta que, mientras avanzaban hacia Limache, la conversación volvió sobre el futuro de la fábrica.
Entonces Eduardo hizo una pregunta casi como quien abre una posibilidad que hasta ese momento no había considerado: “¿Y por qué no la administro yo mejor, la fábrica?”. La motivación apareció en su mente, casi que impulsada por las generaciones de hombres del pasado, que al igual que él, había perseguido de manera obsesiva el sueño de la fábrica de helados.
Su tío lo miró y quiso saber si estaba seguro, hacerse cargo significaba cambiar su vida por completo.
“Él dice que es el destino.Y yo también creo un poco en eso”, piensa Eduardo.
Desde 2016 que administra la marca, logrando que la empresa extienda su presencia hasta Santiago, Rancagua, Talca, La Serena, Concepción y, recientemente, Antofagasta.
Los años han pasado, pero la idea con la que nació Helados York se mantiene: un producto pensado para los niños y para compartir en familia. La receta también ha buscado conservar esa esencia, la marca sigue ofreciendo helados sin sellos.
Recuerda con cariño un día de entregas por Valparaíso, donde abre el camión para bajar las cajas de helados a uno de los distribuidores. A lo lejos venía caminando un grupo de niños pequeños haciendo una fila detrás de su profesora, los ojos se iban agrandando mientras se acercaban con ilusión a lo que parecía una torre interminable de helados.
Al unísono empezaron a gritar “¡Los heladooooos York!”. Eduardo abrió una caja y la repartió entre los niños: “Me emocioné tanto, les abro una caja y le entregó a los niños los helados, los cabros chicos eran felices. Yo espero que nunca se olviden de ese momento y que en su adultez cuando vuelvan a comer un helado York, se transporten a su infancia”.


