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Roger Koza FICValdivia

Tiempo Libre

13 de Octubre de 2026

Roger Koza, actor y jurado de Cine Chileno del Futuro en FICValdivia: “Me gustaría saber quiénes serán los herederos de Ignacio Agüero”

El crítico, programador y cineasta argentino integra el jurado del Premio Especial Largometraje Cine Chileno y de la Selección Oficial Cine Chileno del Futuro de FICValdivia. Desde Valdivia, reflexiona sobre la diversidad del cine nacional, cuestiona el efecto de los laboratorios en la creación cinematográfica y plantea la necesidad de encontrar nuevas voces capaces de hacer películas sin someterse a las convenciones de la industria.

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Películas como Matapanki y Denominación de Origen forman parte de las obras que pasaron por la categoría Cine Chileno del Futuro, la sección de FICValdivia que busca destacar nuevas voces del cine nacional y que este año tiene entre sus jurados al crítico y programador argentino Roger Koza. El también protagonista de A veces me entra tristeza, otras veces rebelión, de María Aparicio, participa así de una edición que vuelve a poner en vitrina el cine independiente chileno.

En su doble rol como jurado y actor de una de las películas que abrió el certamen y que fue galardonada con el premio a Mejor Dirección de las Jornadas de los Autores del Festival de Venecia, Koza analiza la diversidad de la cinematografía nacional, las posibilidades creativas de sus realizadores y la necesidad de que las nuevas generaciones se atrevan a hacer películas fuera de las convenciones de la industria.

Además de Roger Koza, el jurado está integrado por Carlos Gutiérrez, cofundador y director ejecutivo de Cinema Tropical, y Viviana Saavedra, directora, productora y docente universitaria, quien dirige la plataforma Red Bolivia Lab. Durante la semana del festival, las y los integrantes de los distintos jurados participarán de las exhibiciones.

“Estoy contento de poder ver películas que probablemente podría conseguir por otros medios, pero siempre es distinto verlas en su contexto original, en una sala y con un público cercano”, señala Koza. Para el crítico argentino, la experiencia también permite observar los contrastes entre la recepción de una película chilena en su propio país y la que obtiene en festivales como Cannes o Berlín. “No porque mejore o empeore, sino porque permite entenderla en su contexto de producción y recepción”, explica.

En esa línea, Koza cuestiona la idea de enseñarles a los cineastas cómo conseguir visibilidad en los grandes festivales. A su juicio, explicar los criterios con que se seleccionan las películas puede llevar a los realizadores a especular sobre sus propias obras y a adaptar sus decisiones a las expectativas de la industria. Aunque reconoce que los laboratorios de desarrollo pueden ser útiles, advierte que también corren el riesgo de homogeneizar el cine y volver dóciles a los cineastas más atrevidos y rebeldes.

—Pensando en la sección de cine independiente chileno y en tu conocimiento del cine latinoamericano ¿qué fortalezas o rasgos de identidad tiene el cine chileno que le permiten llamar la atención fuera del país?

—Las películas chilenas van de aquí para allá. Basta pensar en dos obras tan distintas como La perra, de Dominga Sotomayor y El deshielo, de Manuela Martelli. Son películas con concepciones cinematográficas y sistemas de producción muy diferentes. Ninguna de las dos es barata, pero basta mirar el cine chileno para reconocer que existe una gran diversidad.

Durante mucho tiempo hubo dos elementos interesantes. Uno es algo que se le ha atribuido al cine latinoamericano: el interés por las historias internas de cada país, particularmente las relacionadas con la represión y los años setenta. En Chile existe una dimensión necesaria en ese trabajo, porque ha costado hablar de lo que sucedió y sigue costando hacerlo. El cine abrió un camino para esa discusión.

Machuca fue claramente una de las películas que abrió esa discusión en este siglo. Desde entonces ha habido muchas otras, y ese tema sigue teniendo relevancia en los festivales importantes.

—¿Y el otro aspecto?

—El otro aspecto que siempre me ha parecido interesante del cine chileno es que, si uno presta atención a las relaciones cotidianas, aparece una marcada diferencia de clases: una clase pudiente y una clase media alta frente a una clase trabajadora bastante sumisa. Las películas chilenas han reconocido esa situación en distintos momentos.

Después han aparecido obras con imaginarios muy diferentes, desde Alicia Scherson e Ignacio Agüero hasta Diego Céspedes. ¿Qué indica eso? Una gran diversidad, y eso es bueno para el cine chileno.

Esa diversidad no existía de la misma manera en 2004 o 2005, cuando había tres o cuatro líneas más reconocibles. Hoy las posibilidades poéticas del cine chileno contemporáneo son mucho más amplias que hace quince o veinte años.

—¿Ves nuevas voces capaces de marcar una diferencia en el cine chileno actual?

—No veo que en estos últimos años haya aparecido un cineasta claramente distintivo, aunque quizás se me haya pasado alguno. Hay gente talentosa, como Diego Céspedes. Puede gustarme o no su cine, pero es evidente que es un realizador de treinta o treinta y un años que tiene una idea propia de muchas cosas.

No veo todavía a alguien de quien pueda decir: aquí hay una persona que va a abrir un camino. Quizás tampoco sea necesario. Mi formación está ligada al cine de autor, y eso influye en mi mirada.

Lo que veo es una gran diversidad y dos sistemas de producción muy distintos: uno de gran escala y otro intermedio. Me gustaría ver más. Me gustaría saber quiénes serán los herederos de Ignacio Agüero. ¿Dónde están los Agüeros pequeños, los de treinta o veinte años? ¿Habrá una herencia? ¿Habrá cineastas en Chile capaces de hacer películas como les dé la gana? Esa es una de las cosas que quisiera encontrar en este festival: alguien verdaderamente desobediente.

—¿Qué significa para ti esa desobediencia en el cine?

—Agüero es un desobediente. Hasta ahora no veo a ningún cineasta de la actualidad chilena que sea como él. Puedo reconocer la sensibilidad extraordinaria de José Luis Torres Leiva, que representa una forma de disidencia. La ternura y una sensibilidad trabajada son hoy una forma de resistencia frente a un mundo embrutecido y hostil.

Pero no veo a nadie como Agüero, cuya película Cartas a mis padres muertos está fuera de todas esas convenciones. Si una persona de treinta años dijera que quiere hacer una película como Cartas a mis padres muertos, probablemente no se lo permitirían. Los laboratorios la limitarían, las coproducciones le dirían que es mejor hacer otra cosa y terminarían moldeando la película.

Entonces me pregunto: ¿quién tiene hoy, a los treinta o cuarenta años, el coraje de Agüero? Si hay alguien así, que me lo hagan saber. Espero encontrarlo aquí y, si sucede, voy a decirlo por todas partes.

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