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FicValdivia La Perra

Tiempo Libre

14 de Octubre de 2026

Manuela Oyarzún y cómo logró generar un vínculo con Yuri, la protagonista animal de “La Perra”: “Era difícil porque andaba buscando cariño por todas partes”

La actriz protagoniza la más reciente película de Dominga Sotomayor, basada en la novela homónima de Pilar Quintana. En el marco de su estreno en FICValdivia, abordó los desafíos de filmar durante tres semanas en la isla Santa María y de trabajar con Yuri, una perrita sin adiestramiento cinematográfico.

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“La Perra”, la más reciente película de Dominga Sotomayor, tuvo finalmente su estreno en Chile en el marco del Festival Internacional de Cine de Valdivia (FICValdivia), que por estos días celebra su 33.ª edición. La cinta, basada en la novela homónima de la escritora colombiana Pilar Quintana, tuvo su estreno mundial en el Festival de Cannes, antes de continuar su recorrido por festivales europeos.

Este martes la cinta se presentó en el Aula Magna de la Universidad Austral de Chile, sede principal del certamen, donde el público comenzó a formar fila desde temprano para conseguir un lugar en la función. La jornada estuvo marcada por un clima templado, que contrastaba con el frío y la lluvia de Santiago.

Antes de la exhibición de La Perra, el mismo espacio recibió Los niños sin tierra, de René Ballesteros, también con el Aula Magna repleta.

Al estreno de la cinta de Sotomayor asistió Manuela Oyarzún, protagonista de la película, quien debuta con este trabajo en un rol protagónico en el cine. En conversación con The Clinic, la actriz habló sobre la experiencia de filmar en la isla Santa María, el desafío de trabajar con una perra que no estaba adiestrada para el cine y su entusiasmo por seguir explorando una expresión artística que, asegura, la fascina.

El rodaje de “La Perra” se extendió durante tres semanas en la isla Santa María, ubicada frente a Concepción, a unas tres horas de navegación desde el continente. Allí, las algas constituyen una de las principales fuentes de recursos para sus habitantes. A las dificultades propias de filmar en un territorio aislado se sumó otro desafío: Dominga Sotomayor decidió trabajar con Yuri, una perrita que no estaba adiestrada para el cine, lo que exigió un esfuerzo adicional durante el rodaje y puso a prueba la paciencia y la capacidad de adaptación del equipo.

—La película ya pasó por importantes festivales internacionales y ahora se estrena en Chile, en el Festival de Valdivia. ¿Qué significa para ti este estreno?

—Estoy muy contenta. Sé que también represento el pensamiento de Dominga Sotomayor: haber pasado por dos festivales internacionales muy importantes es una alegría, pero siempre es distinto poder estrenar en Chile, con el público chileno, en el Festival de Valdivia. Además, es un festival muy lindo, no solo por el territorio, sino también por cómo convergen las distintas personas, cineastas y gente del cine que viene a ver lo que se está haciendo.

—Gran parte de la película transcurre en la isla Santa María. ¿Cómo fue esa experiencia de rodaje y de habitar ese territorio?

—Lo más relevante para mí, como actriz, fue tener una experiencia de total conexión con la naturaleza. No solo por la temática de la película, que aborda la relación de una mujer con un animal, con una perra, y que te conecta con lo instintivo, lo imprevisible y el presente, sino también por la naturaleza salvaje: el mar, las algas y esta isla que está frente a Concepción, a unas tres horas hacia adentro.

Cuando llegas, sientes que el continente se va alejando y entras a un lugar que tiene su propio ecosistema social. La gente vive de las algas; las algueras y los algueros realizan el trabajo primordial de la isla. No es un lugar turístico, por lo que te sientes parte del paisaje.

—¿Cómo es la isla?

Tiene paisajes muy especiales y, de alguna manera, fue como entrar en una especie de reality: habitar un lugar que ninguno de los que estábamos trabajando ahí conocía realmente. Ni los técnicos ni los actores habíamos vivido en ese espacio. Fue muy bonito porque nos permitió sumergirnos en la película y en lo que quería transmitir: seres humanos que también son paisajes interiores dentro del paisaje del territorio.

Estuvimos tres semanas en la isla filmando los exteriores y después nos trasladamos al continente para hacer otras escenas. Esa inmersión ayudó mucho a construir la atmósfera de la película, que tiene algo muy especial. El director de fotografía, Simone D’Arcangelo, logra transmitir ese paisaje árido, pero también sureño, con el viento, las rocas y la lluvia. Hay algo muy lindo en ese salvajismo del paisaje, que está en sintonía con el de los personajes.

—La perra Yuri también es protagonista de la película. ¿Qué tan difícil fue trabajar con un animal en el set, considerando que era una cachorra que no estaba adiestrada para actuar?

—Creo que eso es parte del trabajo de Dominga, que es muy intuitiva, pero también busca cosas muy naturales y verdaderas. Eligió una cachorra que estaba en un refugio y que fue rescatada. Además, después se le otorgó una buena vida, lo que es muy lindo. La idea era encontrar una perra que no estuviera adiestrada para que sus acciones no parecieran programadas.

Cuando leí el guion, lo primero que dije fue: “¿Cómo vamos a hacer que la perra haga todo esto?”. Había escenas en las que era evidente que tenía que hacer cosas para que la historia funcionara. Pero Dominga tiene mucha confianza, y eso es muy lindo porque se la transmite al equipo. Ella permite que las cosas aparezcan, aunque no estén programadas, y deja que vaya sucediendo lo que tenga que suceder.

—¿Se escapaba?

Trabajamos con lo que había. Era una cachorra de seis meses y estaba loca. A veces decían “acción” y se iba a los cerros porque había un caballo; perseguía a las vacas y a los chanchos, así que teníamos que esperar a que llegara la diva al set. Era muy lindo porque pasaban cosas que no estaban previstas, pero que finalmente aportaban espontaneidad a la historia.

Me fui dando cuenta de que Silvia, mi personaje, tenía que estar en conexión absoluta con todo lo que ocurría en el presente. Eso también iba a cargar la película de ese paisaje interior del que hablaba.

—¿Cómo se fue construyendo el vínculo con Yuri, la perra?

—Había una indicación de Yuri, nuestra estrella, que consistía en que nadie la mirara ni hiciera contacto visual con ella. Como era una cachorra, podía encariñarse muy fácilmente con cualquiera, y además era muy amistosa. La idea era que, si nadie le prestaba atención y yo sí lo hacía, se estableciera un vínculo natural.

Era difícil porque andaba buscando cariño por todas partes. Los técnicos tenían que darse vuelta y seguir trabajando. Antes de empezar a filmar, que tuvimos muy poca preproducción, nos juntamos unas tres veces con los adiestradores, que en realidad eran también sus cuidadores. Más que adiestrarla, la prepararon para estar con personas y seguir ciertas instrucciones. La acompañaron y hasta dormían con ella. Fueron increíbles; sin ellos habría sido mucho más difícil.

—¿Intentabas reforzar ese lazo?

—Intentaba acercarme a ella fuera del rodaje. Si tenía la tarde libre o no me tocaba grabar, la tomaba, caminaba con ella, iba a verla y le hacía cariño. Así empezó a reconocerme, me movía la cola cuando me veía y pudimos establecer una relación cercana.

Al principio estaba un poco angustiada y pensaba: “Esto no va a funcionar, ¿qué película vamos a hacer?”. Pero las cosas se fueron dando y, con puro amor, funcionó muy bien.

—¿Qué pasó con Yuri después del rodaje?

—Una pareja que vive en una parcela la adoptó. Yuri está feliz, completamente expandida con su collar. También teníamos una Yuri bebé, de dos o tres meses, que era idéntica a la de seis meses. Era exquisito cuando llegaban las dos y jugaban. Fue muy chistoso porque la Yuri bebé crecía muchísimo. Empezamos a grabar una escena con ella y, dos semanas después, cuando volvimos a filmar con la cachorra, había crecido el doble. Antes la tomaba y llegaba hasta acá; después ya era mucho más grande, así que teníamos que hacer algunos trucos con los primeros planos.

Trabajar con animales, con guaguas, con viento y lluvia es muy difícil. Pero fue un proceso muy fluido y el equipo fue increíble. Tengo un recuerdo muy hermoso de la filmación.

—Tu personaje, Silvia, está atravesado por la maternidad. La película está basada en la novela de Pilar Quintana, pero ¿cómo trabajaron para llevar esa historia al cine?

—La novela La Perra es muy triste, marginal y dramática. Creo que Dominga tomó su esencia en relación con la problemática de la maternidad, del amor y el desamor, y del trauma. Lo que atraviesa la historia es ese trauma y cómo va dejando marcas que acompañan la vida. pero también le dio algo muy bonito al personaje: una ternura en la relación que establece con la perra, que es muy maternal, pese a lo dramático de la historia.

Creo que también se conecta con la realidad y la ficción. Dominga Sotomayor tuvo a su bebé hace un par de meses y estaba haciendo una película sobre una maternidad muy compleja. Pienso que todos esos pensamientos y movimientos de una mujer frente a la idea de la maternidad están presentes, tanto en las historias más bellas como en las más tremendas.

Ella lo plantea de una manera muy inteligente, porque no es algo de lo que se hable demasiado: todas las cosas que atraviesan la maternidad cuando una mujer decide ser madre, quiere serlo o decide no serlo. Existe una carga cultural muy fuerte en torno a la idea de maternar, con ciertos discursos que parecen establecidos, pero por debajo hay todo un instinto y un movimiento salvaje. Eso está muy bien puesto en la película.

—Tienes una extensa trayectoria en teatro, pero esta es tu primera experiencia como protagonista de una película. ¿Cómo ha sido asumir ese desafío?

—A mí me fascina el cine. Ya había actuado en otras películas varias veces, pero esta es la primera vez que tengo la experiencia de recorrer el arco dramático de un personaje de principio a fin, y fue mucho. Como actriz, el cine me fascina y me quedaría ahí por siempre. El teatro tiene otra característica: exige estar ahí, con una presencia absoluta, cada vez que te presentas. Son experiencias distintas.

—¿Cómo fue trabajar con Dominga Sotomayor y qué espacio tuviste para aportar creativamente al personaje?

—Con Dominga fue una relación muy bonita. Somos amigas. De hecho, venía hablando con ella porque le contaba que iba a presentar la película. Desde el teatro también soy autora, escribo y dirijo, además de actuar. En el cine solo había actuado y me fascina hacerlo. Creo que establecimos una relación creativa muy positiva para la película, porque me sentí muy cómoda opinando y creando con ella.

Al mismo tiempo, me entregué absolutamente a su visión como directora. Cuando ves que una directora o un director tiene una visión clara, conectada con lo que le resuena, solo tienes que confiar. Ahí hay un lugar donde encontrarse y quedarse.

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