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19 de Octubre de 2026La historia de la mujer que ha pasado 19 años de su vida siendo hogar temporal y ha cuidado a más de tres mil gatos rescatados
Andrea Sanhueza es una mujer que lleva casi dos décadas recibiendo gatos rescatados en su casa, de forma desinteresada y haciéndose cargo del costo —que va más allá del económico— que esto significa. Hoy sostiene un hogar temporal con decenas de gatos que sostiene con apoyo de donaciones y de organizaciones como Fundación Roxy y Catit.
Por Victoria GarcíaCompartir
Andrea Sanhueza creció en La Cisterna rodeada de gatos, perros y hasta una gallina. Su padre era muy animalista, para ella fue natural contagiarse de ese espíritu. Un día, su papá llegó a la casa con un gato. “Mazinger” le pusieron, encariñados al instante con el animal, que aparentaba salud y buen estado físico. El gato no sobrevivió al día siguiente. Andrea Sanhueza (54) tenía cinco años, y es su primer recuerdo de duelo por un gatito. Desde entonces, es un sentimiento con el que ha tenido que lidiar muchas veces. A lo largo de su vida ha estado acompañada de muchos gatos. En el colegio, instituto, trabajo, la crianza de sus hijos… En cada uno de esos eventos hay uno —o más— felinos ligados a su historia.
Hoy, cuando han pasado más de 19 años de la fundación de “Chile gatitos en adopción”, ha sido hogar temporal de más de 3.000 gatitos, “y hasta más”, dice. Aunque ese no siempre fue su objetivo.
Cuenta que las cosas se dieron de a poco. Al principio encontró a una gata adulta y logró darla en adopción. Encontró tres más, las dio en adopción. En ese entonces todos los gastos corrían por su cuenta. Se hizo amiga de la médico veterinaria que la atendía, siempre era la misma.
Poco a poco llevó a más gatos rescatados, y empezó a trabajar como peluquera canina en el recinto, aunque había estudiado para ser educadora de párvulos. De un momento a otro la gente iba a adoptar gatos, y así funcionó por un tiempo: “Las cosas se fueron dando de a poco porque no es que yo buscara hacer algo en particular”, asegura Andrea.
Luego se fue a trabajar a otra clínica y empezó a llevar a los rescatados a su casa. Poco a poco fueron tomando espacios de su hogar, hasta que se cambió de casa y a partir de rifas pudo construir el “gatio” donde hoy recibe a los gatos rescatados mientras busca hogar permanente para ellos.
Afirma que en la calle “los gatos nacen, crecen y mueren en la total indiferencia, con miedo, arrancando, asustados, con frío y hambre. La gente siempre se lleva a los gatos chiquitos, pero los grandes no”. Y desde su posición, dice que hace lo posible por encontrar un hogar para todos.
El costo emocional de ser hogar temporal
Al preguntarle por qué sigue haciendo lo que hace, a pesar de las largas jornadas de limpieza y atención a los animales, los espacios perdidos en su casa, el costo económico de perder horas de trabajo por citas en el veterinario y muchas gestiones que no se ven, dice entre risas que “es como una mafia. Una vez que entras no puedes salir”.
Pero, en realidad, lo que le pesa siempre es el “qué sería”, si no ayudara a los gatos de la forma en que lo hace. Qué sería de esos gatos que abandonan vivos en mochilas, bolsos amarrados, cajas y que llegan a su casa, —muchas veces enfermos y en muy mal estado— donde tendrán una mejor vida.
“Cuando se va un gato, lo que me motiva es que sé que hay otro gato en la calle hoy día, y que si se va uno puede entrar otro. También es bonito cuando ves que te mandan fotos a diario, ves cómo está ahora, ves la foto bonita, pero también recuerdas como estaba el gato antes”.
Pero cuenta que tuvo muchos momentos de colapso: “Tuve que ir a psicólogo, psiquiatra, que al final nada. Hubo un tiempo que estuve fuera de mí, pero ese año que estuve muy mal emocionalmente, di 100 gatos en adopción, ni recuerdo como lo hice. Pero se fueron con buenos adoptantes”.
“Ya tomé una responsabilidad que yo no puedo designársela a nadie. De hecho, por eso yo no tengo un refugio, porque yo pienso que mis hijos no tienen por qué lidiar con los gatos si yo me muero mañana, por lo menos esa cantidad de gatos que hay, tengo amigas que los puedan reubicar”, explica.
Tal como los duelos que ha vivido por los gatos que la han acompañado a lo largo de su vida, también ha vivido muchos duelos con los gatos que rescata. En una ocasión, rescataron a una camada abandonada cerca de La Vega, y los llevaron al veterinario. Al día siguiente, amanecieron 15 gatos muertos. Estaban contagiados de parvovirus —una enfermedad vírica muy contagiosa y mortal que ataca las defensas y el sistema digestivo del gato— y no recibieron el tratamiento a tiempo.
Junto a eso, dice que es difícil no encariñarse con los animales mientras están a su cuidado, y que es difícil verlos irse, aunque sabe que irán a tener una buena vida.
También, en ocasiones, recibe a gatos muy enfermos, como Perlita, una gata que fue abandonada y la encontraron con un cáncer de oreja que dañó parte de su cara. Aunque hoy está libre de cáncer y feliz, dice Andrea, es de las gatas que no está en adopción y debe quedarse con ella.
Hoy opera solo con donaciones, aunque el acondicionamiento de su casa para armar el espacio de los gatos corre por su cuenta. Tiene a dos personas que la ayudan, una encargada de los correos y la parte administrativa, y una persona encargada de la difusión en redes sociales.
Entre los muchos desafíos que enfrenta Andrea como rescatista y hogar temporal, está el tema económico, ya que al no ser fundación, no recibe ayudas fijas, y depende de las donaciones que recibe mes a mes de personas naturales. Eso afecta también la compra de comida, arena y otros artículos de necesidad para los gatos. De eso depende también de las donaciones que recibe de Fundaciones o marcas grandes. Se le suma también los gatos médicos de los gatitos enfermos, que en su mayoría financia con rifas, lo que muchas veces no es suficiente, y debe recurrir a créditos con los veterinarios.
Otras ayudas además de “Chile gatitos en adopción“
Dominique Vitis, fundadora y vicepresidenta de Fundación Roxy, explica que parte importante de la labor de la organización consiste precisamente en apoyar a fundaciones, refugios, rescatistas independientes e incluso personas que encontraron un animal y no saben qué hacer. Además de realizar sus propios rescates, ayudan a conseguir adopciones y hogares temporales, organizan jornadas de adopción y funcionan como un banco de alimentos e insumos que luego distribuyen entre quienes los necesitan, como lo es Andrea y su hogar temporal.
El alimento es una de las ayudas más necesarias. “Cuando tienes 2, 5, 15, 20 animales rescatados, imagínate el costo de alimentarlos todos los días por el tiempo que los tengas que tener”, explica Vitis. La fundación también recibe vacunas, medicamentos, arena sanitaria y artículos que pertenecieron a mascotas que murieron, como camas, collares, correas, platos y juguetes, que luego son reutilizados por hogares temporales y refugios.
Para Vitis, detrás de quienes dedican parte importante de su vida al rescate existe también un costo personal que muchas veces permanece invisible. El tiempo que exige alimentar, trasladar y llevar al veterinario a los animales, además de buscarles un hogar, puede terminar interfiriendo con el trabajo remunerado de los rescatistas. “Estas personas les pasa que o tienen que dejar de rescatar o tienen que dejar sus propias necesidades para poder cubrir las de los rescatados que tienen. A veces dejan de comprarse comida, dejan de comprarse sus propios remedios”, cuenta. “Hay un drama humano detrás súper importante que no tiene la visibilidad que yo creo que debería dársele”.
Por eso, dice, la ayuda funciona como una cadena en la que participan rescatistas, fundaciones, empresas y personas particulares. Fundación Roxy, por ejemplo, también se especializa en capturas complejas. “Es un trabajo coordinado entre agrupaciones, entre personas, entre empresas. Es la única forma que pueda funcionar”, resume Vitis. Para ella, apoyar a quienes rescatan es otra manera de ayudar a los animales: “La mayor satisfacción y el mayor objetivo y lo que más te mueve en esto es poder cambiarle la vida a quienes han sufrido tanto. Y además también poder apoyar a quienes ayudan a esos animalitos”.
Entre esas ayudas está la de Catit, que entrega alimento y arena para gatos a la Fundación Roxy para ser distribuido entre quienes trabajan en rescate y cuidado animal. Parte de esa donación llegó hasta Andrea y hoy sirve para alimentar a los gatos que mantiene temporalmente en su casa mientras esperan encontrar una familia definitiva. Para hogares como el suyo, donde conviven decenas de animales rescatados, este tipo de aporte permite cubrir uno de los gastos permanentes y más difíciles de sostener en el tiempo, como lo es la alimentación diaria.

Desde la representación de Catit, explican que para ellos “es fundamental apoyar a las fundaciones, rescatistas y hogares temporales que trabajan día a día por animales abandonados que esperan una segunda oportunidad”.
“Para nosotros es muy significativo poder aportar durante ese proceso, acompañando a estos gatitos mientras encuentran un hogar definitivo. La nutrición adecuada y una buena higiene son dos pilares fundamentales para su bienestar y salud, por lo que contribuir con alimento y arena es una forma concreta de apoyar la importante labor que realizan estas organizaciones”, agregan.
Además del alimento, la marca produce una arena para gatos biodegradable, llamada Catit Go Natural, la cual es elaborada a partir de cáscaras de arvejas y materia prima que en otras circunstancias es desechada. La arena absorbe hasta 300 veces su peso en líquido, reteniendo la humedad y formando grumos firmes: “Catit es una marca desarrollada pensando en las necesidades y el bienestar de los gatos, y creemos que ese propósito también se puede expresar apoyando a quienes trabajan directamente por ellos, especialmente cuando se trata de animales que han pasado por situaciones de abandono o vulnerabilidad”.
“Poder aportar, a través de este tipo de innovaciones a las casas de miles de personas, como también llegar con ayuda concreta a personas que se dedican a dar hogar y amor a las mascotas, es para nosotros no solo una obligación moral sino que también, un privilegio”, agregan.





