El arquitecto y ex alcalde DC de La Reina en los años 60 y en los 90, hasta 2004, Fernando Castillo Velasco, acaba de cumplir 90 años y de publicar “Lecciones del tiempo vivido”, sus memorias. Hablamos con él de este libro, de su vida y de sus principales hitos arquitectónicos, como las Torres de Tajamar y la Villa La Reina. También, Castillo Velasco opina sobre las inmensas moles que, como callampas, aparecen en la ciudad sin consideración por el entorno, y se refiere al presente de la DC, la Concertación y a las aspiraciones presidenciales de Piñera. Y habla de la inminencia de la muerte: “Me doy cuenta de que esta cosa es muy pronto”, dice.

Por Catalina May • Foto: Alejandro Olivares

En su libro “Lecciones del tiempo vivido”, usted habla de su “modo personal de ser arquitecto” en el que, dice, “el otro está presente en un grado tal que su ausencia descalificaría completamente la obra”.
-Tradicionalmente el arquitecto hace sus obras para él. Hace sus propios monumentos en la ciudad y le gusta que la gente los admire. Pero yo, a través del tiempo, he pensado que eso es una visión equivocada del quehacer arquitectónico, porque la arquitectura es un arte, una ciencia o como quiera llamársele, que está al servicio de la gente, que debe vivir protegida por la arquitectura. El sentido que tiene que tener la arquitectura es lograr la satisfacción, alegría, confort, eficiencia en cualquier actividad humana. En todas está la necesidad de que el hombre viva en espacios construidos por el hombre. A mí me preocupa tratar de ser un intérprete profundo del anhelo que tiene una obra arquitectónica, no que haya una obra mía que se luzca mucho. Con eso desaparece el afán de lucimiento y la arquitectura aparece más vinculada a la naturaleza, al medio donde está, para que la obra y el espacio sean un todo armónico.

¿Qué piensa de los edificios tipo Paz o Socovesa?
-Yo no soy llamado a juzgar, pero por supuesto que yo no sería arquitecto de Paz, por ningún motivo. Paz tampoco va a querer hacer obras en las cuales la gente conquiste algo de calidad de vida. Le interesa sacar un rendimiento exacerbado al terreno. No se nota una preocupación por el entorno donde la obra está hecha, por la armonización del medio urbano, por el impacto que significan enormes edificios en una calle que no da para eso. Todos esos son elementos en los que culturalmente en Chile estamos atrasados. No tenemos la preocupación de hacer una ciudad con las obras que hacemos. Cada cual pone su tremenda obra sin consideración con lo que pasa con la obra vecina, con el sol, con la visión de la cordillera. A nadie le importa nada más que construir muchos departamentos para sacar mucho lucro.

Paz justifica la existencia de sus mini departamentos diciendo que quienes los compran lo hacen libremente y que de otra manera no podrían tener un lugar propio.
-Esa es una libertad muy poco libre, porque toda la propaganda que hacen, la enajenación de la mente, el supuesto que les dicen de lo que significa tener esa vivienda en ese lugar, no es cierto. Dicen que el edificio tiene una vista, pero al frente van a construir otro que va a tapar esa vista, la gente llega con sus camas y tiene que cortar los largueros para que quepan en los dormitorios porque no se cumple con las medidas, entonces no son cuestiones que con entera libertad uno elige. Lo hace engañado.

¿De quién depende que esto no siga pasando?
-Es muy difícil legislar para que se hagan las cosas bonitas y bien, siempre va a haber una escapatoria. Yo creo que es una cuestión cultural que no solamente existe en Chile. Hemos llegado a exacerbaciones aquí por la excesiva riqueza en pocas manos que quieren lucirse. Ahora, ese señor que está haciendo ese edificio que será el más grande de Chile en plena Costanera. Es grotesco. El señor quiere lucirse, con todos los trastornos que eso va a provocar. Tiene que haber una conciencia crítica de qué se puede hacer y qué no por parte, primero, del capital. Los capitalistas van y hacen obras donde saben que de inmediato les va a rendir una tremenda utilidad, pero bien podrían ponerse de acuerdo con los intereses del Estado, de la gente, de la ciudad, para hacer, por ejemplo, un hospital. Y que el Estado garantizara las utilidades que lógicamente se debe tener.

¿Cómo cree que se puede conjugar el progreso con el resguardo del patrimonio de la ciudad?
-Difícil. La belleza es un elemento gratis. No tiene por qué ser fea una cosa. Hay ciertos principios de diseño del hecho arquitectónico, ciertos valores estéticos de proporciones, en fin, una serie de elementos propios de la arquitectura, por sobre los cuales se está pasando. No existe la preocupación por hacer las cosas bien, se ha estropeado mucho la arquitectura últimamente.

VILLA REINA, CAMBRIDGE Y LAS CASAS ENANAS

Usted creó las Torres de Tajamar, que fueron unos de los primeros edificios de santiago. ¿Cómo se pensaron y cómo los ve hoy?
-Se pensaron con la convicción de que estábamos haciendo una obra trascendente para el desarrollo de la ciudad. El Parque Forestal, que continuaba en el Parque Providencia, culmina en este lugar que era una gran fachada de ciento y tantos metros mirando el parque, o sea era un remate del parque. Nosotros nos planteamos que esos edificios debían ser esculturas dentro del parque y por tanto, tener transparencias hacia la cordillera y juegos de altura para que aparecieran como objetos escultóricos. Eran una especie de puerta hacia el barrio alto y el remate de la Avenida Providencia. Creo que la obra ha perdurado bien en el tiempo. Se incorporó al paisaje de Santiago con entera armonía.

¿Qué significó para usted la construcción de la Villa La Reina?
-Los chilenos pocas veces han hecho una gesta tan importante como esa. Eran dos mil familias que estaban absolutamente abandonadas, viviendo en el Canal San Carlos, los niños con las patitas en el agua, en sitios eriazos. Y fueron capaces de organizarse para tomar bajo su propia responsabilidad lo que significa construir mil seiscientas viviendas. Hoy día cuando Un techo para Chile hace 15 viviendas por ahí, arman una tremenda alharaca. Mil seiscientas viviendas hechas por la gente, sin apoyo del Estado, nada más que con su propia iniciativa, es sorprendente. Muy poco se ha dicho sobre lo que es capaz de hacer el pueblo chileno cuando se les abren las puertas. Yo, como alcalde, no hice otra cosa que tener confianza en ellos, aceptar sus organizaciones, darles el suelo y los proyectos de arquitectura.

-Sin embargo, hoy la Villa La Reina se ha convertido en un lugar en donde hay microtráfico y violencia…
-La explicación es simple. La construcción fue hace 40 años. Han pasado varias generaciones y nadie se quiere ir de ahí, porque sus padres y abuelos obtuvieron sus casas gracias a su esfuerzo. Entonces hemos sobre poblado la villa y la sobre saturación trae frustración. De todas maneras vivir ahí es distinto a vivir en cualquier población de Chile, porque es el lugar más importante de la comuna, en casas definitivas que han crecido.

¿Qué piensa de la vivienda social que se construye actualmente?
-En la Universidad de Cambridge se hizo un estudio sobre la vivienda social en Chile, hace diez o 15 años, en que se decía que en un tiempo la gente no aceptaría vivir en las casas que se les estaban haciendo, porque no cabe una familia y el primer requisito que tienen que cumplir es satisfacer las necesidades de vida de una familia chilena. En una competencia estúpida entre ministros que llegaban y salían, se trató de achicar las casas para aumentar el número de casas construidas. Eso, en vez de hacer una toma de conciencia sobre las potencialidades que debería tener una vivienda social. Como en la Villa La Reina, en que las casas crecían hasta 140 metros.

Pero ese concepto llevó a que se construyeran casas enanas, que eran sólo unidades sanitarias.
-Es que eso es partir antes de lo mínimo. El problema de la vivienda se soluciona con mejor calidad y mayor superficie, no con la cosa mínima, aunque se hagan menos casas. El ejemplo de Villa La Reina, de aprovechar las capacidades de constructor de la gente, no se ha aprovechado para nada.

“YO CULPO DE TODO A LA DICTADURA”

¿Qué valor tiene para usted haber participado de la reforma de la Universidad Católica y haber sido el único rector elegido por la comunidad universitaria?
-Fue el tiempo más luminoso y esperanzador de mi vida. Me sentía con la fuerza de la juventud pensante, inteligente, tratando de rehacer a Chile desde la universidad. Fue demasiado hermoso sentir esa fuerza y capacidad que mostraron los estudiantes. Transformamos a la UC en una universidad más pensante, más preocupada de la cultura chilena, de la visión de futuro de un pueblo y no sólo en una escuela técnica para enseñar abogacía o arquitectura.

¿Qué piensa de la llamada revolución de los pingüinos?
-La rebeldía que hay en Chile es producto de una frustración que perdura del tiempo de la tiranía. La rebelión de la UC fue completamente distinta. Se tomó posesión de los espacios físicos de la universidad, pero no maltrataron a nadie y cuando terminó el conflicto se devolvió todo impecable. No había ánimo de pelea, sino de construcción. Ahora lo que hay es un residuo de un pueblo que no ha sido capaz de evolucionar de lo que hizo Pinochet. Estamos regidos por una Constitución Política hecha por él. Yo no creo que nada se logre a través de reuniones entre estudiantes, profesores y padres que acuerden algo. Eso siempre será limitado con respecto al tamaño del problema. La cuestión está en poner un cambio en la voluntad para aprender a ser creador, a discutir, a aceptar la voluntad de las mayorías. La revolución no tiene por qué implicar violencia, es un proceso dinámico de cambio.

¿Qué le pareció el jarrazo de agua a la ministra?
-El acto mismo del vaso de agua que se tira no es violento. Tiene un sentido de broma ver a la ministra mojada y cómo reaccionó. Hubiera sido mejor que no hubiese pasado, porque contribuyó a dividir la opinión de la gente. Pero creo que a la niñita que hizo eso no se le puede marginar de la sociedad chilena.

Usted fue alcalde de La Reina en los años 60 y luego durante los 90 y hasta el 2004. ¿Qué diferencias pudo ver entre un período y otro?
-El primero fue un período muy fascinante del pueblo chileno. El gobierno del Presidente Frei Montalva exaltó los ánimos, provocó fervor por una causa, a la gente le gustaba participar y estaba en todo. Hoy día la gente está dispuesta a aportar algo siempre que le interese. No es que están totalmente marginados, eso sí, y tienen conciencia de que heredaron una comuna verde, tranquila, sin grandes edificios, donde queremos mirar nuestro patrimonio cordillerano. Pero se perdió la capacidad de construir la comuna entre todos, porque hay resquemores, rencillas y diferencias políticas que afectan las relaciones.

¿Eso como efecto de la dictadura?
-Yo culpo de TODO a la dictadura, es lo peor que nos ha pasado.

LA DC

Se habla de la crisis de la Democracia Cristiana, su partido. ¿Le parece a usted que es así?
-Hay una crisis de todos los partidos, una falta total de idealismo para inventar una mejor calidad de vida, de las relaciones sociales, de la economía. Los partidos son nada más que una pelea por el cupo, por la cuota de poder. Cada día me desilusionan más. El pueblo chileno tiene un instinto estupendo. Es la opinión pública la que partió desacreditando el quehacer político y con toda razón. Yo no quería creer esta situación de los políticos y la política tan decadente. La DC perdió su línea, sus políticos han ido cayendo en luchas internas, personales, en el afán de surgir, de mantener determinados puestos. Así es completamente imposible.

La DC y el PS se unieron para pelear contra Pinochet y eso les daba un objetivo común. ¿Qué los une hoy, considerando que hay grandes diferencias entre un partido y otro?
-Yo no noto que haya un debate entre las diferencias que puede haber entre un socialista y un democrata cristiano, que no tendrían por qué no estar asociados. Un DC procura un sistema político, que es la sociedad comunitaria, para lograr la felicidad. Y el socialismo también está porque el pueblo logre su autonomía, su capacidad de tomar sus propias decisiones. Siempre han sido políticamente enemigos, pero dentro de visiones conjugables. Ahora eso se perdió, ya no existe, porque no están vivos sus postulados. Están unidos en lo cotidiano, para ver qué beneficios saca uno del otro. Pero no está todo destrozado, veo salidas a eso.

¿Cómo cuáles?
-Camilo Escalona, creo que es una persona que tiene una visión clara y no vive mezclado, a pesar de que es presidente de un partido, con esta cosa tan pequeña. El ex presidente Frei Ruiz-Tagle también tiene una visión ideológica y principios sobre los cuales funda su visión.

¿Qué piensa del liderazgo de Soledad Alvear?
-No sé, no la conozco, no sabría si votar por ella como presidente del partido. Creo que necesitamos más claridad. En los principios de la DC había una claridad total de hacia dónde ir.

¿Qué piensa de los colorines?
-No sé qué pensar de Zaldívar, porque yo he conversado varias veces con él. Cuando murió mi hermano Jaime, yo le dejé el cadáver, porque consideraba que le pertenecía más al partido que a mí y él lo llevó a la catedral y tuvo gestos de reconocimiento a los valores de la DC a través de la persona de Jaime. Pero ahora no logro entenderlo. No se sabe si está con la derecha. Está buscando escalamiento y eso lo ha llevado a ser presidente del Senado. No creo que esté bien eso.

La DC ha pasado de ser un líder de opinión a tener que guardar silencio en temas en que tiene grandes diferencias con sus posibles electores. Por ejemplo, en el episodio de la pildora del día después. ¿Se ha instalado una distancia entre el discurso de la DC y lo que quiere el Chile del siglo XXI?
-La posición de renegar de la píldora fue reaccionaria. No tiene nada que ver armar un alboroto y acusaciones constitucionales en una cuestión que está claro que es a favor de la libertad con que las familias pueden planificar su vida. Es un sectarismo buscar al enemigo donde no existe, crear un conflicto ético donde no lo hay. El silencio de la DC me pareció mal. La DC debería ser más abierta, más clara y más capaz de creerle a la ciencia, porque los científicos no están en contra de la píldora.

¿Qué le parece la posibilidad de que Piñera sea el próximo Presidente?
-No me gusta, está demasiado imbuido en la cosa del dinero, la empresa, esta cosa tan poco humana que maneja todo. Es el representante más genuino de eso.

¿Qué piensa de que él se defina como un “humanista cristiano”?
-Yo creo que debe serlo en su esencia, porque tiene una formación de niño así. Su padre era un gran democratacristiano, en el sentido político, y un humanista cristiano. Supongo que algo a él le queda porque siempre recuerda a sus padres. Pero eso no basta para la conducta que tendría como presidente de la república. Yo aspiro a una sociedad un poco más humanizada, con mayor participación de la gente, con decisiones colectivas. No me parece que esa sea la veta de Piñera, sino una más autoritaria, de estudiar las cosas con su grupo pequeño y desde ahí tomar acuerdos que se transformen en grandes políticas.

“A MI EDAD NO SE PUEDE IGNORAR LA MUERTE”

Acaba de cumplir 90 años y le dedica el último capítulo de su libro a darle vueltas al tema de la muerte. ¿Cómo vive su llegada inminente?
-Aferrándome a la vida. A mi edad no se puede ignorar la muerte. Yo estoy muy pendiente de prepararme para que el término de mi vida sea el comienzo de una nueva vida. Uno subsiste en lo que uno ha hecho. Yo creo que es como una síntesis total de la vida de uno lo que uno siente cuando se muere. El temor de la muerte se siente cuando está muy cerquita y yo no he sentido temor. He estado muy grave, pero no he tenido el miedo de morir, siempre he pensado que voy a sostenerme. Pero me doy cuenta de que esta cosa es muy pronto.

¿Cómo ve el Chile del que se está despidiendo?
-Creo que nos zafamos de una tiranía y eso es inconmensurable. Pero de ahí en adelante hemos avanzado muy poco. La reyerta sigue. Durante la democracia se han aumentado las fortunas, las privatizaciones del patrimonio chileno, los privilegios de algunos. Con lo cual el gran perdedor es el pueblo, porque de alguna parte sale el dinero. Antes había un almacén en cada esquina donde un almacenero vendía sus cositas. Todo ese dinero que iba donde cada uno de estos almaceneros llega ahora a un par de empresas. O sea, todo lo que los chilenos gastan diariamente pasa con grandes utilidades a las arcas de cuatro o cinco grandes magnates que siembran supermercados en toda Latinoamérica. Eso es absolutamente inaceptable.

Usted dice en su libro que si pudiera hacerle un regalo a todos los chilenos sería el compromiso con el amor de familia. ¿Qué piensa de cómo ha ido cambiando el concepto de familia? ¿Está de acuerdo con el matrimonio homosexual, por ejemplo?
-Son fenómenos que están fuera de mi capacidad de entender, pero tengo que aceptar que existen y que hay gente que lo requiere y que el mundo debe estar abierto a todas las potencialidades, o carencias, o insuficiencias, o anhelos que la gente tiene. No me gusta ver parejas homosexuales, no sé por qué, debiera no preocuparme. Pero tienen derechos.

A propósito de la familia. Su hija Carmen fue pareja de Miguel Henríquez. ¿Cómo fue su relación con él? Varios de sus hijos pertenecieron al MIR.
-Discutíamos a fondo y peleábamos en el plano político con mis hijos del MIR. A mí me brotaba una cierta simpatía por el movimiento, porque en la universidad me protegían mucho, eran mis amigos y mi yerno estaba ahí. Pero no los entendía políticamente. Yo vivía demasiado angustiado por una tiranía que nos trataba de desquiciar por todos lados, a mi familia, a mi entorno y al país entero y por eso estaba totalmente de acuerdo con la lucha armada, creía que a Pinochet había que derrotarlo con las armas. Estaba equivocado y estoy contento por eso.

En su libro hace mención en varios pasajes a El Mercurio. ¿Qué significa ese diario para usted?
-Yo estaba metido en el ambiente en que se decía “El Mercurio miente”, entonces tengo esa influencia. Pero si uno va analizando cómo El Mercurio dice las cosas, ve que hay una acción perversa en el sentido de querer dominar e influir, desplazar a los que no les conviene y proteger a los que sí. Yo leo todos los diarios. La Nación se comporta bastante bien, sabe decir las cosas, son abiertos para tratar de apoyar a un gobierno que por todos lados están tratando de destrozar. Es un aporte mínimo, porque la democracia terminó con toda la prensa.