El hospital de la transfiguración es la primera novela de Stanisław Lem, una obra demoledora sobre la ocupación nazi de Polonia, inédita hasta este año en castellano y publicado por el sello español Impedimenta. Lem la acabó en septiembre de 1948 y no fue publicada en Polonia hasta 1955 debido a problemas con la censura comunista. Fue considerada «contrarrevolucionaria» por las autoridades polacas, que obligaron a Lem a convertirla en la primera parte de una trilogía cuyas otras dos entregas fueron repudiadas por el autor. En este texto, extraído del libro Tako rzecze Lem («Así habló Lem») publicado en 2002 por la editorial Wydawnictwo Literackie de Cracovia, el crítico Stanisław Bereś interroga a Lem sobre los avatares de la publicación de El hospital de la transfiguración. Este texto nunca antes había estado disponible para el público en español.

El tema de los servicios secretos apareció en relación con la novela El hospital de la transfiguración. La novela no aparecería hasta muchos años después y además como parte de un ciclo narrativo mayor. ¿Cómo sucedió?
–Cuando la acabé, llevé el manuscrito mecanografiado a la editorial Geberthner i Wolff, que en aquella época estaba situada en la Plaza del Mercado de Cracovia. La novela había despertado un cierto interés, pero en ese momento la editorial estaba siendo cerrada por presiones del gobierno y lo que había quedado de la quiebra estaba siendo trasladado, junto a mi libro, a Varsovia. Y entonces comenzaron para mí unos años bastante desagradables. Cada poca semanas cogía un tren nocturno con el billete más barato posible que me asegurara una plaza y me iba a Varsovia para mantener unas reuniones interminables con los responsables de la editorial Ksziążki i Wiedza («Libros y conocimiento») donde analizaban con lupa mi Hospital de la transfiguración. Una tal señora Wilczkowa me explicaba, fumando un cigarrillo tras otro, que se trataba de un libro ideológicamente erróneo, además de reaccionario. Así que, según ella, era necesario construir algo así como un «contrapeso que equilibrara el conjunto». Y así fue como me fueron sacando a la fuerza las siguientes dos partes de una supuesta «trilogía». Mes a mes el texto crecía y crecía, desmesuradamente, gracias a las numerosas reseñas internas de la editorial que mostraban su «naturaleza decadente y contrarrevolucionaria». Aquello produjo toda una montaña de papel y supuso un montón de tiempo perdido. Pero cuando uno tiene veintitantos años y un carácter dócil, todo se aguanta.

Parte de esa «educación» tenía lugar por vía postal. Los editores me mandaban cartas en las que me explicaban que había que cambiar algo acá, añadir algo más allá, prescindir de esto o de aquello, etc. Me hacían albergar esperanzas constantemente, así que yo no dejaba de introducir cambios, reescribiendo la novela y cambiando cosas de un modo permanente. Tengo que decir que a pesar de que no es fácil, soy capaz de escribir múltiples variantes de un mismo texto, pero nadie ha logrado nunca sacarme tanto de quicio como aquellos editores y funcionarios. Convencido de que era posible salvar el libro lo reescribí una y otra vez hasta que extrajeron de mí algo que yo no tenía la menor intención de escribir. Sabe usted, esta es la táctica del salami: se obliga al tipo a que vaya cediendo poco a poco. Si el autor ya he escrito un segundo tomo, escribirá también un tercero. Si el autor ha estropeado ya algo, se le puede obligar a que lo estropee todo completamente. Está claro que todo esto no sirvió para nada: el libro solamente aparecería tras los cambios operados en el país tras octubre de 1956. Pero fíjense en el disparate: incluso recibí un premio por la porquería que supuso añadir un segundo y tercer tomo a mi Hospital.

Es decir que a usted no lo amenazaron; únicamente le enseñaron, le aconsejaron y le ayudaron a hacer las cosas. ¿Sintió que ese mecanismo absorbía al autor como si se tratara de una bomba de vacío?
–Siento una triste sensación de asco ante esos recuerdos. Además, afortunadamente el tiempo, benévolo, ha borrado ya todo eso de mi memoria. Fueron innumerables los viajes, las conversaciones… Piense que me tiré cuatro años, desde 1950 hasta 1954, trabajando incansablemente en aquel texto, y a pesar de ello, hiciera lo que hiciera el libro seguía siendo malo. Pero yo no era el único al que le ocurría eso. A todos mis compañeros escritores los trataban de la misma manera. Bueno, quizá no exactamente igual, pero lo cierto es que se trataba de algo más o menos generalizado. Así pues, mi libro iba y venía de un escritorio a otro, y fue pasando por las manos de diferentes redactores que se consagraron a «esculpir mi alma». No me apetece recordar uno por uno los apellidos de aquellos especialistas encargados de «esculpirme» ideológicamente; supongo que ellos serían los primeros sorprendidos de saber hasta dónde se puede llegar para anular a un hombre, como hicieron conmigo. Aquello de escribir una y otra vez mi obra fue una pesadilla, literalmente.

¿Conservó usted por casualidad la documentación de ese “lavado de cerebro”?
–Cuando años más tarde me topé de nuevo con aquellas montañas de manuscritos escritos a máquina emborronados, me deshice de ellos, los quemé. Sería un poco exagerado decir que eran como las actas de un interrogatorio, pero en su «melodía», en su tono, había algo que sí recordaba a ese tipo de actas. Cuando la editorial Czytelnik quiso reeditar esta obra les di mi total aprobación pero únicamente para la edición de la primera parte, de El hospital de la transfiguración, porque los otros tomos me vi forzado a escribirlos.

¿Qué sucedió después?
–Como aún no había logrado publicar El hospital de la transfiguración, y todavía no había aparecido Los astronautas, fui expulsado de la Asociación de Literatos, aunque luego volvieron a aceptarme. Estábamos en pleno período estalinista así que había que tener un sello en el documento de identidad en el que figurara dónde estaba uno empleado a fin de no ser considerado un «elemento» sospechoso. Fue precisamente entonces cuando fui expulsado por segunda vez. Ocurrió que Putrament vino a Cracovia para una inspección y lo abordé en un pequeño restaurante para animarle a que me dejara ingresar en el partido. Por desgracia resultó que…

Que una vez más le consideraron a usted inmaduro, políticamente hablando.
–Exactamente, así es. Putrament se sinceró conmigo. Me dijo que si en Polonia las cosas iban tan mal era porque no teníamos una Siberia propia. Porque si la tuviéramos, el partido cogería a todos los «elementos» sospechosos, los deportaría allí y todo sería maravilloso.

Como «elemento» y candidato a la deportación, ¿qué dijo usted?
–(Risas) Nada, líbreme Dios, yo no abrí la boca, únicamente escuchaba. Pero afortunadamente recuperé la candidatura.

Traducción del polaco de Abel A. Murcia Soriano
Gentileza de editorial Impedimenta.