El próximo 4 de diciembre será lanzada la primera investigación sobre la historia y el poder en Chile de la congregación católica que conquistó a empresarios como Guillermo Luksic y Eliodoro Matte y a miembros de la UDI. El libro “Legionarios de Cristo en Chile. Dios, dinero y poder”, de los periodistas y académicos de la UDP Andrea Insunza y Javier Ortega, no sólo indaga en cómo la orden ha crecido silenciosamente desde 1980, sino también aborda los abusos sexuales cometidos por su fundador, el mexicano Marcial Maciel, y algunos de sus discípulos.

Los autores consiguieron documentos exclusivos y más de 100 testimonios, entre ellos el de Patricio Cerda, un sacerdote chileno que gracias a la ayuda del cardenal Jorge Medina, denunció los hechos y la política de encubrimiento de la orden ante Joseph Ratzinger. La cita fue tan clave que a poco de convertirse en el Papa Benedicto XVI, Ratzinger apartó al mexicano de su ministerio. Éste es un extracto del estremecedor capítulo “Un dossier para el cardenal Medina” y revela cómo dos chilenos reventaron al fundador de los Legionarios.

El miércoles 2 de octubre de 2002, en los titulares de la prensa chilena apareció una noticia que el gobierno del Presidente Ricardo Lagos esperaba hacía meses: el Papa Juan Pablo II había aceptado la renuncia del cardenal Jorge Medina Estévez como prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el dicasterio a cargo de promover y reglamentar las prácticas litúrgicas. Se trataba del puesto más alto ocupado por un chileno en la curia vaticana, y del cual Medina se alejaba tras cumplir 75 años.

Pero lo cierto es que la renuncia no mermó la influencia de Medina en Roma. El prelado chileno mantuvo su cercanía con Juan Pablo II, no dejó de ser buen amigo del cardenal Joseph Ratzinger y siguió integrando varios dicasterios vaticanos, entre ellos la omnipotente Congregación para la Doctrina de la Fe. Se mantuvo entonces viviendo en Roma, en un departamento ubicado en una calle aledaña a la Plaza de San Pedro, al final de la imponente Columnata di Bernini, en un edificio donde residían otros cardenales y obispos que trabajan en el Vaticano.

Allí recibió, entre abril y mayo de 2004, la visita de un ex sacerdote legionario que le había telefoneado desde España para pedirle audiencia. Se llamaba Patricio Cerda, tenía 34 años, era chileno y luego de un largo período de dudas había culminado el proceso sin retorno de ruptura con la Legión.

Patricio Cerda no venía con las manos vacías. Quería entregarle a Medina un dossier con información confidencial, que estimaba como sumamente importante que el cardenal revisara.

Hasta el día de 1984 en que escuchó por primera vez sobre la orden religiosa de Marcial Maciel, la historia de Patricio Cerda podría haber sido como la de cualquier joven chileno de clase media. Vivía con sus padres a pocas cuadras del Palacio de La Moneda, junto a nueve hermanos, en un edificio donde el jefe de la familia trabajaba como conserje.

Cuando estaba terminando el cuarto medio, a su liceo llegó de visita un dicharachero sacerdote irlandés, de nombre Hugh Ryan. Era legionario y andaba a la búsqueda de jóvenes con vocación religiosa. A sus 18 años, Patricio nunca había pensado en ser sacerdote. Ni siquiera se había confirmado. Pero le llamó la atención que el irlandés promoviera una gran oportunidad para servir al prójimo. Según le dijo, la mejor manera de hacerlo era “consagrando la vida entera a Dios”, en una orden como la Legión de Cristo. Esa frase sí que le llegó.

El 25 de marzo de 1985, Patricio y otros 22 jóvenes chilenos ingresaron al noviciado de la Legión, que por entonces estaba ubicado en Pirque, a pocos kilómetros al sur de Santiago. Dos años después, profesó sus votos religiosos y fue enviado como seminarista a Salamanca. Luego de un año y medio de estudiar humanidades clásicas en esa ciudad española, sus compañeros de promoción se trasladaron a Roma para proseguir con filosofía y teología. A diferencia de ellos, Patricio fue el único del grupo al que se le encomendó su primera tarea apostólica. Su destino fue la escuela vocacional de Ontaneda, en España.

Cerda asumió como prefecto de disciplina del plantel, donde estudiaban y vivían alrededor de 90 menores provenientes de todo el país, en un ambiente restrictivo que alternaba la oración, los estudios y las prácticas deportivas. A su cargo estaban los niños más grandes, de entre 14 y 16 años, mientras otro prefecto se ocupaba de los menores de entre 11 y 13. Su jefe directo era un miembro consagrado de la Legión, como se denomina a los integrantes de la orden que no son sacerdotes y que reemplazan los tres votos religiosos tradicionales (pobreza, castidad y obediencia) por promesas. Era un mexicano de nombre Gustavo Ramos, quien ostentaba el cargo de prefecto general. El rector era el sacerdote legionario Jorge Carrillo.

A Patricio Cerda le gustaba su trabajo. Se sentía un aporte, gozaba de buena llegada con los niños y varios le tenían confianza. Hasta que en enero de 1991 uno de los chicos llegó de madrugada a su cuarto y lo despertó. Quería hablar con él algo urgente. Patricio le respondió si sabía qué hora era, que por qué no mejor conversaban en la mañana. Pero, ante la insistencia del menor, acabó por ceder y escucharlo.

-Yo no sabía que en Ontaneda había maricones-, dijo el niño.
-Yo tampoco-, retrucó Patricio.
-Mire, venga y véalo usted mismo.

Intrigado, el chileno salió de su cama. Al llegar a los baños pudo ver que un adulto abusaba de uno de los escolares. No cabían dudas. El abusador era el prefecto general Gustavo Ramos. Según el muchacho que había ido a despertarlo, Ramos hacía lo mismo con otros chicos. “Los niños tenían una especia de diario espiritual y él se ponía de acuerdo con ellos a través de ese medio, lo cual era una auténtica aberración porque él se valía de su cargo de superior para abusarlos sexualmente”, detalla Patricia Cerda en entrevista con los autores de este libro.

El chileno quedó atenazado por un dilema. Sabía que lo que había visto era execrable. Sin embargo, como seminarista había profesado los votos de silencio legionario, que entre otras cosas prohibían hablar mal de un superior. Y Ramos lo era.

Luego de pedir consejo bajo confesión a otro padre legionario, Jesús Navarro Casillas, el chileno optó por dar aviso del asunto a lsuperior de la orden en España, el sacerdote mexicano Héctor Guerra, quien decidió trasladar de inmediato a Ramos a Madrid. Las razones del traslado se mantuvieron en secreto y a Ramos se le hizo una fuesta de despedida. Patricia Cerda acredita que nunca hubo una investigación judicial, pues “todo se manejó al interior de la congregación”.

La experiencia resquebrajó la vocación legionaria del chileno, que en esos días sólo tenía 25 años. A mediados de 1991 pidió salir de Ontaneda. Advirtió a sus superiores que dejaría la congregación si no era atendido. Su nuevo destino fue el Ateneo Regina Apostolorum, el centro de educación superior de la Legión en Roma.

Un día de 1997, el vicario general de la orden, Luis Garza, reunió a todos los seminaristas y legionarios en el salón de conferencias del Ateneo. Cerda recuerda que Garza les advirtió sobre el inicio de una nueva campaña contra el fundador, iniciada en la prensa por los “enemigos de la Iglesia”. Junto con reiterar que Maciel era “un santo en vida”, prohibió a todos los presentes leer esas versiones de prensa y divulgar lo que les acababa de decir.

Debido a mecanismos de control de la Legión -que incluían editar previamente los noticiarios y filtrar los contenidos de internet- sólo tiempo después Cerda se enteró de que el tercer hombre de la orden se refería a la publicación de varias denuncias de abuso sexual contra Maciel, en un períodico de Estados Unidos de nombre The Hartford Courant.

Esto se sumó a un segundo hecho que lo hizo cuestionarse. Por órdenes de un superior, había puesto en contacto a un muchacho italiano con un encargado de los apostolados juveniles de la Legión en Roma, un laico consagrado de nombre Javier Legorreta, miembro de una acaudalada familia mexicana. “¿Qué ocurrió? Que Javier Legorreta se aprovechó de este chico y quiso abusar de él; de hecho lo masturbó. Después ese chico vino conmigo y me dijo lo que le había ocurrido”, relata Cerda.

El chileno avisó del incidente al vicario general, Luis Garza. El tercer hombre de la Legión le pidió que hablara con el indignado padre del chico, un alto oficial de las fuerzas armadas italianas, para convencerlo de no llevar el asunto a la justicia. “A cambio de que yo hiciera eso, Garza me juró delante de Dios que iban a expulsar a Legorreta del Regnum Christi y de la Legión, lo cual fue una absoluta mentira”, recuerda. Según Cerda, posteriormente supo que el mexicano había sido trasladado a Alemania, donde siguió trabajando para la congregación.

El episodio que narra el chileno es confirmado por otro sacerdote ex legionario que abandonó la congregación luego de este hecho, y que pidió reserva de su identidad como condición para hablar en este libro. “Tal como hacía la Legión cuando alguien tenía problemas de ese tipo, a Javier (Legorreta) lo mandaron fuera de Italia y lejos del contacto con jóvenes”, señala este ex legionario. El episodio nunca salió a la luz pública.

Pese al nuevo traspié, Patricio Cerda continuó su formación. Mantenía las dudas sobre su vocación, a raíz de las aberraciones de que fue testigo en Ontaneda y del episodio protagonizado por Legorreta. Pero seguía considerando a Maciel un santo y a su congregación, una obra grata a los ojos de Dios.

El 24 de diciembre de 1998 se ordenó sacerdote. La ceremonia la encabezó el cardenal Angelo Sodano, por entonces Secretario de Estado vaticano.

Luego de un paréntesis de dos años como rector del colegio Cumbres de Medellín, Colombia, el padre Patricio recibió una carta firmada por Maciel donde se le ordenaba regresar a Roma, para continuar con sus cursos de filosofía.

En Roma, junto con sus estudios, comenzó a desempeñarse como chofer de obispos y cardenales de la curia, un servicio que la Legión suele prestar a prelados eminentes con los que busca congraciarse. Además, Cerda asumió tareas en una editorial legionaria, Logos Press. Por primera vez tuvo acceso ilimitado al mundo exterior. También podía conectarse sin restricciones a Internet. Fue así como se enteró con estupor de la serie de denuncias contra el fundador, publicadas en la prensa de varios países. Las acusaciones eran sobre hechos tan similares y graves como los que a él lo habían asqueado en Ontaneda y Roma.

A pesar de esa certeza, el proceso que lo llevaría a salir de la Legión y a colgar los hábitos, fue lento y doloroso. No era fácil romper con todo lo que había sido su vida desde su juventud. Tenía 36 años y la congregación era su familia y sustento desde los 18. ¿Cómo iba a ganarse la vida afuera? ¿De qué le servirían sus estudios eclesiásticos? ¿En quién se apoyaría si enfermaba o flaqueaba?

Un viernes de septiembre de 2002, sin avisar a nadie, Cerda empacó en Roma todas sus cosas y las cargó en un auto alquilado. Tenía claro que su salida debía ser sin aviso, para evitar cualquier maniobra en su contra. Sabía también que abandonaría el sacerdocio, pues no se veía como cura diocesano.

El chileno se trasladó a Sevilla, España, donde durante seis meses vivió a duras penas, gracias a la ayuda de amigos, en un pequeño departamento alquilado. No tenía muebles ni cama; dormía sobre un cartón. Una hermana en Chile consiguió un préstamo y le envió dinero. Otro que le tendió una mano fue el cardenal de Sevilla, Carlos Amigo Vallejos, con quien se había contactado por teléfono previamente desde Roma. El cardenal español, quien lo ubicaba de sus días de chofer, le entregó 300 euros para su sustento. “Estuve viviendo de pedigüeño como seis meses”, relata el chileno.

En octubre de 2004, dos años después de la salida de Cerda de la Legión, el periodista español y experto en temas de Iglesia, José Martínez de Velasco, lanzó en España el libro “Los documentos secretos de los Legionarios de Cristo”, una obra que revelaba por primera vez las normativas secretas de la congregación. El texto, además, detallaba sucesivos episodios de abuso sexual contra niños en el centro vocacional de Ontaneda. Según Martínez de Velasco –en ese momento redactor jefe de la Agencia EFE en España–, las aberraciones nunca fueron denunciadas a la justicia y la orden colaboró activamente en su encubrimiento.

Martínez de Velasco se detenía, en particular, en la historia de Ricardo, nombre ficticio otorgado a un adolescente español que durante la Semana Santa de 1991 pasó unos días en el centro de Ontaneda, cuando tenía trece años. Según el relato, Ricardo fue abusado brutalmente por el mismo sacerdote que acudió a su colegio para invitar a los alumnos a visitar el centro.

Otro de los testimonios recogidos era el de Patricio Cerda, quien narraba su experiencia sólo identificado como “el padre Patricio”. Martínez de Velasco lo describía como alguien “que todavía hoy conserva su condición de sacerdote legionario, aunque está fuera de la Legión”. Además de entregar su experiencia, Cerda ayudó activamente al periodista español a contactar a otros jóvenes que sufrieron vejámenes similares a manos de los discípulos de Maciel. También, se dedicó a rearmar sus nexos con otros ex miembros de la congregación.

A pesar de que seguía siendo formalmente un legionario, el chileno estaba decidido a desenmascarar al fundador y a otros abusadores de la orden mexicana. Por ello, a principios de 2004 hizo una llamada telefónica desde España al Vaticano. El destinatario era el cardenal Jorge Medina Estévez.

Cerda tenía muy buenas referencias sobre la rectitud del purpurado chileno. Cuando era novicio en Chile, un legionario dedicado a captar vocaciones le confidenció que Medina –en esos años obispo de la ciudad chilena de Rancagua– era receloso de que la congregación trabajara en su diócesis. Según el legionario que se lo contó, Medina desconfiaba de tanto secretismo. “Aunque él (Medina) exteriormente puede dar a conocer otra cosa, él no era amigo de la Legión”, señala Cerda .

Como prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Medina era conocido en el Vaticano porque en ocasiones se vestía con sombrero y manta de huaso. Además, era pública su amistad con el cardenal Joseph Ratzinger, quien como prefecto de la CDF ya había acogido una investigación canónica contra Marcial Maciel.

En la conversación telefónica, Medina se mostró muy interesado en conocer los antecedentes que su compatriota decía tener. El cardenal le dijo que estaba dispuesto a recibirlo personalmente en Roma, durante un próximo viaje que Cerda realizaría a esa ciudad, para poner en regla sus papeles de residencia en Europa.

A pesar de las denuncias de abuso sexual en su contra, Juan Pablo ll mantuvo cercanía hasta el final de sus días con Marcial Maciel.

Patricio Cerda no logra precisar si el encuentro con Medina se concretó a fines de abril o a comienzos de mayo de 2004. Lo que sí recuerda es que fue un martes en el domicilio del cardenal, cerca de la Plaza de San Pedro.

El departamento del cardenal era antiguo, pero refaccionado. Lo componían un comedor, un despacho, una habitación, una cocina y una pequeña capilla privada. El purpurado chileno lo hizo pasar al despacho, donde había un estante lleno de libros y un escritorio con una vieja máquina de escribir, que Medina se resistía a cambiar por un computador. En una de las paredes colgaba una fotografía suya junto a Juan Pablo II.

Cerda le detalló las razones de su salida de la Legión, mencionando el abuso sexual del que fue testigo en Ontaneda. Además, le habló de los métodos de coerción y de la precariedad en que quedaban los legionarios que, como él, dejaban la orden. A medida que lo escuchaba, el semblante del cardenal Medina se fue encendiendo de ira. “En un momento las mejillas se le pusieron muy rojas”, detalla Cerda.

Acto seguido, el chileno le entregó un dossier de más de 300 páginas, con testimonios de cuatro jóvenes de Irlanda y España que habían sido abusados por sacerdotes o consagrados de la Legión. El dossier incluía un relato del propio Cerda, en calidad de testigo. Extractos de esas mismas declaraciones habían servido para el libro de Martínez de Velasco, quien recurrió a nombres supuestos para proteger a los denunciantes. La copia que recibió Medina contenía las versiones completas, legalizadas ante notario. Las víctimas, que al dar su testimonio tenían entre 25 y 29 años, las suscribían con sus nombres verdaderos.

Cerda también se refirió a otras prácticas de Maciel y el alto mando de la Legión. Le habló de costosos regalos para ganarse el favor de miembros influyentes de la curia, como el Mercedes Benz que el fundador le habría obsequiado a un cardenal brasileño que vivía en Roma, Lucas Moreira Neves. “Ese coche estaba aparcado en la casa de los legionarios en Roma y también lo usaba Maciel, pues tenía patente diplomática del Vaticano (…) Eso yo lo vi en primera persona y me hago completamente responsable de lo que digo”, apunta Cerda.

La política de las prebendas es corroborada por otro ex legionario que fue testigo directo de ella. “La Legión hacía las cosas así: darle un coche a un cardenal, sin comprometerlo, pero haciéndolo en momentos como, por ejemplo, cuando venía un reporte negativo para la Legión. Y ese cardenal luego iba a decir, bueno, ellos (los legionarios) me dieron un coche, y cada vez que necesito ir al aeropuerto ellos me pasan a buscar con chofer…” .

Además, Cerda esbozó a Medina las comodidades que Maciel reservaba para sí. Según el chileno, el michoacano solía viajar en el Concorde, el lujoso avión supersónico de pasajeros. En una ocasión había ordenado la compra de un pasaje de ida y vuelta, desde París a Estados Unidos, para hacerse una limpieza bucal y regresar ese mismo día a la capital francesa.

Por último, le entregó por escrito los nombres de dos sacerdotes ex legionarios que podrían corroborar sus dichos. Eran personas que habían ocupado puestos clave en el entorno de Maciel, que dejaron la Legión decepcionados por lo que habían visto y que habían logrado “incardinarse” en diócesis de dos países distintos. Uno de ellos había sido miembro de la Secretaría General de la Legión en Roma y, como tal, tuvo a su cargo la compra de pasajes de Maciel durante sus periplos, así como las reservas en hoteles de lujo. “Debe ser una de las personas que mejor lo conoció (a Maciel)”, señala Cerda, quien para este libro pidió mantener esos nombres en reserva.

La audiencia duró cerca de dos horas. Cuando Cerda se despidió de Medina, quedó con la impresión de que el cardenal chileno no se quedaría de brazos cruzados.

El ex legionario no se equivocaba. Medina le consiguió una audiencia con el cardenal Joseph Ratzinger. La cita quedó programada para dos días después, el jueves siguiente, en las dependencias de la CDF, un edificio rojo de cuatro plantas, cuya sola ubicación simboliza su importancia en el Vaticano: está inmediatamente a la izquierda de la Basílica de San Pedro.

Ratzinger recibió al chileno en su despacho, ubicado en el tercer piso de la CDF, a eso de las 11 de la mañana. En cerca de 40 minutos, el visitante resumió lo que había dicho antes a Medina. Además de entregarle copia del dossier con los testimonios de las víctimas, le dejó los nombres de los dos ex legionarios que podían corroborar sus palabras.

Cerda recuerda que en todo momento Ratzinger lo escuchó con atención, sin interrumpirlo. “Yo fui el que más hablé, y él simplemente hacía comentarios como ‘no se preocupe’ o ‘qué bien’”. Cuando le explicó que dejaría el sacerdocio, el cardenal alemán no intentó disuadirlo ni esbozó gestos reprobatorios.

Cerda le aclaró que él no era enemigo de la Iglesia Católica, para desvirtuar una de las etiquetas que históricamente la Legión ha endilgado a sus críticos. Le dijo que ni siquiera era adversario de la Legión. Lo suyo, señaló, era “tratar de mostrar las cosas que los legionarios hacen mal, que no son pocas”.

Al final de la audiencia, Ratzinger tomó la palabra. Aseguró que “haría todo lo que estuviera en sus manos” y que, si era necesario, “tomaría medidas”. Aunque no mencionó la queja contra Maciel que ya tramitaba su dicasterio desde 1999, le comentó a Cerda que estaba al tanto de denuncias similares.

Antes de dejar Roma, el chileno volvió a reunirse con el cardenal Medina, quien lo invitó una tarde a tomar el té en su departamento. En esa última cita, el ex legionario le agradeció, “a nombre de las víctimas”, por su valiosa gestión.

Cerda regresó a Sevilla satisfecho. Había conseguido más de lo esperado. Sin embargo, ni siquiera sospechaba hasta qué punto estaba dispuesto Ratzinger a honrar su compromiso de hacer “todo lo que estuviera en sus manos”.

En diciembre de 2004, seis meses después de su encuentro con Patricio Cerda, Ratzinger emitió una poderosa señal de que consideraba graves y bien fundadas las denuncias contra Maciel. Pocas semanas antes de la Navidad de ese año, se hizo público que el cardenal alemán había designado a monseñor Charles Scicluna, promotor de Justicia de la CDF y considerado un hombre de su absoluta confianza, como fiscal a cargo de la investigación contra Maciel.

Ante ese escenario, Maciel optó por jugar una de sus últimas cartas. Alarmado por los movimientos de la CDF, en enero de 2005 renunció sorpresivamente a la dirección de su orden. El anuncio se hizo durante la celebración en Roma del Tercer Capítulo General Ordinario de la Legión. Según la versión oficial, Maciel declinó ser reelecto para un nuevo período debido a su avanzada edad y “al deseo de ver florecer en vida a la congregación bajo la dirección de su sucesor”.

La dirección recayó en el sacerdote Álvaro Corcuera, de sólo 47 años. El elegido, un hombre de facciones más amables que su antecesor, ostentaba una trayectoria perfectamente legionaria.

Si frenar la investigación a cambio de su salida del primer plano fue el objetivo de la abdicación de Maciel, lo cierto es que la jugada llegó demasiado tarde. Menos de tres meses después, el 2 de abril de 2005, el fiscal de la CDF, monseñor Charles Scicluna, emprendió vuelo a Ciudad de México para realizar su primera indagación en terreno. Scicluna viajaba a entrevistarse con 30 víctimas sexuales del creador de la Legión de Cristo.

Ese mismo día, tras un lento declive que mantuvo en vilo al mundo católico, Karol Wojtyla murió, víctima de un fallo general simultáneo, gatillado por una infección en las vías urinarias.

Mientras en Roma comenzaban los preparativos para el cónclave que elegiría al nuevo Papa, Scicluna se recluyó en un convento de monjas, en la zona de San Pedro de Los Pinos de la capital azteca. Ahí, ante el enviado de Ratzinger, cada denunciante hizo un juramento, sellado solemnemente con un beso a la imagen de Cristo en el báculo del fiscal. Entre los citados estuvieron José Barba y Arturo Jurado, los dos mexicanos que lideraron la acusación formal contra Maciel, además de otros miembros del grupo, como Alejandro Espinosa, José Antonio Pérez Olvera, Saúl Barrales y Juan Vaca.

En los meses siguientes, otros denunciantes viajarían a Roma para entregar a Scicluna sus testimonios, luego de ser contactados por el fiscal a través de cartas certificadas y correos electrónicos. Los gastos de traslado y hospedaje los cubría la CDF. Entre los entrevistados estuvieron los dos sacerdotes ex legionarios cuyos nombres fueron entregados a Ratzinger y Medina por el chileno Patricio Cerda.

El martes 19 de abril de 2005, tres días después de que Scicluna dejó México, una fumata blanca se alzó desde la chimenea de la Capilla Sixtina. La imagen fue transmitida al mundo en directo por los equipos de televisión apostados en la Plaza de San Pedro. Eran exactamente las 17:50, hora de Roma, cuando se anunció al mundo católico de la elección de un nuevo Pontífice. El cardenal chileno Jorge Medina, en su calidad de protodiácono, fue el encargado de comunicar su identidad en latín: “Josephus cardinales Ratzinger”, quien elegía el nombre de Benedicto XVI.

Ahora, el nuevo Vicario de Cristo tenía plenos poderes para proceder y “hacer todo lo que estuviera en sus manos”.