“Prueba de sonido” indaga en los inicios del rock nacional, desde los primeros acordes rocanroleros, en 1956, hasta la irrupción de Los Prisioneros, en 1984. El libro del periodista David Ponce es reflejo de un género que no ha sabido posicionarse a lo largo de su historia en el país, siempre relegado a un segundo plano: por la Nueva Ola en los 60, por la Nueva Canción Chilena en los 70 y en los 80 por el pop. Repasamos junto a Ponce esa historia casi oculta, y dimos con datos desoladores –como que sólo el 5% del rock chileno del período está editado–, y con anécdotas sabrosas –como la de Pinochet escuchando a rockeros chilenos en un regimiento de conscriptos aburridos.

por Macarena Gallo • Fotos: Alejandro Olivares

¿Cómo y por qué surge la idea de escribir un libro sobre las primeras historias del rock en Chile?
-Antes de hacerlo, me devoré muchos libros –una pequeña biblioteca del rock chileno–, en particular el de Favio Salas, “Un grito en el amor”, libro que viene con un apéndice de entrevistas a músicos chilenos. ¡Una weá que nunca vi en los diarios! Esos libros fueron una especie de motivación para averiguar más. También fue por una necesidad personal.

¿Cuál?
-Tenía ganas de reportear sobre esta música chilena que a nivel masivo no se conoce tanto. No es mucho lo que la gente sabe del rock en Chile antes de Los Prisioneros, salvo por Los Jaivas, Congreso, Los Ramblers, Los Blops, grupos súper famosos.

¿Con qué revelaciones te encontraste?
-Hartas. Por ejemplo, los músicos chilenos en el exterior. Les dediqué un capítulo entero, para contar por qué se habían ido del país.

¿Y?
-No se fueron sólo por razones políticas, en condición de exiliados. El grupo Santiago hizo carrera en el extranjero. Hay varios casos importantes.

¿Sí?
-Carlos Narea, por ejemplo, es un productor que triunfa en España, produjo el disco“El amor después del amor”, de Fito Páez. Narea trabaja allá con la industria musical a gran escala. Otro es Tato Gómez, un productor que se ha dedicado a difundir la música latina en Alemania. Y está la leyenda de Carlos Eduardo de los Reyes, un tecladista chileno que tocó con Boney M, un grupo de música disco en los 70: fue el quien escribió el éxito Rasputín. Ese tipo de revelaciones me parecen súper atractivas, pero tampoco trabajé buscando eso. Este libro no tiene nada de freak, y menos de bizarro. Es más, es súper neutral.

¿En qué sentido neutral?
-En tomar cierta distancia y dejar que los protagonistas hablen. Tampoco trato de decir que estos músicos fueron unos grandes extravagantes. Son músicos y su trabajo es de lo más normal.

VALPARAÍSO, LA CUNA

¿Qué es lo que caracteriza a las primeras bandas de rock, a mediados de los cincuenta y la década de los sesenta?
-La precariedad y las influencias. Para mí, la imitación que los caracteriza no es una falta de identidad. Para nada. Siempre lo hecho va a ser algo propio, aunque sea copiado. Es súper interesante el caso de Lucho Córdova, el baterista de Huambaly, una orquesta de cumbia, mambo y cha-cha-cha que grabó un rock and roll muy raro. Lo mismo Los Ramblers, una orquesta que venía del jazz y termina grabando rock and roll. En general, la Nueva Ola se apropió de las canciones que venían de afuera y las grabó en castellano. En ese tiempo, Cucho Fernández, un discjockey de la época, hablaba de que el rock chileno no parecía tal, sino cueca.

¿En serio?
-Por más que hubiera imitación, había una cuestión chilena en esa música. Lo que define esta época, y las que vienen, es que el rock siempre ha estado en contra de algo. Pasó mucho tiempo antes que se pudiera escuchar rock en las radios porque era bastante censurado, les daba miedo a los tipos de los sellos sacar estos discos.

¿Dónde surgen los primeros indicios del rock en Chile?
-En Valparaíso. Ahí desembarca el rock, con los marinos y sus discos, sus instrumentos musicales e influencias. Estaban un poco más adelantados que el resto, incluso que Santiago. Los Mac’s eran de allá, y en el año 62 ya estaban haciendo rock. Si vas más atrás, a mediados de los 50, te encuentras con William Reb y Harry Shaw, los primeros rocanroleros de Chile, y son de Valparaíso. Sin embargo, algunos siguen creyendo que los precursores del rock en Chile son Los Prisioneros. Pero ellos son más nuevos. En el fondo, este libro era para averiguar qué había antes de Los Prisioneros.

¿Qué pasa con el rock chileno en los años de la UP?
-Antes del 73, da la impresión que el rock estaba en todos lados, en el aire, en el Forestal, en la parroquia, aunque los rockeros eran criticados por la UP, que no los veía con buenos ojos.

¿Por qué?
-Se criticaba al rock su falta de compromiso político, por cantar en inglés y usar guitarra eléctrica, elementos considerados “imperialistas”. Una paradoja, porque el rock nunca ha tenido un compromiso ni con la derecha ni con la izquierda. Cada grupo tenía sus propios postulados y los defendían a ultranza, como Los Jaivas y los Blops, que defendían la vida en comunidad. En todo caso, en el sello Dicap hubo espacio para que se colara este tipo de música no militante. Había grupos, como Congo Xingú o Tiempo Nuevo, cuya forma de tocar no tenía nada que ver con la Nueva Canción Chilena.

ROCK & PINOCHET

¿Y después del golpe?
-El rock es desplazado hacia las poblaciones. Hubo una serie de restricciones con la llegada de Pinochet, muy perjudiciales para toda la música chilena: no se hacían tocatas por el toque de queda, no se podía cantar en castellano porque era peligroso, no podías andar con el pelo largo porque te lo cortaban, si eras mina no debías andar con pantalones.

Sin embargo, después de la up surge otra paradoja: aumenta en las radios la cantidad de música en inglés, como una forma de aplacar la nueva canción chilena. La dictadura se vale de esta paradoja como agente distractor y alienante y se empieza a escuchar rock chileno.
-Cierto; si bien los rockeros tienen el apoyo oficial para hacer conciertos, al mismo tiempo muchos músicos se acuerdan de cómo le censuraban sus obras. Era –la de la dictadura– una ayuda demente.

Una de las anécdotas insólitas que describes en el libro es cuando Tumulto y Los Trapos, en plena dictadura, comienzan a tocar a beneficio en regimientos, con Pinochet en el palco.
-Sí, pasan cosas como esas. Los Trapos recordaban que recién dado el golpe, con toda la desorientación que había, muchos grupos de rock tocaban en los regimientos para distraer a los milicos rasos. Uno de los músicos contaba que los milicos estaban tan aburridos en los regimientos que escuchar música rock era su diversión. De repente llegaba Pinochet a ver tocar estos chascones de pelo largo. Me imagino que no entendía nada. LosTrapos contaban que no sabían de los fusilamientos. Uno podría querer ajusticiar a estos grupos por no estar al tanto de lo que estaba pasando, pero igual es entendible. Hay que ponerse en el contexto de la época, ellos necesitaban seguir trabajando, habían decidido aperrar acá y no irse al extranjero. Fue un trabajo más para ellos…

Sin embargo, son criticados por los que se van, que los tratan de vendidos.
-No creo que haya sido tan así. En todo caso, por su parte alegan que se quedaron aquí en Chile, mientras los otros estaban en el exilio. Son los falsos enfrentamientos entre la gente que se quedó y la que se fue… El rock es una forma de asomarse a todas las cosas que sucedían en Chile en ese tiempo. Al final, todos sufrieron.

1984: MOVIMIENTO

Dices que en los 80 el rock se caracteriza por irse a sectores periféricos, a comunas como San Miguel o Maipú. ¿Por qué se produce este fenómeno?
-Porque después del 73, no queda otra que hacer rock de barrio. Como dicen unos músicos en el libro, el toque de queda les impedía moverse de sus comunas, por lo que había que tocar cerca de la casa. Así surge una escena mucho más arraigada en las comunas, asociada a las discotecas, donde se hacían tocatas y quedaba la cagada. Llegaban los pacos y allanaban todo. Se tiraban con todo contra los chascones.

En este período, producto de la dictadura y la represión, el discurso que habían incorporado algunos grupos de rock es extirpado para retroceder nuevamente a la imitación de bandas inglesas…
-Sí, se da un retroceso total. Habían grupos, como Turbamulta, que cantaban en inglés y ni siquiera sabían qué decían las letras. Tocaban el rock por tocarlo.

¿Por qué decides finalizar el libro en el año 84? ¿Qué marca ese año?
-Surge Fulano, que hace algo diferente, y Los Prisioneros empiezan a hacer ruido con su disco “La voz de los 80”. Son dos hitos fundamentales en la historia del rock chileno. También el new wave releva al jazz rock, el trash sucede al heavy metal y el punk chileno descubre el instinto salvaje olvidado por la canción protesta. Es un año con mucho movimiento.

Leyendo tu libro, uno queda con la impresión de que la historia del rock chileno aún no se ha posicionado en este país. El rock en los sesenta es desplazado por la nueva ola, en los setenta por la nueva canción chilena, en los ochenta por el pop… ¿He ahí un pequeño fracaso?
-Es verdad eso. Nunca ha tenido el rock el rol que se merece, como lo ha tenido en todo el mundo. El rock chileno toma cierto protagonismo en la década de los sesenta y lo retoma en los ochenta. Son pocos los grupos que logran ser masivos, como Los Jaivas, Congreso o Los Blops. Ni siquiera es tan importante si es un fracaso o no.

¿Sino…?
-Lo bueno es poder conocer parte de esa historia –que puede no ser trascendente para muchos– y poder encontrarte con estos grupos en internet y escucharlos. En Chile, el rock no fue popular no por culpa de los músicos, sino de los medios. Eran canciones absolutamente pop, que tenían todo para sonar en las radios… En muchos casos, como no existía una industria musical, todo se radicó en la televisión. Y cuando el rock llega a la televisión pierde su naturaleza. Los grupos tienen que hacer otras cosas para tocar en la tele. Millantún es un gran ejemplo: tuvo que tocar covers para salir en la tele. Y era un grupo brígido de rock.

Como cuando Necrosis, la banda de trash, fue a Sábado Gigante y don Francisco los agarró pal hueveo.
-Sí. Los grupos de rock tienen que prestarse para estupideces si quieren salir en la tele. Ese tipo de cosas conspiró para que el rock no fuera popular. Cuando Los Blops tocaron en el Festival de Viña fue un show impactante del que ellos salen pifiados, dañados por la experiencia. Fueron destruidos por el monstruo de la Quinta. La tele nunca fue un aporte para el rock chileno.

TODO CUENTA

Me dices que recopilaste todos los grupos que pillaste y todo eso lo incorporaste a tu libro. ¿Dónde queda tu lado crítico? ¿cuál es el filtro que ocupaste?
-No me importó la calidad de los grupos. Puse todos los grupos que encontré, de manera que en algunos capítulos está involucrada la Nueva Ola, la música de raíz folclórica o el jazz rock. Mi tarea es de periodista y no de crítico. Lo que más odio es hacer críticas de música. No me atrae para nada eso.

¿Cuál es el valor más allá de un mero documento musical? ¿Qué queda de esto?
-Tiene el mismo valor de los libros que leí antes de hacer el mío. Ojalá pueda ser capaz de acicatear la curiosidad de los lectores, para que cachen la música y generen la demanda y así alguna vez estos discos sean reeditados y estén disponibles, como en cualquier país civilizado. ¡No es posible que el 5% de esta música se pueda escuchar de manera formal! ¡No estoy ni ahí con la popularidad! ¡No me interesan los grupos populares! Si es por eso, me doy vuelta en los cuatro o cinco lugares comunes. Mientras más información, mejor. Por eso es que puedo decir que Los Prisioneros no son los pioneros del rock en Chile.

¿Cuál es el verdadero aporte del rock chileno? ¿Qué lo diferencia de lo que se hace en Argentina o Brasil?
-No sé cuál sea el verdadero aporte. Es difícil generalizar y meter a todos los grupos en el mismo saco. Yo creo que el aporte es siempre individual… Si algo tiene el rock chileno es que se agarra de muchas influencias, desde Elvis Presley hasta Los Beatles. Sin embargo, nunca es como Los Beatles, nunca es como Elvis. En Argentina, uno puede tener alguna creencia, aunque sea errónea, de lo que es el rock nacional. Hay una sucesión desde Spinetta a Charly García, de Calamaro a Fito Páez. Eso no pasa en Chile. Por eso el rock chileno no ha trascendido hacia otros países. Se quedó estancado después del 73.

¿Qué joya del rock chileno crees que debería reeditarse?
-Hay muchos porque, como te decía, no más del 5% está editado. La única manera de escucharlos es de manera artesanal, consiguiéndolos en ferias libres o con amigos. Últimamente, han surgido blogs que son una bendición, porque están haciendo una pega que le corresponde a los sellos. Imagínate que en Holanda acaban de reeditar a un grupo de éstos, Los Sacros. Sacaron una edición de lujo, en vinilo, un sello especializado en música psicodélica americana. ¡Y lo tiene que hacer un tipo en Holanda y no un chileno!

Prueba de sonido
Primeras historias del rock en Chile (1956-1984)
David Ponce
Ediciones b, 2008, 437 páginas.