Vivió de hacer talleres, de vender libros, de dirigir revistas de ingenio. Escribía y publicaba libros que ahora vuelven al ruedo y son acogidos elogiosamente. A mediados de los años 80, Mario Levrero (1940-2004) –en realidad llamado Jorge Varlotta– se dio a la tarea de escribir un relato autobiográfico que diera cuenta de ciertas experiencias “luminosas” que había vivido: relaciones telepáticas, sucesos cotidianos significativos espiritualmente, vislumbres de otras formas del amor y lo divino. Tal libro se llamaría “La novela luminosa”.

Las mujeres son centrales en el relato. Hay una prostituta amable y una niña de ojos verdes que lo encandila. Hay escenas como aquella en que Levrero –devoto lector de Santa Teresa de Jesús-se desmorona moralmente al ver un crucifijo colgando entre un par de “pezones erectos”.

Levrero sólo escribió cinco capítulos antes de abandonar la novela, convencido de la imposibilidad de narrar ese tipo de experiencias sin que se desvirtúen. Pasaron quince años y el 2000 le fue concedida la beca Guggenheim para que se concentrara, corrigiese esos cinco capítulos, escribiera los restantes y concluyera la novela.

Disminuida sustancialmente su carga laboral por efecto de la beca, Levrero se vio en la situación de no tener qué escribir, o de preferir no hacerlo, porque para hacerlo debía emprender un camino de retorno a lo que era antes de convertirse en el energúmeno becado el 2000.

LA FALTA ABSOLUTA DE SOL

Levrero se obliga a llevar, para compensar a Mr. Guggenheim, un “Diario de la beca”, en el cual va dando cuenta de su actividad durante 2000. Un diario que se hace mes a mes más esporádico, con menos entradas.

El “Diario…” es el prólogo de “La novela luminosa” propiamente tal; tiene casi 500 páginas y la novela poco más de cien. En él, Levrero registra un año de fascinación narcisista, de abandonarse, mirarse, pensarse mediante observaciones minuciosas, irónicas y valientes sobre su vida, la cual tiene, entre otras, esta particularidad: Levrero vive en la falta absoluta de sol, duerme de día y trabaja y vive de noche. Se acuesta a las siete de la mañana y se despierta a las tres o cuatro de la tarde. Y la vida se le va entre un puñado de actividades a las que se dedica en cuerpo y alma: preparar yogur, jugar y bajar programas en el computador, buscar fotos de japonesas desnudas por la web, despotricar contra Beethoven y las radios porteñas, observar periódicamente a una paloma muerta en la azotea vecina y la actividad que en torno suyo realizan otras palomas, según Levrero la viuda y sus pichones; y por último, aunque principalmente, se le va la vida en solucionar problemas domésticos y en recibir, conversar y pasear con sus amigas o “tutoras”: un generoso racimo de mujeres que lo acompañan, lo sacan a la calle, le llevan comida, se preocupan de su salud y le comentan –algunas, a veces– los contenidos del “Diario…”.

Todo lo escrito ahí tiene asegurado el discreto encanto de lo que fue real; en una entrevista que Álvaro Matus le hizo el año 2002, Levrero dijo: “Es un error buscar fuentes exclusivamente literarias para la literatura, como si un fabricante de quesos tuviera que alimentarse exclusivamente de quesos”.

Lo que sorprende de Levrero es su lucidez a la hora de retratarse a sí mismo, de realizar una introspección desprovista de remilgos y de cálculos. Algo se reserva, seguramente, pero es tan nula su intención de quedar bien parado, así como de posar de antihéroe, que cada episodio que cuenta y cada reflexión que hace resuenan. Conversando consigo mismo, Levrero dice en el libro: “Queremos escribir algo que resuene como un himno, que despierte las mentes dormidas, que haga vibrar la dimensión ignorada en ondas incontenibles, para mayor gloria de Dios”. Y no faltan el misterio, el humor ni la voladura.

LA ANGUSTIA DIFUSA

Originalmente publicada en Uruguay en 2005, un año después de la muerte de Levrero, “La novela luminosa” consta de un “Prefacio histórico”, en el cual el uruguayo refiere cómo surgió la novela en los años 80, cómo se estancó y cómo fue que la “retomó” en 2000 con ocasión de la beca; del mencionado “Diario de la beca”; de “La novela luminosa” propiamente tal y, finalmente, de un epílogo, escrito en 2002, al “Diario de la beca”, donde, más que ofrecer el cierre de las líneas argumentales, Levrero intenta “apenas mostrar el estado actual de algunas de ellas”.

El resultado, ya está dicho, es un libro asombroso, enorme, “un museo de historias inconclusas”; “La novela luminosa” es uno de los libros más relevantes que se han publicado en español en la última década, junto a “2666” de Roberto Bolaño y, tal vez,“El desbarrancadero” de Fernando Vallejo.

Una última advertencia: puede rondar una inquietud espiritual que vaya y vuelva durante los días en que se lea “La novela luminosa”, especialmente los momentos en que no se la esté leyendo. Ignacio Echevarría dice que Levrero, ya que no pudo escribir lo luminoso, “narra la oscuridad que lo rodea”. Ese cerco, ese negativo, esa insinuación metafísica, tal vez, es lo que hace que, a pesar de ser divertida, cómica, reflexiva y en sus picos deslumbrante, “La novela luminosa” traiga aparejada una ligera pero innegable “angustia difusa” –la expresión es del propio Levrero– para quien la lea.

La novela luminosa
Mario Levrero
Mondadori, 2008, 567 páginas.