A lo largo de su vida Joseph Joubert (1754-1824) escribió muchos cuadernos; sólo quince años después de su muerte algunas partes fueron publicadas por su amigo, Chautebriand, el gran memorialista. Lo han reseñado Blanchot y Auster, entre muchos otros. Estos aforismos los escribía en breve tras largas dilataciones: Sainte-Beuve lo admiraba porque prefería caminar y conversar diez millas a escribir diez líneas. Este es un fragmento de sus sabios textos sobre arte y literatura, recién editados por Periférica.

La afectación está más ligada a las palabras; la pretensión, a la vanidad del escritor. La pretensión choca infaliblemente con la razón. La afectación no siempre disgusta, la borra el tiempo. Hay dos tipos de afectación o rebuscamiento; o, más bien, dos caracteres. A través de uno, el autor parece decirle sólo al lector: quiero ser claro, o quiero ser exacto, y ahí no nos disgusta; pero algunas veces trata de decir también: quiero brillar, y entonces fracasa. Regla general: siempre que el escritor piense sólo en su lector, se le perdonará; si sólo piensa en sí mismo, se le castigará.

En ciertos libros encontramos luces artificiales demasiado parecidas a las de los cuadros, y que de igual manera se vuelven mecanismos, acumulando las oscuridades en algunas partes y diluyéndolas en otras. Ello nace de esa magia del claroscuro que no aclara sino que parece proporcionar alguna claridad a la página en donde se encuentra, página que sería aclarada con mayor certeza si el papel estuviera en blanco.

Homero escribió para ser contado; Sófocles para ser declamado; Heródoto para ser recitado; y Jenofonte para ser leído. De estas diferencias de propósitos en sus obras debía nacer una multitud de diferencias en sus estilos.

Para sobresalir en la práctica y en el conocimiento de las artes se necesita mucha penetración y mucha sangre fría. Dicho esto, demuestra sangre fría quien ha tenido la paciencia de estudiar y aprender a fondo los procedimientos y la lengua del oficio. Si agrega a esta cualidad una idea justa del fin o del sentido del arte, será por ese lado un conocedor y un crítico de primer orden.

Ser natural en las artes es ser sincero.

En lo ligero y en todo cuando es inferior, dependemos, a nuestro pesar, del tiempo en el que vivimos, y aunque no lo queramos, hablamos como todos nuestros contemporáneos. Pero en lo bello y lo sublime, y en todo cuanto de esto participe, de la manera que sea, escapamos del tiempo y no dependemos de nadie; y en cualquier siglo en el que vivamos podremos ser perfectos, sólo que con más dificultad en unas épocas que en otras.

Siempre estamos pidiendo nuevos libros, pero en ésos que poseemos desde hace mucho tiempo hay inestimables tesoros de ciencia y de entretenimiento que desconocemos porque hemos decidido privarnos de ellos.

Existe una especie de nitidez y de franqueza de estilo que es propia del temperamento, así como la franqueza lo es del carácter. Puede gustarnos, pero no debemos exigirla. Voltaire la tenía, los antiguos no. Aquellos inimitables griegos poseían siempre un verdadero estilo, un estilo convencional, un estilo agradable y amable, pero no un estilo franco. Esta cualidad es, además, incompatible con otras que son esenciales a la belleza. Esta puede muy bien aliarse con la grandeza pero no con la dignidad. Hay en ella cierta Valentía y audacia, pero también algo de brusquedad.

Un libro ordinario no debe contener más que un tema; pero un buen libro debe contener un germen que se vaya desarrollando por sí mismo como una planta.

Había un cantante callejero que tenía mala voz, pero que lograba cultivar a sus oyentes porque sabía expresarse, porque uno sentía en su canto la emoción y el placer que él mismo se causaba, y se los comunicaba a los demás.

Si el ojo no se dejara seducir fácilmente, los placeres que ofrece el arte de la pintura no existirían. Lo que es plano no lo podríamos tomar ni por cóncavo ni por convexo, e incluso los dibujos de Rafael se nos presentarían como rayaduras y garabatos insignificantes. Ocurre lo mismo con el arte de escribir: si el lector no posee una imaginación equivalente al carácter del ojo, Virgilio pierde toda su belleza.

*Sobre arte y literatura, gentileza de editorial Periférica.