POR CATALINA MAY

Marcelo Lillo cree ser “un caso excepcional en la literatura chilena”. Lo sea o no, su caso es llamativo: después de abandonar su puesto de profesor de castellano, le publicaron su primer libro de cuentos a los 50 años, en España, recibiendo una buena acogida de la crítica, tanto allá como en Chile. Ahora Lillo -que vive en Niebla- publica su segundo libro de cuentos y confiesa con The Clinic: “La vejez es obscena. Yo llego hasta los 70 años y paremos de contar”.

¿Cómo ha cambiado tu vida durante este año, entre la publicación de “El fumador y otros cuentos” y “Gente que baila sola”?
-Absolutamente nada. Sigo viviendo en Niebla, haciendo lo mismo que vengo haciendo desde 2002.

Pero con más lucas, ¿no? Tú decías que escribías por plata y ahora te publicaron.
-Yo nunca he escrito por un placer estético ni por una necesidad interna de expresarme ni porque tenga unos demonios que no me dejan dormir. Lo que ha cambiado es que la gente me grita cosas en la calle. “¡Genio!”, “Has enorgullecido a la ciudad”, cosas así. Yo arranco de esas cosas.

¿Por qué? Es buena onda, por último.
-Es buena onda, pero a los cincuenta años yo vengo de vuelta de muchas cosas.

LA BALA INÚTIL

Has contado que dejaste todo y te fuiste a Niebla con tu mujer, solos, a vivir de la escritura. Se suponía que si no lo lograbas, te ibas a matar con una pistola que habías comprado. Veo que no te has disparado.
-En 2002 yo me propuse vivir de la literatura, sea como sea. Yo ganaba un millón de pesos, que en Valdivia es mucha plata, trabajando en un colegio, y renuncié a eso. Vendí todo, auto, casa, muebles. Cerramos las cuentas en los bancos. Y calculamos para cuánto nos duraban los billetes que teníamos: cuatro años. Si no pasaba nada, nos pegábamos un balazo, yo no iba a volver a trabajar, no quedaba otra.

¿Por qué no?
-Porque era una cosa irreversible, todo o nada. Tenía que ser así. Yo, a los 65 años, jubilado, mirando el río, no iba a decir: “¿Qué habría pasado si hubiera decidido ser escritor? ¿Me hubiera ido bien? ¿Me hubiera ido mal?”. No.

Pero no pasó nada.
-Estuvimos a cien días de pegarnos un balazo, nos quedaban trescientos mil pesos. Comíamos por quinientos pesos diarios, arroz con leche, un pan. Nos salvamos.

Pero no te ibas a matar realmente, si no, no lo hubieras contado en entrevistas.
-Yo la pistola la voy a usar igual. Me vaya bien o me vaya mal. Yo no tengo tendencia a la obscenidad, y la vejez es obscena. Yo llego hasta los 70 años y paremos de contar.

¿Y tu mujer qué opina de esto?
-Está de acuerdo, si el pacto es de los dos. Si me iba mal, yo le iba a pegar un balazo a ella primero y después yo. Todavía puede que me vaya mal, puede que me dé un cáncer. Tú crees que yo le voy a ir a pagar a los hueones de los médicos pa que me hagan una quimioterapia, y después morirme igual… Jajaja, nooo. Yo no le temo a la muerte, en absoluto. Hay días en que yo quisiera estar muerto. Este mundo no es el mundo mío.

¿Qué no te gusta?
-Todo. O casi todo. No me gusta la gente, no me gusta que me hablen, no me gusta sentarme al lado de ellos en las micros.

Pero te gustaba hacer clases.
-Sí. Yo era profesor de castellano. Pero lo que menos hacía eran clases de castellano. Yo enseñaba para la vida, les enseñaba a hacer el amor, como me enseñó a mí a hacerlo mi profesor en el liceo: “El amor no es montar a una mujer, después dar la espalda y ponerse a roncar”. La verdadera reforma educacional va por ahí, no por horas más, horas menos. Hay que enseñarles a los alumnos que en esta vida hay que morirse, cómo hacer el amor, cómo limpiarse el poto, cómo fumar, cómo lustrarse los zapatos. Esas cosas no se enseñan en los colegios, y dónde si no vas a aprenderlas.

CHISTES, ANÉCDOTAS Y CUENTOS

¿Cómo es tu rutina de escritura?
-Me levanto a las 12 del día, me tomo un pisco sour de desayuno, almorzamos con mi mujer, generalmente pescado con ensalada. Tipo dos, dormimos siesta. Con pijama, con las cortinas cerradas, como si fuera de noche. Después nos levantamos a las 5:30 y de seis a ocho me siento a escribir. Eso son, mínimo, dos carillas a espacio simple. Es mucho. Son como 700 páginas al año.

¿Y cómo escribes?
-Es complicado decir eso: Yo me desperté hace un tiempo y había quedado la cortina un poco abierta y vi un pedazo de cielo azul en invierno, cosa que en Niebla es difícil. Y le dije a mi mujer: “Voy a escribir un cuento que se llama ‘El cielo’”. Yo tenía el cuento escrito en mi cabeza, de un fogonazo. Yo sabía cómo iba a empezar y cómo iba a terminar. Lo otro sale solo. Algunos cuentos no los corrijo nunca, como “El diente de león”, que es el que más me gusta.

El año pasado contabas que en 1999 quemaste todos lo que habías escrito. ¿Por qué?
-Porque un pajarito me dijo que eso no era lo que yo quería escribir. Tenía la conciencia sucia, porque no estaba siendo fiel a lo que yo quería contar. Tal vez era una cosa de madurez, hasta los 35 años tú puedes escribir de una manera, pero después ya no. Un cuento es un cuento, pero no cualquiera te puede contar un cuento. El problema es que los escritores confunden las cosas. Hay escritores que creen que un chiste o una anécdota es un cuento. Entonces yo escribía chistes y anécdotas en vez de cuentos. Y así y todo ganaba premios, porque el jurado pensaba que el chiste y la anécdota eran cuentos. Yo no.

“TALENTO, AMBICIÓN Y SUERTE”

¿Cómo te ha recibido el mundillo literario chileno?
-Mal, dijeron que quién era este tipo aparecido. O bien, no sé, no me interesa mucho. Ayer me encontré con Gumucio y nos dimos un abrazo, con Jaime Collyer, nos dimos un abrazo. Es que yo soy un caso único en la literatura chilena, y tal vez mundial, soy un caso excepcional.

¡¿De adónde?!
-Busca en la literatura chilena a un tipo de 50 años, que viva a 840 kilómetros de Santiago, que no haya publicado nunca en su vida, que no lo conozca nadie, y que salga en la portada de Revista de Libros de El Mercurio. ¡Sin un libro en Chile! Y llamaron al diario para decir quién era este aparecido. Pero yo no escribo para ellos, respeto su trabajo, estamos en otra onda, yo escribo otras cosas.

¿Quiénes son “ellos”? ¿Todos?
-No, hay gente mejor y hay gente que yo nunca voy a conocer. Me aburren, no les creo. A un libro que yo no le creo, no lo sigo leyendo. He tratado de leer a Gonzalo Contreras y no le creo. A lo mejor el problema no es de él, es mío. “Morir en Berlin”, de Carlos Cerda, creo que es lo más malo que he leído. Es mi opinión. Me gustan algunos cuentos de Jaime Collyer, me gusta Carlos Franz, tiene cosas buenas. Me gusta José Donoso.

¿Qué lees normalmente?
-A los gringos. Casi exclusivamente eso. Ingleses también. Ahí me siento reflejado yo. Carver es mi escritor favorito y lo leo todos los días, un cuento, un párrafo. Me gustan Capote, me gusta Chejov, Hemingway, Flannery O’Connor, Julian Barnes.

Las críticas a tu libro han sido positivas. ¿Te sorprendió eso?
-Mucho. Yo no creo mucho en mi trabajo. Cuando entrego un libro yo tomo una distancia. Nunca esperé que hablaran tanto del libro, que pasaran tantas cosas.

¿Qué cosas?
-Cuando salió la crónica de Echevarría en El Mercurio, que era un domingo, el martes fui a Valdivia y tenía creo que 98 correos pidiéndome la receta: ¿Cómo publicar en España sin pasar por Santiago?

¿Y cómo?
-Talento, ambición y suerte. Sobre todo lo último. La suerte de estar en el lugar preciso en el momento preciso. Es complicado eso.

¿Qué viene después de tu segundo libro de cuentos?
-Una novela que ya está entregada, pero no puedo adelantar nada.

FICHA LIBRO:
GENTE QUE BAILA SOLA
Marcelo Lillo
Mondadori, 2009
216 páginas, $10.000.