POR CATALINA MAY • FOTOS: ALEJANDRO OLIVARES

Pablo Azócar formó parte de la llamada Nueva Narrativa Chilena, triunfó con su novela Natalia, publicó un libro de cuentos, un libro-reportaje contra Pinochet y otra novela y dejó de escribir. Más de una década después, vuelve debutando en la poesía con “El placer de los demás”. En esta entrevista, el escritor y periodista -que participó en los inicios de The Clinic- nos cuenta qué lo hizo dejar de escribir y por qué volvió a hacerlo, recuerda el ambiente cultural de principios de la transición y desmitifica la polémica comida que compartió con Bolaño y Diamela Eltit, diciendo que ellos «se despidieron con abrazos y con besos» y que «el resto es literatura».

Has dicho que dejaste de escribir porque te aburrías y no te gustaba nada de lo que lograbas. ¿Qué pasó que estás de vuelta con este poemario, «El Placer de los demás»?
-Hubo un momento en que creí haberme desprendido de un tonillo pegajoso que me acompañó como una costra durante años. Hubo un momento en que me importaron menos los lastres que acarreaba. Ocurrió primero con unas crónicas: las terminaba, y no experimentaba malestar. Nunca llegué a lo de esos autores felices que te entregan su último libro y te dicen: “Léelo, sé que te va a gustar”. Pero volví a escribir, y a ratos incluso asomó el placer.

¿Por qué poesía? Has dicho que a los 20 años escribías poesía pero que sentiste que te quedaba grande.
-Sinceramente, todavía no sé cuál fue el proceso, cómo “apareció” o reapareció la poesía. Sí puedo decir que, aunque el libro fue escrito de manera súbita y con cierta rapidez, vino de un proceso interior lento, moroso, algo que se fue fraguando durante años. Hubo un momento en que supe que había algo que sólo podía ser expresado en poesía.

¿Qué autores te influencian en este género?
-La respuesta sería eterna: la historia de sus influencias, para cualquier autor, es la historia de su vida. En la adolescencia me impactaron poetas como Vallejo, Miguel Hernández o Neruda. Hoy me siento más cercano a una poesía de corte más narrativo, que se practica con mayor frecuencia en otros idiomas. Creo que la “lírica” poética, en un sentido amplio, está en crisis. Hemos descubierto que la metáfora “se gasta” con el paso del tiempo. Hemos descubierto que Rubén Darío envejeció, y que incluso Neruda ha envejecido. Parra no.

¿Piensas retormar a la narrativa, tienes escritos cuentos o novelas?
-Han vuelto todas las ganas. Estoy trabajando en una novela y en cuentos y en escritos breves que todavía no sé lo que son. Publicar poesía me ha obligado a pensar en el asunto, aunque sinceramente no me inquieta mayormente el tema de los géneros. Lo que no quiere decir que no tenga conciencia de las características y exigencias canónicas o no canónicas de cada uno, por lo menos como punto de partida. Es sorprendente que la tradición de la poesía sea la juventud de los autores: a mí me parece un oficio para viejos.

LA NUEVA NARRATIVA Y LA IGLESIA

A casi 20 años de la publicación de “Natalia”. ¿cómo ves hoy esa novela? ¿Es cierto, como cuenta Rafael Otano, que la novela llegó a tener como 800 páginas?

-Llegó a tener más de 600 páginas, escritas y reescritas durante casi una década. A la larga, creo que la reduje demasiado, no me detuve a tiempo, no vi, y el resultado (un narrador excesivamente “ingenioso”, excesivamente “literario”) no me gusta. Pero es un libro al que he acabado por tomarle cierto cariño, por lo que fue sucediendo en torno a él. Me ha perseguido con empecinada lealtad.

Con esa novela, Azócar se ganó el Premio Municipal de Literatura, lo cual inscribió su nombre en el centro de la llamada Nueva Narrativa Chilena. Le preguntamos si tuvo o tiene algún lazo con los escritores de esa generación. «Tengo la suerte», nos contesta, «de ser amigo de auténticos maestros como Jaime Collyer o Mauricio Electorat, por ejemplo. Pero también admiro a Roberto Brodsky y a Ramón Díaz Eterovic, que son de nuestra misma generación pero parece que no fueron incluidos en esa especie de mágica lista Forbes. ¿Quién lo entiende?».

¿Qué pasó con el boom literario y el destape social que se esperó, durante los primeros años de la transición, que protagonizara la “Nueva Narrativa Chilena”?
-Nunca comprendí muy bien qué se entiende o qué abarca la llamada Nueva Narrativa Chilena. Del periodismo me apasiona su mecánica colectiva, el hecho de que se discutan en grupo, a veces acaloradamente, los títulos, las entradas, etc. La literatura, en cambio, es despiadadamente solitaria. Por lo tanto, no puedo evitar resistirme a las clasificaciones grupales. La “Nueva Narrativa Chilena”, así con mayúsculas, fue básicamente el primer ejercicio de mercadotecnia en la literatura chilena. Y no fue el último. Desde entonces, los autores suelen hablar con sospechosa frecuencia de agentes, ferias, rankings y dinero. ¿Boom literario? ¿Destape social? Hoy suena como una broma.

¿Qué tan determinante fue el rol jugado por la Iglesia católica en esa época en el país? Fue en ese tiempo, en que muchos de ustedes publicaban, que la Iglesia difundió la carta pastoral “Moral, juventud y sociedad permisiva”, hablando de crisis moral.
-Fue muy determinante para el país, por como contribuyó a estancar o ralentizar la transición, pero en materia literaria ese ajetreo no fue mucho más que un condimento. Censuras de esa naturaleza suelen terminar inflamando a la literatura, así como se puede decir que las prohibiciones eclesiásticas terminan enriqueciendo el morbo y el erotismo.

¿Y el rol que juega la Iglesia en el Chile de hoy, cómo lo ves?
-Roberto Garretón dice que Pinochet se encontró con dos enemigos que no esperaba: la Iglesia y la opinión pública internacional. El rol de la Iglesia durante la dictadura tuvo estatura de heroísmo, sin duda. Pero más tarde descubrimos que eso había sido una formidable excepción. Después, la Iglesia fue lo que ha sido siempre y en todas partes.

LA COMIDA CON BOLAÑO Y ELTIT

Roberto Bolaño, en su texto sobre Chile “El pasillo sin salida aparente”, dice: “Pablo Azócar… quiere irse de Chile lo antes posible y no se acaba nunca de marchar”. Eso lo escribió a fines de los noventa.
¿Efectivamente te querías ir entonces de Chile? ¿Por qué?
-Es cierto, cuando volví a Chile, hace algo más de diez años, el shock cultural fue brutal, y lo único que quería era huir. Estuve a punto de volver a Italia, pero me fui quedando en “el horroroso Chile” y hoy tengo aquí una hija maravillosa de la que no estoy dispuesto a alejarme y además comprendí, bastante tardíamente, que la ciudad va contigo a todas partes, como dice el poeta. Podré morirme aquí o en Lisboa o en Puerto Limón, pero la vida, definitivamente, no está en otra parte.

¿Qué recuerdo tienes de Bolaño, de esa comida en casa de Diamela Eltit que tan polémicamente describió? ¿Qué pensaste cuando se desató ese fuego cruzado entre Bolaño y Eltit?
-Es asombroso cómo un episodio más bien trivial acabó convertido casi en leyenda. Pero supongo que así se cocina la mayor parte de los mitos relacionados con los escritores. Lo que puedo decir, como testigo, es que esa cena fue extraordinariamente plácida y gentil, y comimos como reyes y nos reímos y Diamela y Bolaño se despidieron con abrazos y con besos. Todo el resto es literatura.

Por ese tiempo (1999) escribiste “Pinochet, epitafio para un tirano”. ¿Cómo ves hoy ese libro?
-En esa época aún no existían The Clinic ni El Ciudadano ni nada que se le parezca, y en los días inolvidables de Pinochet en Londres ese libro surgió como un imperativo ético, como una urgencia periodística. No es que descrea de todo lo que allí afirmo, pero me molestan la rotundidad de los planteamientos, la confusión de géneros, la falta de precisión. Preferiría no haberlo publicado.

El epígrafe de “Natalia” dice: “La desesperación es una forma superior de la crítica”; y la primera frase de la novela dice: “Por esos días, había que tener talento para no morirse”. ¿Sería menos pesimista o desesperada una novela de Pablo Azócar situada en el Chile presente?
-En estos años, probablemente, ha cambiado más el autor que el país. Tengo alrededor de ocho años de terapia en el cuerpo y, para bien o para mal, he aprendido a domesticar los códigos de la desesperación. Si entendemos una terapia como un diálogo a fondo con uno mismo, se podría decir que el país, en cambio, ni siquiera simbólicamente ha iniciado una terapia. Y vaya que la necesita.

El filósofo Pablo Oyarzún dijo aquí recientemente que “Es insostenible el esquema mercantil de la educación chilena”. ¿Tú, qué piensas?
Hice clases en la Universidad Diego Portales durante un tiempo más bien breve, de modo que no he tenido aún el privilegio de considerarme ni remotamente un académico. Pero como observador concuerdo completamente con Pablo Oyarzún, que además es un brillante escritor más o menos oculto. El ejemplo más terrible es la Universidad de Chile, núcleo central del Chile republicano, hoy pauperizada hasta la degradación. La Universidad de Chile debiera ser gratuita y para todos y eje de la investigación y el debate, etc. Sometida a un régimen que no le corresponde, como Televisión Nacional, nunca pudo hasta hoy recuperarse de la dictadura de Pinochet.

EL COMISARIO ESCALONA

¿Qué te parecen las candidaturas de Frei y Piñera? ¿A cuál le temes más y por qué?
-Lo temible, más que Piñera, es la gente que lo rodea. Lo temible es que un sujeto como Cardemil pueda nuevamente ser ministro del Interior. Que hoy nadie recuerde lo que dijeron y sobre todo lo que hicieron personajes como Jovino Novoa y que ocupen altos cargos del estado y todos los chilenos les sigamos pagando un salario millonario, etc. Lo temible, más que Frei, es también la gente que lo rodea, empezando por el comisario Escalona. Cuando la Concertación más necesitaba alumbrarse y dar un salto hacia adelante, hizo la del gatopardo y volvió a su más retrógrada expresión. Lo temible es que los mismos arquitectos originarios de la mezquina transición chilena (Tironi, Correa, Halpern), después de haberse enriquecido haciendo lobby a diestra y siniestra, hayan reaparecido hoy como jefazos de su comando. ¿Se ha visto algo más cómico que Frei en estampitas de punkie y de pokemón? Parece un chiste hecho por sus peores enemigos.

¿Qué piensas de la candidatura de Marco Enríquez-Ominami? ¿Qué piensas, por ejemplo, de la despenalización de la marihuana que propone?
-La irrupción de Enríquez-Ominami es con mucho lo más saludable que ha sucedido en la política chilena en mucho tiempo. Eso sí, todavía me parece muy remota la posibilidad de que temas como la despenalización de la marihuana sean debatidos seriamente, más allá de los periplos electorales.

¿Piensas que es necesario el surgimiento de nuevos liderazgos? Hoy la encuesta Adimark le da un 74% de aprobación a Bachelet, a lo mejor no son necesarios…
Toda política requiere, como la savia, de recambios. Pero lo que tenemos hoy es una clase política que se comporta como una corte de Versalles (como la calificó con agudeza Patricio Bañados) y que por su propia naturaleza se ha opuesto expresamente a cualquier tipo de cambio. No nos sorprendamos si mañana tenemos de vuelta a Boeninger o a Zaldívar, al lado de algún niño de Un Techo para Chile.

¿Por quién vas a votar?
-El voto es secreto, pero considero que Jorge Arrate es uno de los políticos más sólidos y cultos de este país, que Navarro es un chanta y un tramposo, y que el sorprendente Marco Enríquez tiene, increíblemente, posibilidades ciertas de ganar. Me voy a inscribir en la notaría para eso de asegurar su postulación.

¿Algo que decir sobre The Clinic en su número 300?
-¡Buena y larga vida, a pesar de los pesares!