Por Guillermo Hidalgo

(Esta columna la encontramos en el blog de Guillermo Hidalgo, ex editor general de The Clinic, quien falleció este fin de semana. Habla sobre las desigualdades de un país clasista, pero también de un niño risueño y ruliento que corría con calcetines con rombos detrás de los corpulentos mastodontes del Verbo Divino. Hasta la vista, amigo. Buen viaje, adonde quiera que hayas ido)

Aunque ahora estoy gordo y me cansó con una cabalgata, de niño era corredor y bueno. En una interescolar llegué tercero en la posta de cuatro por cien, detrás de dos monstruos del Verbo Divino, muy bien equipados con trajes especiales, mientras yo lucía calcetines con rombos. Nada mal para venir de un colegio particular de Ñuñoa y después de haber sido el quinto en recibir el testimonio en la última etapa.
Me acordé de esto porque hace unos días leía un reportaje en que se señalaba que sobre el cincuenta por ciento de los cargos gerenciales de las empresas los ocupan ex alumnos del Saint George, el Sagrado Corazones, el San Ignacio, el Tabancura y por supuesto el Verbo Divino. El cincuenta por ciento para cinco colegios. Es decir que prácticamente todos quienes egresan de esos establecimientos están en sólidas posiciones en las empresas y por tanto en, seguramente, inmejorables condiciones económicas.
Y no sólo es un tema importante en la estadística. En Chile, aún en estos tiempos, y tal como los perros se huelen el culo, a las personas aún nos preguntan ya no sólo en qué colegio estudiamos sino en qué clínica nacimos. Mi generación debía nacer en la clínica Santa María –yo nací en la Central, por si a alguien le interesa-, ahora hay muchas otras y quizás la Santa María haya quedado en segundo plano, como clínica para torrantes.
Hace unos años en Barcelona, mientras esperaba comprar unos pasajes para Turquía y las computadoras estaban caídas, conocí a una compatriota que por entonces ya tendría más de 55 años. Nos conversamos un café. Me dijo que llevaba más de treinta años en Europa y que debía ir a Chile porque su padre se estaba muriendo. Inmediatamente me confesó que si no fuera por eso, no vendría al país de ninguna manera. Durante su estadía en Europa había vivido en Roma, en París y por entonces estaba radicada en Londres. “¿Tu sabes lo que es ver a todas esas minas aburridas que todavía te siguen preguntando en qué colegio estudiaste, en qué clínica naciste? Y te hablo de mujeres viejas, no de cabras chicas que andan buscando a sus similares y no entienden aún que el mundo es tan diverso”, me decía.
Al rato nos separamos. Y su historia me quedó para siempre. Porque no es fácil odiar a la patria, aunque la patria se esfuerce tanto porque uno la odie.
Un tercer lugar después de dos del Verbo Divino. Bien para un chico de Ñuñoa. Un tercer lugar para Chile en un continente donde sólo superamos en territorio población y recursos naturales a Paraguay, Uruguay y Bolivia, muy bien también.
El asunto es que los recursos, el número de personas y el territorio ocupado por los miles de estudiantes que no son de aquellos colegios privilegiados es mucho más vasto, pero tiene muchas menos posibilidades de surgir en la vida. Pienso en estas cosas sin mucha claridad. Quizás porque el tema de hoy – en la noticia dura y en el concepto más abstracto- es la educación. Y quizás hasta logremos tener un pueblo bien educado, pero un pueblo que dé las mismas oportunidades a todos, es de otro siglo, el 22 seguramente.

lunes 14 de abril de 2008