Foto: Alejandro Olivares

Piñera vendió Chilevisión justo la semana en que todo lo que aprendió de la posesión de ese canal empezó a rendirle fruto. Tanto en el caso de los mineros como en el de Punta de Choros hizo gala de una velocidad, de un sentido de la oportunidad, de una decisión muy televisivas. Estuvo donde tuvo que estar, con las emociones del pueblo en la mina San José, con la sensaciones de los twitteros y otros actores de teleserie en el caso de Punta de Choros. En ambos casos importó siempre encontrar símbolos visibles, la carta personal de Mario Gómez que el presidente exhibió como un trofeo de caza, las aguas transparentes de Punta de Choros que deben su salvaguardia en gran parte a ser altamente fotogénicas. Así también era importante que un helicóptero sobrevolara el Centro de Justicia mientras declaraban unos peligrosos expertos en huelgas de ruido, y esencial que los mapuches en huelga de hambre no pudieran exhibir alguna imagen conmovedora, algún símbolo digerible que obligara al presidente a estar en el lugar de los hechos e inventar medidas, leyes, precedentes.

¿De derecha o de izquierda es el presidente Piñera, se preguntan los medios? De Chilevisión, canal administrado por gente de izquierda que se guía sin embargo ante todo por resultados que siempre son de derecha. El resultado en TV son las imágenes, lo visible, lo que sangra, lo que suda, lo que conmueve, rápido, muy rápido antes de pasar a otra cosa. La TV sintetiza todo y lo simplifica, es su deber hacerlo. Es gratuita, o casi, sale de una cañería audiovisual y nos calma la sed. La TV tiene, aquí y allá, una sola y misma moral, una y siempre la misma opinión: o se escandaliza o se conmueve. Está contra el matrimonio gay pero no tiene nada contra los gays, está contra los empresarios millonarios (aunque sean sus dueños) y contra el delincuente que en su imaginación muy luego se convierte en cartel y mafia y terrorista. La TV va a todas partes con la moraleja ante la historia. La cámara capta en demasiado poco tiempo todos los matices, todas las mentiras, como para necesitar profundizar. Lo que la hace ontólogicamente superficial es justamente la profundidad que logra en instantes. Una cara que se tuerce, una frente que suda, y ya está la cosa juzgada e innegable. Todas las ideas pueden discutirse, todos los datos pueden tergiversarse, pero una imagen, una emoción siempre será innegable.

La TV repite porque siempre viene nueva gente que quiere ver lo mismo que el otro que ya lo vio. Importa que todos veamos lo mismo, que todos veamos igual. Falsamente solo, el espectáculo televisivo sólo tiene sentido cuando se comenta, se comparte, cuando se homogeniza al otro día, cuando todos estamos seguros de que vimos lo mismo. El control de ese flujo, de esas voces, de ese movimiento ha sido la obsesión de muchos en la política del siglo pasado. Se trató, con mediano o nulo éxito, de usar el poder de la TV para decir o callar ideas, proyectos, personas. Piñera es de otra especie, más nueva y más inevitable, la especie de los Sarkozy, los Bush y los Berlusconi, la especie de los Chávez antes que éste se volviera completamente loco. Piñera no quiere usar la TV para propagar sus ideas, sino gobernar directamente a la altura de la TV. Quiere televisar su agenda, no en el sentido de poner en la televisión su agenda, sino de hacer su agenda en el sentido de la televisión, que es también la agenda de los auspiciadores, de las agencias de publicidad.

Le sirve la TV o internet o twitter, cualquier cosa que se vea en una pantalla, cualquier cosa que sea en directo, cualquier cosa que no requiera convicciones, meditación, paciencia. Profundamente superficial (superficial de un modo profundo), sabe que nada se adapta mejor a su carácter que la velocidad y el ruido, el espectáculo. Salvar mineros y bahías ecológicas, saltarse comités, consejeros y comisiones. Su gobierno, nacido en pleno fragor de una Teletón, de manos de una presidenta a la que también le gustaba lo visible por sobre lo real (ver por ejemplo toda la gestión en cultura y exteriores), de alguna forma sólo perfecciona la peor tentación de nuestra política: trivializar las emociones, rebajar el debate a la cuña, dejar todo en manos de lo que Amaro Gómez Pablos o Iván Núñez puedan contarnos. Llegar tarde, como casi siempre llega la tele, o llegar demasiado temprano (antes de entender de qué se trata) como llega Twitter, hablándole a una gran multitud emocionada en la tele, o un pequeño grupo de elegidos con Blackberry (en Twitter), reemplazar finalmente a los ciudadanos -esa categoría sagrada- por espectadores, nickname y nombre con @ que saben lo que siente ahora, ahora mismo, para sentir lo contrario en dos segundos más.