POR EDUARDO SABROVSKY
Doctor en filosofía, profesor Universidad Diego Portales
El 14 de junio de 1940, las tropas de Hitler invadieron París. El 26 de septiembre del mismo año, luego de un fallido intento por escapar desde Francia a España, el pensador judío-alemán Walter Benjamin se quitó la vida en la localidad fronteriza de Port Bou.

Walter Benjamin se había doctorado en Filosofía en Berna, en 1919. Todo hacía pensar que su talento, como el de otros judíos asimilados, se canalizaría a través de la universidad alemana. No obstante, con Benjamin las cosas nunca fueron tan simples: a la manera de Enrique Lihn (de paso, uno de los primeros en prestar atención a Benjamin por estos lados), Benjamin dio siempre “la puntada sin hilo”. Así, en 1925, su tesis de habilitación (requisito en Alemania para obtener el estatus de profesor) fue rechazada, al declararse sus profesores incapaces de comprender el texto presentado por Benjamin. El origen del drama barroco alemán se publicó finalmente en Alemania en 1930, y es una compleja mixtura de filosofía del arte, teología y filosofía política. Para los especialistas, indigesto; droga fascinante, en cambio, para los adictos al pensar.

Benjamin pagó muy caro este fracaso. Privado de su medio natural de subsistencia, la universidad, hubo de salir al ancho mundo y ganarse el sustento con creciente dificultad. Pero esa privación, quizás por él mismo gatillada, le permitió desarrollar su pasión por esas zonas que en su especialización, la cultura académica ignora: esas zonas donde, también, la densa vida y el pensamiento convergen. Así, hizo traducciones (tradujo a Proust al alemán), escribió para la prensa, produjo programas radiales para niños. En éstos (publicados como El Berlín demónico), Benjamin habla a los niños de temas fascinantes e inapropiados (pues en ellos bien y mal a menudo son indistinguibles): de Fausto, Cagliostro y del modo como la ciencia moderna hunde sus raíces en la magia; de los contrabandistas de licor durante la Prohibición en Estados Unidos: de cómo ley y transgresión son caras de la misma moneda..

Con el ascenso de Hitler al poder en Alemania en 1933 y la consiguiente institucionalización de la persecución a los judíos, su acceso a la prensa, radio e industria editorial alemanas se hizo cada vez más difícil. Su correspondencia con Gershom Scholem, amigo de juventud, quien había migrado tempranamente a Palestina (y quien, desde allí, redescubrió para el siglo XX la mística judía, la Cábala) y con Theodor Adorno, constituyen un valioso documento de lo que era entonces, y sería hasta su muerte, la existencia de Benjamin. Por una parte, sesudas discusiones sobre asuntos como el significado teológico-místico de la literatura de Kafka, las relaciones entre marxismo y teología, las tecnologías de reproducción y el destino del arte. Por la otra, patéticas peticiones de financiamiento y de contactos, de los cuales Benjamin dependía para mantenerse, en condiciones cada vez más precarias.

Durante los últimos años de su vida, la atención de Benjamin se concentró cada vez más en desarrollar una concepción del capitalismo, complejamente emparentada con el “fetichismo de la mercancía” de Marx, así como del destino del arte en tales condiciones. Para Benjamin, influido en esto tanto por Marx como por los surrealistas, a quienes frecuentó, y con quienes compartió experiencias como la del haschish, característico de la mercancía sería su carácter fantasmagórico: un mundo de espectros que, como los sueños, constituirían el lado nocturno, el inconsciente de la existencia moderna. Despertar de este sueño requeriría, por su parte, de un shock: de un encuentro con la mercancía como aquél que al mismo Benjamin le sería deparado, en los ya centenarios y decrépitos pasajes de la ciudad de París, donde transcurrió parte de su exilio: la mercancía como resto arqueológico, como ruina. De hecho, ya desde 1927, Benjamin se embarcó en un proyecto, el llamado Libro de los Pasajes el cual, iniciado como un texto que no debía tener más de una cincuentena de páginas, fue creciendo exorbitantemente, hasta alcanzar más de un millar de páginas de apuntes y, fundamentalmente, citas. Más de alguna vez, Benjamin insinuó que tales apuntes y citas no serían mero material preparatorio, sino constituirían la obra misma, cuyo método de composición habría de ser análogo al montaje cinematográfico. De ser así, el Libro de los Pasajes constituiría algo así como la obra cumbre del modernismo.

Por esos años, y a propósito tanto de la poesía de Baudelaire como del cine, Benjamin produjo también una serie de textos acerca del arte y de sus transformaciones en la era moderna. Por una parte –así lo observa Benjamin, en la poesía de Baudelaire- la vida del habitante urbano estaría signada por el shock y por la imposibilidad de articularlo como experiencia colectiva. Por otra, con las técnicas de reproducción, el arte habría perdido su “aquí y ahora”, su valor como objeto de culto, su “aura”. Pero lo característico de estos textos es su ambigüedad: Benjamin parece lamentar la destrucción de la experiencia, la pérdida del aura; a la vez, sin embargo, parece celebrar, en estos mismos fenómenos, la posibilidad de hacer borrón y cuenta nueva.

Este último Benjamin fue leído en Chile a partir de los años ’70, particularmente en el ambiente de las artes visuales. Lectura sesgada, a ratos salvaje, que ha venido a ser sustituida, en años recientes, por recepciones más formales. De todos modos, leer a Walter Benjamin es, de alguna manera, quedar atrapado en una oscilación permanente: entre el estupor y la fascinación.

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SOBRE EL CONCEPTO DE HISTORIA (1940)
POR WALTER BENJAMIN

Tesis IX
Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no pueden cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.