Opinión
6 de Julio de 2024
Columna de Hugo Herrera: 300 años de Kant y repudio a la filosofía
En su columna de hoy, Hugo Herrera escribe sobre la filosofía los 300 años Immanuel Kant y, a través de su legado en el mundo, analiza la situación de la Filosofía en el país. "En Chile, puede cualquiera, campantemente, declarar lo superfluo de la filosofía, porque no se está echando encima a un gremio fuerte, integrado en la comunidad de los gremios. Ni siquiera en el mundo de las humanidades es destacado el mentado gremio. Quizás tampoco sea un gremio. Los filósofos no pueden remontarse en el país a la relativa antigüedad y comparativo rigor con los que han sido cultivados en Chile la historia, el derecho y hasta la poesía. Han sido, más bien, aquí sí, o flores solitarias o proletariado intelectual", indica.
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El ambiente ligado a la filosofía celebra, en muchas partes del mundo, el nacimiento de Immanuel Kant, hace 300 años. En las principales librerías germanas aparece el rostro del filósofo en las vitrinas y eventos académicos de distinto tipo le dan forma al jubileo. En nuestro país, en cambio, cada cierto tiempo se levanta la propuesta de arrinconar o simplemente eliminar la filosofía.
Ambos hechos parecieran contradecirse. La manera fácil de entenderlo sería la que hace hervir a los abolicionistas: “En Chile no tenemos la sensibilidad cultural que tiene el mundo europeo”. Tal tipo de planteamiento haría evocar probablemente con rabia, incluso a muchos cercanos a la filosofía: “Ya no quiero más Bach, puaj, porque yo siento de un modo diferente”. ¡Puaj! Toda la razón tiene Agustín Squella cuando identifica con algo de desdén, entre las actitudes ante la filosofía, no solo una crítica ingenua, sino una admiración ingenua, que se replica en casi todo lo que tenga que ver con la cultura.
El alegato contra la filosofía es viejo en el país. Tuvo una tradición egregia, probablemente ignorada por los defensores biempensantes de la disciplina (muchos de los cuales seguramente no han atravesado, por ejemplo, por el valle de lágrimas que es la magnífica Crítica de la razón pura).
Cuando Francisco Antonio Encina, conocedor de Kant, Hume, Goethe, Nietzsche, Comte y muchos más, en la filosofía, la teoría de la historia, etc., reclamó contra la enseñanza humanística en Chile, dijo algo muy razonable. Lo legitimaba ser un humanista de fuste, no un experto en gestión (aunque se ganara la vida administrando campos). Nuestro “filósofo de a caballo” afirmó que un pueblo joven, mezcla de nación europea y otra que se hallaba en el neolítico, requería recorrer etapas que los países más avanzados ya habían transitado, antes de lanzarse a la especulación científico-humanística.
Sin una buena educación técnica, complementó, para la cual era (y es probablemente todavía) apta la gran mayoría, la insistencia en educar humanistas y científicos, vocaciones para las que, en ese entonces, estaba (y probablemente aún está) preparado un número más pequeño de individuos, la Escuela produciría eminentemente frustración.
El asunto tuvo consecuencias. Se generó lo que Alberto Edwards, otro humanista descollante del Centenario, llamó el “proletariado intelectual”. Uno puede imaginarlos como esos pensadores de bar, que se declaran humanistas sin conocérseles obra parida. El país terminó formando un contingente al que los autores describieron como desclasado, de inútiles europeizantes, que sirvió de carne de cañón para las revueltas y desajustes que provocaron la “Crisis del Centenario”.
Habría que preguntarse si en los rayados posteriores al 18 de octubre, tras los cuales late (aunque sea difícil advertirla a veces) algún tipo de ilustración, no consta otro “proletariado intelectual”, más masivo que el del Centenario y probablemente menos inclinado a la lectura de clásicos que sus análogos de hace un siglo.
Kant no nació como una flor solitaria en el desierto. Emergió en un ambiente donde las disciplinas humanísticas se cultivaban de manera robusta hacía siglos. Aprendió idiomas, vivió en un puerto y desde él mantuvo contacto con el mundo europeo de su época. Podía vivir de la filosofía. Era un miembro más en un gremio antiguo que, junto a otros gremios más prácticos, como los de abogados y escultores, albañiles y comerciantes, contribuía con sus acciones y pensamientos al despliegue de una totalidad cultural formidable.
Quienes hoy, trescientos años tras su nacimiento, celebran en diversas partes del planeta a Kant, son, en muchos casos, los beneficiarios de tradiciones centenarias de cultivo intensivo de las humanidades en sus respectivas naciones.
En Chile, en cambio, puede cualquiera, campantemente, declarar lo superfluo de la filosofía, porque no se está echando encima a un gremio fuerte, integrado en la comunidad de los gremios. Ni siquiera en el mundo de las humanidades es destacado el mentado gremio. Quizás tampoco sea un gremio. Los filósofos no pueden remontarse en el país a la relativa antigüedad y comparativo rigor con los que han sido cultivados en Chile la historia, el derecho y hasta la poesía. Han sido, más bien, aquí sí, o flores solitarias o proletariado intelectual.
Pese a los múltiples problemas de la filosofía en el país, una feliz combinación del interés de universidades públicas y privadas, de apoyos a la investigación por Fondecyt y becas para estudiar doctorados dentro y fuera del país, produjo -recién a comienzos de este milenio- que la filosofía empezase a ser cultivada como una disciplina según estándares internacionales, por lo que es entendible más como una generación que individualidades excepcionales o aisladas.
Los aportes, en consecuencia, de la filosofía en la historia del país, son escasos y todavía de poco alcance. Además, el dudoso gremio, por las restricciones que se cernieron sobre Fondecyt y el financiamiento al sistema universitario, se quedó pequeño. Las plazas son escasas y cunde el filósofo de la vida.
Para peor, el resto de los empleos posibles están en la Escuela, con todos los problemas de precariedad, malas condiciones laborales, escasez de tiempo, violencia incluso, que la afectan. Los filósofos son incluidos ahí como parte de un “magisterio” que no goza de la mejor de las famas.
Todo lo anterior no debe llevar, sin embargo, a conceder el punto: los calificados para criticar a la filosofía y las humanidades deben saber algo de filosofía y humanidades. No cualquier dirigente empresarial, gestor de empresas o profesor de economía está capacitado sin más para la tarea. Encina, en cambio, lo estaba y de sobra. ¿Dónde están los Encina y los Alberto Edwards de nuestra época, podríamos preguntar, que vendrán a hacer una consideración seria de la situación?
Que la filosofía no sea tarea de mala muerte, sino que se erija en tradición encomiable, depende además del trabajo más bien anónimo de los contingentes todavía jóvenes que escriben y reflexionan y publican y comparten sus pensamientos y forman ayudantes y doctores. Esas tareas necesitan ser desempeñadas día a día, por décadas, ¡por siglos!
Tal vez incluso no sea la sola filosofía sino alguna otra humanidad o combinación de ellas la llamada a salvar a las “Ciencias del Espíritu” en nuestra patria. La alianza entre historiadores, jurisletrados y filósofos no es reprochable y ha producido resultados razonables. Kant estudió derecho, en Chile lo mismo ocurrió con Torretti, Jorge Millas, Mario Góngora, por nombrar algunos destacados entre los muertos.
Fondecyt y las universidades deben mantener y aumentar sus esfuerzos de apoyo a las mentadas disciplinas, cuando son cultivadas con fines humanísticos. Incrementar los recursos y simplificar las kafkianas rendiciones de cuentas, aquél; fortalecer, las casas de estudios superiores, las plazas destinadas a la investigación en las mentadas “Ciencias del Espíritu”.
Así, tal vez, no solo ocurra que en unas décadas más los miembros de gremios extraños se la piensen mejor en denostar a las humanidades, sino -quién sabe- que además en siglos se osen celebrar los centenarios, bicentenarios, etc. de los humanistas mejores que ha producido el país.



