En los noventa fue el jaguar: “Viva el Lunes”, celulares de palo, censura feliz, dominio sin fin del Opus. Un jaguar que convivía con la culpa de los crímenes no resueltos, el dolor de las victimas, la impunidad de los victimarios. Esa fiesta sin fondo y sin horario tenía al menos la tersura de un secreto, el olor de un pecado oculto. Nos liberábamos a gritos del pasado, de puro miedo al recuerdo. Nos agitamos esperando un destape que nunca vimos: “No tenemos destape pero al menos tenemos desjueves” —gritaban Gnecco, García Huidobro y Poblete. ¿Es un azar que el director de ese mismo Desjueves, el programa de TV que mejor representaba esa fiesta de amnesia, frustración y cocaína que fueron los noventa, sea el que switchea los actos del presidente ahora? ¿No huele a la televisión de entonces, esa de Tony Camo haciendo comer cebolla a Zalo Reyes, todo el rescate minero, con la cámara en el fondo del agujero y el presidente en cada plano que pudo sonriendo a todo evento? Un presidente que aprendió todo lo que sabe de política en esa misma época. Puro brillo y pocos escrúpulos, el sueño de una derecha sin Pinochet que éste destruyó como pudo. No un destape, que hubiese implicado sacar los trapitos al sol, y quedar desnudo e incomodo, pero sí un desjueve. Una fiesta bullanguera entre amigos con sobrepeso que gastan lo que no tienen, y se ríen y se quieren y se agitan para no despertarse incómodos.

El desjueves piñerista es impúdico sin ser revelador, es informal sin ser realmente irreverente, carece de vocabulario, de sutileza, es lo que se ve, lo que se muestra, todo el rato y a cualquier hora hasta perder el quicio, como de hecho muchos de los protagonistas de los años noventa lo perdieron. Piñera, que como el polaco Bruno Schulz madura hacia la infancia, tiene como único programa resucitar esa fiesta de los noventa que terminó con crisis asiática y Pinochet en Londres, esos acontecimientos en que apenas tomó parte, esas lecciones de humildad y rabia de las que apenas tomó nota.

Sin la culpa ni el miedo de los años noventa, Piñera puede imponer de lleno una nueva forma de sentirse chileno: el hincha. El patriota de cara pintada, el vientre a punto de estallar de comida mal digerida, de odio a la Argentina, de orgullo ajeno que compensa su impotencia multitudinaria. Cesantes o mal pagados completamente seguros de vivir en el primer mundo, endeudados hasta las cachas, gritando cada vez que se sienten ahogados en uno de los países más desiguales del mundo, donde el orden colonial rige aún sus vidas sin apellidos. Chilenos de un bicentenario carente de dudas, llenos de noticias eso sí, de adjetivos también con que rellenar una conversación de sordos que parece será la nuestra por muchos años.

Un gobierno sin programa que tiene justamente ese, el desprecio por toda duda, por toda pregunta, por todo matiz. Los mineros están vivos gracias al dinero y el trabajo de la empresa estatal más grande del país, la más criticada también. La fortuna de Piñera, que ha dependido del todo del Estado, que invirtió en aviones y canales de televisión que vendió a tres veces su valor. La chilean way que ha sido en gran parte esa: la construcción de un Estado, de un país, de una comunidad burocrática, gris, socializante que pasa de ser de todos a ser de algunos, los mismos, los pocos que luego se atribuyen el éxito total del intercambio. El mito de un país que se siente orgulloso de su entereza ante los desastres, que se deshace sin embargo en incoherencias y depredación cuando la rueda de la fortuna para de su lado. Completa decadencia de un país que tenía como única gracia hasta hoy su humildad y su humor. País que ha perdido, en un largo proceso del que Piñera es sólo la culminación, esas dos gracias, para entrar del todo en la desgracia del orgullo y el desprecio. Argentinoides compradores de baratija, ignorantes internacionalizados, expertos en dar lecciones de las que no saben nada, analfabetos universitarios, abusadores recalmones, tan resentidos que no soportan ni un segundo el resentimiento de los demás, generales después de la batalla, soberbios sin motivos, pobres pelotudos chilenos que salvaron a treinta y tres mineros de la muerte pero dejaron moribunda su dignidad y su sonrisa mucho más abajo.