Tenía todas las expectativas. Años de trabajo en el rescate de la idiosincracia nacional y la voz de sus adeptos le aseguraban que el año del Bicencenario se escribía con V corta, porque el premio iba para él. Sin embargo, quedó con cuello. Como sea, Bianchi acaba de recibir la medalla Abate Molina que entrega la Universidad de Talca, y que antes recibieron, entre otros, José Donoso, Nicanor Parra y Humberto Maturana. Aquí, repasa su vida, su amistad con Neruda y el cardenal Silva Henríquez, y desahoga su malestar con el medio.

Parece broma pero es cierto: Vicente Bianchi ha postulado catorce veces al Premio Nacional de Música. Y nada. Ahora dice con tristeza que ya no alcanzó a recibirlo. Que tiene 90 años, en unos meses más ya estará en los 91, y que ya no sabe cuánto tiempo le queda acá. En el año del Bicentenario, a Vicente Bianchi (Ñuñoa, 1920), los méritos para recibir el Premio Nacional de Música le sobraban.

Musicalizó los versos de Neruda al mismo tiempo que el poeta se los redactaba e intervino la iglesia católica con música chilena en momentos en que el Concilio Vaticano II traía profundos cambios en la institución. De él es la autoría del tradicional Te Deum, la Misa a la Chilena, la Misa de la Cruz del Sur y el himno de la UC, además de montones de fantasías para orquesta.

Su música ha dado la vuelta al mundo, pero hoy ve con desilusión cómo muchos de los proyectos que todavía tiene quedarán probablemente sin concretarse.
-Tenía la esperanza de hacer una nueva versión del disco “Neruda y Bianchi en canciones” si me ganaba el premio famoso. El Premio Nacional, que le llaman, pero que es particular. Son cuatro personas las que deciden. He tenido que aguantarme nomás. Recibo correos electrónicos de gente que me pide que no afloje, que siga.

Se quedó con las ganas.
-Me quedé con las ganas, porque ese premio me iba a aliviar muchas cosas. Iba a seguir grabando, a seguir trabajando en sacar un libro y también una grabación que acabo de terminar, donde hago una cantidad de arreglos de fantasía para piano, de música chilena conocida y muchas cosas que no he podido sacar porque es muy costoso. Así que estoy en este momento en cero. Esperando nada. Pienso que si me saco el premio de la lotería… Juego al Kino de repente porque es más fácil. Si dios quiere me saco una plata, cumplo mis sueños y me muero tranquilo, sin mayores preocupaciones. Dejo mis funerales pagados. Qué más puedo pedir.

¿Lo desilusionó no recibir el Premio Nacional este año?
-Me desilusionó porque todos pensaban lo mismo. “Este es tu año, es el año del Bicentenario. Se escribe con V corta, Vicente-Nario”, me decían. Y yo me creí ese cuento. En los diarios salía “esta es la única, la verdadera opción que tiene Vicente Bianchi para sacarse el premio”. Pero vea lo que pasó. Quedó en familia. El reglamento del premio dice que se lo merece una persona que ha hecho muchas cosas por el país, que lo ha demostrado afuera, con todos sus medios. Yo creo que más no puedo hacer. Me he metido con sinfónicas, he hecho arreglos que nadie va a volver a hacer, porque ningún músico está interesado. Este trabajo es de años de práctica, el de saber instrumentar para una sinfónica. Yo tengo esa práctica, nací en eso. A los 17 años yo estaba en la radio contratado para distintas cosas, practicando la formulación de grandes orquestas.

Sentado en un sillón de la casa que construyó junto a su mujer hace 40 años en La Reina, Bianchi apunta a una estantería de vidrio que está repleta de galardones.
-Tengo esa vitrina con lo que hemos alcanzado a poner ahí. Hay cerros de premios guardados. Tengo más de 300 que ya no sé dónde poner. Me acaban de dar dos medallas de bronce muy bonitas en el Congreso. Me llamaron de la U. de Talca, donde me hicieron un gran homenaje y me dieron la medalla Abate Molina. Hubo un concierto con música mía con motivo del aniversario de la Universidad.

¿Cómo se explica que nunca le hayan dado el Premio Nacional?
-Hay una ley maldita que hicieron para que el premio se lo dieran a los académicos que están alrededor de la U. de Chile. Entonces el rector de turno maneja todo y se impone al ministro de Educación, también de turno, y a algunos de sus amigos. Antes se rompió un poco la cosa cuando se lo dieron a la Margot Loyola, pero fue por influencia del gobierno. Se lo dieron a Arrau, que se reía porque decía “yo no necesito este premio”. Incluso lo regaló. Y a Fernando Rosas, que dijo que era director de orquesta y nunca lo fue.

¿No?
-Él era un buen administrador, empresario. Tenía la radio Beethoven, agarró el Teatro Oriente de Providencia. El premio se lo dieron porque dijeron que le quedaba un año para morirse. Es que eso no puede ser. Entonces a mí ya no me lo dieron. Cuando supimos que la sinvergüenzura llegaba a tal grado que este año se lo iban a dar a la hermana de uno de los miembros del jurado (Carmen Luisa Letelier, hermana de Miguel Letelier, premiado el 2008 y jurado el 2010), eso es algo fuera del tiesto. En todas partes del mundo la gente se ríe de estas cosas.

“NERUDA SE MURIÓ DE TONTO”

Hace 45 años, cuando Vicente Bianchi trabajaba en la radio El Sol de Perú, un amigo le mandó hasta Lima versos de Neruda.

-Los tomé en Lima, pero allá yo estaba muy metido en la cosa peruana. Entonces los tomé, los traje y en septiembre de 1955 salió la Tonada Manuel Rodríguez.

Bianchi quería mostrarle la composición a Neruda, a quien no conocía. Buscó la oportunidad a través de su concuñado, gran admirador del poeta. Así, una noche, en casa del juez Jorge Pica, con Neruda de invitado y posterior a un esquinazo de cueca, Bianchi se sentó en el piano e interpretó la tonada.

-Fue totalmente sorpresivo para él, porque no esperaba esto. Era totalmente ajeno. Palideció. Se paró, me abrazó, y me dijo: “esto es lo que yo soñé toda mi vida, poder llegar de alguna forma al pueblo”.

Entonces comenzó un trabajo colaborativo de dos décadas. Neruda le pidió algunas fórmulas de versos, la métrica, “donde él se pudiera inspirar en forma libre”, dice Bianchi.

Neruda le entregó entonces Romance de los Carrera, que ya venía con sus versos completos.

-Yo necesitaba un estribillo y dos estrofas. Eran seis, y me entregó cinco. Entonces en una reunión pidió papel y empezó a escribir lo que faltaba. “Príncipe de los caminos / hermoso como un clavel / embriagador como el vino / así era don José Miguel”, decía. Y empezó a escribir: “Una descarga en su pecho / abrió un manantial morado / pasan y pasan los años / la herida no se ha sanado”. Demoró lo que le cuento. Yo lo leo, lo canto, y caía justo. Él era un hombre de una genialidad extraordinaria.

Luego vino la musicalización de Canto a Bernardo O’Higgins, Relato a la Bandera de Chile y algunos de los Cien Sonetos de Amor.

-En enero de 1973 lo fui a ver. Ya estaba muy mal, en cama, irrecuperable, con su cáncer famoso que se dejó estar. Se murió de tonto, porque se dejó estar. En esa época ya había métodos de mantención. Venía de Europa con eso ya muy avanzado.

Esa mañana conversaron y escucharon algunas grabaciones nuevas que Bianchi le llevó . Almorzaron juntos, a Neruda lo sentaron en un sillón. Pidió papel y lápiz y empezó a escribir solo.

-Escribió tres o cuatro papelitos y después me los pasó y me dijo: “para que les pongas música cuando quieras”. Yo me los traje, los guardé. Porque los leí y no sabía qué ritmo darles. Era un verso suelto, no venía con el ritmo para una canción chilena. Lo guardé muchos años y un día se me ocurrió ponerle música de vals.

Y se la entregó a su hijo Alejandro, quien tocaba en el conjunto Santiago Cuatro. Alguien les dijo “esa canción está para mandarla a Viña”, y así lo hicieron.

-La mandamos y ganamos el premio. Yo me llevé la Gaviota y la plata la compartimos con el conjunto.

Años después, Vicente Bianchi presentó al Fondart un proyecto para grabar en conjunto con la orquesta de la Usach su musicalización de los poemas nerudianos. Eran catorce composiciones.

-Al final no gané nada, porque todo se repartió. Era mucha gente, había que pagar a la persona que grababa. Lo hicimos, se grabó y lo metimos a la venta por el sello Oveja Negra, que lo maneja la SCD. Lo entregué y me imagino que se han vendido, pero no he tenido mayores contactos. No me gustaría pelar, pero le cuento que no me gusta el trabajo que hacen, porque mucha gente me pregunta dónde está el disco, y se supone que debe estar en todas las casas de discos. Fui muchas veces a promocionarlo en la radio, pero no he tenido la respuesta necesaria. Así que ahora no tengo ni discos ni plata.

COMO UN IDIOTA REZANDO

A comienzos de los sesenta, la Iglesia Católica desplegaba el Concilio Vaticano II, intentando acercar la institución a sus fieles, y Vicente Bianchi fijaba su atención en las misas africanas.

-Los misioneros iban allá a concientizar sobre la religión desde Europa, y hacían cantar los rezos católicos con la música y ritmos propios de África. Yo pensaba por qué no se podría hacer en todos los países lo mismo.
Se le ocurrió entonces empezar a buscar los versos, pero todo lo que había estaba en latín. “Pero en vista de que la iglesia cambió el idioma, yo empecé a meterle música a algunos de esos versos. Después, al igual como pasó con Neruda, tenía que dárselos a conocer a la iglesia”

A través de un amigo llegó hasta los Salesianos, quienes lo recibieron muy bien y, sin pedirle demasiados detalles, le pidieron que tocara.

-Fuimos a un armonio y empecé a tocarles un poquito, a entonar a mi modo. Los curas se entusiasmaron tanto que estuve todo el día ahí. Así la pude grabar y mostrársela al arzobispo, que era Raúl Silva Henríquez.

A Silva Henríquez le encantó y se prepararon para el estreno, que fue en una iglesia chica en Cerrillos.

-Al final de la misa, se hincó a esperar que yo pusiera la cueca. Pero me creerás que no me atreví a ponerla por miedo a la controversia. Había gente a la que le molestaba que hubiera cambios y todavía más que hubiera música con guitarra en la iglesia. Era un golpe extraordinario. No me atreví. Él rezó y al final me dijo “me tienes como un idiota rezando y no me cantas la cueca”. Yo le dije: “monseñor, la verdad es que no me atreví. No quise ponerlo en apuros a usted”. Porque la gente tenía tanta cosa contra la misa con guitarra, cuando en estos días metemos la cueca hasta con baile. Pero por qué no, si es una danza nacional, no es una cosa grosera.

Producto de su trabajo con la iglesia, de la mano de Silva Henríquez, surgieron las obras Misa a la Chilena, Misa de la Cruz del Sur y el Te Deum.

-El Te Deum lo hice a pedido de Silva Henríquez. Lo estrenamos para un San Pedro y San Pablo, antes del Te Deum nacional. Se cantó durante treinta años, hasta que vino un curita joven que quiso cambiarlo. Pero ahora volvieron a pedirme el Te Deum y la cueca.

Cuando era niño, Vicente Bianchi junto a sus hermanos iban a misa de once. Los cinco iban, rezaban en latín y su “ama” les explicaba los significados.

-Yo quedé con esa convicción de la religión católica, como siempre, como se va traspasando en la familia. Ahora voy a misa de repente, pero muy de tarde en tarde. Ya estamos saturados de tanta misa a la que fuimos a cantar, tuvimos misa por el campeonato. Creo que con eso ya tengo ganado el cielo.

Cumplió la cuota…

-En vista de eso, estoy esperando, santificado, irme al otro lado. Yo encuentro que uno viene a este mundo programado, viene durante un tiempo determinado y en ese tiempo tiene que cumplir lo que el mandato divino le ordenó. Mientras no lo termine no se va a ir. Soy un convencido de que cada uno es cómplice de su propio destino y tiene que estar aquí cumpliendo su deber. A mí me dieron el agrado de ser músico desde muy chiquito, con el convencimiento interno de que nací el mismo día que Mozart. Entonces soy mozartiano hasta los huesos. Cada 27 de enero yo digo “ustedes no me están celebrando a mí, están celebrando a Mozart”. Tenemos años de distancia pero hemos vivido un poco juntos. Me aprovecho yo también. La sinvergüenzura es una oportunidad para sacarse los clavos de encima.

Bianchi habla de Chile lleno de emoción. Dice que cada vez que viaja lo encuentra más bonito y reclama que los chilenos no quieren a su país. “El ser humano vive de emociones. Vive de cada día, cada sol, cada noche. Todo eso lo lleva a uno a un lugar más que terrenal, un lugar de opciones lindas y que uno puede aprovechar. Cada uno elige su panorama. Por eso digo que uno es dueño de su destino”. Para él, la música es el espíritu de una nación y es algo que hay que defender ante todo. Incluso ante el rock and roll.

A comienzos de los sesenta usted dijo que se hacía necesario detener la difusión del rock and roll.
-Yo discrepo mucho de la globalización. Porque la globalización nos ha quitado fuerza nacional. Empezó el rock, llegó la cumbia, no es música, es ritmo solamente. Y la juventud la va a gritar y a saltar en forma casi animal. Pero al lado de lo que hay ahora, el rock and roll es muy artístico. Es que uno lo ve en el momento y al cabo del tiempo se acostumbra. Puede haber sido eso, así que pido disculpas a los rocanroleros. Al final uno entra en todo, no se puede ser tan estrictamente cerrado.