“Indignaos”, el panfleto de Stephan Hessel que se supone es el sustento ideológico de los manifestante de la Puerta de Sol tiene una gran virtud: Es corto. Simple hasta la bobería, es el grito de entusiasmo de un viejo a punto de morir.

Esas cosas que se escriben para los nietos y se leen con mucha emoción en los funerales. Llama básicamente a indignarse, cosa que es fácil y mantener vivo el espíritu de la resistencia francesa. ¿Habrá algo más profundamente conservador que esa palabra, resistir? ¿No es la resistencia la constatación de un fracaso? ¿No se sustenta su valor en uno de los aspectos más nocivos de la personalidad, la inflexible testarudez del que piensa que como las cosas fueron así tienen que seguir siendo?

¿No es la última brazada del ahogado, la desesperación del desesperado? ¿No fue la desesperación lo que unió a comunistas y católicos en la Europa de los cuarentas?

¿Se puede agitar el miedo al nazismo hoy como se lo hizo ayer para obligar a los más ricos a pagar sus impuestos y construir una sociedad de derechos mínimos?

¿No se ha preparado el capitalismo justamente para que nada lo asuste, ni siquiera la crisis total que tan pocas reformas sociales parece estar dejando a su paso?

¿Puede calificarse ecuánimemente a Sarkozy, Rodríguez Zapatero u Obama de Nazis ante los que hay que resistir sea como sea? ¿No lo son bastante menos que los chicos de Hamas que defiende Hessel en ese mismo panfleto? ¿Es el capital mundial equivalente al nazismo, el que ha elegido el exterminio de un pueblo entero?

Hessel llama a los franceses y los europeos en general a indignarse, obviando el hecho que deberían ante todo y sobre todo indignarse contra si mismo, habiendo ellos elegidos el sistema y sus garantes. Esos nietos rabiosos que viven una crisis sin precedente deberían preguntarle primero que nada a sus hermanos mayores qué hicieron cuando las vacas eran gordas y todo parecía simple y lógico.

Otra cosa muy distinta sucede con las manifestaciones aquí mismo en Chile, donde la indignación no sólo tiene más sentido sino que sabe que quiere cambiar y porque.

Los estudiantes, los ecologistas, los ciudadanos de a pie no reclaman como los europeos contra un sistema que eligieron y aprovecharon hasta que dejó de funcionar. Reclaman por un sistema que se les impuso a la fuerza, con sangre y fuego, que se ha mantenido en pie en gran parte gracias a senadores designados, sistemas electorales tramposos, y un apabullante monopolio ideológico también establecido en la época del miedo donde nadie podía discutírselo.

Los jóvenes chilenos no protestan por derechos e igualdades perdidas sino por una igualdad que nunca existió y parece no será, la prioridad de ningún gobierno. Una igualdad que se dejó para después olvidando que era gente, mucha gente, la que se dejaba para después.

Los indignados chilenos no protestan porque el sistema esté en crisis, o porque simple como un niño mañoso no le gusta la derecha porque es “mala onda” y “opus dei”, sino porque funcionando y todo, en pleno auge no los ve, no los escucha, y si hablan mucho los aplasta, los marca a fuego y encierra en algún ghetto, con la simple etiqueta de flaite, desalmado, violentista, o delincuente. Otra raza que tiene la virtud perfecta de haber perdido la voz a fuerza de no tener quién la escuche.

¿No saben lo que quieren los manifestantes? ¿Protestan para puro perder clase? ¿Lo quieren todo ahora? No tienen porque saber, no tienen porque esperar. Los alumnos pueden no saber, es parte de su derecho.

Los manifestantes no tienen por qué tener las respuestas a sus preguntas. Eso de la crítica constructiva es una manera simplemente de destruir la esencia misma de la crítica. Y por lo demás saben, con un rigor que el presidente debería imitar en vez de criticar, lo que quieren y cuánto y cómo. Los dogmáticos que creen que subir los impuestos es sinónimo de violarse a su propia madre no son ellos sino los otros. Los que presentan propuestas son los manifestantes en Chile, los que hablan a punta de consignas y lemas fáciles son las autoridades.

¿Están equivocados? Puede ser, pero exigen que se les pruebe entonces sus error.

Es eso lo que nadie ha sido aún capaz de hacer de manera razonable. “Indignaos” de Hessel, como panfleto indigna ante todo por la ligereza de su autor. Como fenómeno histórico, esas calles que despiertan y hablan en Madrid, Damasco y Santiago, esos duopolios que empiezan a dar explicaciones, esos guardianes del orden que escapan de la muchedumbre en helicóptero, es quizás lo único sano, lo único vivo que le debemos a este comienzo del siglo XXI.