Por Mauricio Becerra
Fotos Gentileza del Museo Histórico Nacional

Estos son los últimos soldados chilenos que de verdad supieron lo que es una guerra. Son ciudadanos de a pie. Gente común y corriente reclutada a la fuerza, y obligada al heroísmo. Cuando estalló la Guerra del Pacífico en 1879, el Ejército contaba con apenas 3 mil efectivos. Primero se intentó cubrir las plazas con voluntarios, pero no fue suficiente. Luego se creó un Depósito General de Reclutas que daba un salario de 11 pesos (un kilo de carne costaba 1 peso). Tampoco alcanzó. Entonces se encargó a la Guardia Nacional reclutar “gañanes, gente perezosa y vagabundos”. “Muchos reclutas eran sacados a lazo de sus casas donde habíanse escondido, o de los campos y bosques cercanos. Luego eran amarrados a una carreta y conducidos a los cuarteles de Chillán Viejo”, contaba el soldado Jacinto Larenas Mora en una carta a su hijo.
En la Zona Central llegaron a escasear los huasos, que eran enviados inmediatamente a la caballería. No se salvaban ni los ‘presos de buena talla’ ni los ‘mal entretenidos’.

Si bien los soldados debían aprobar un examen médico, hay evidencias de que los reclutadores mandaron a todos los hombres que se toparon en su camino. De hecho a través del Oficio 143 del 4 de febrero de 1882 devolvió a Valparaíso a 108 reclutas con fracturas, “cicatrices viciosas” (heridas profundas), tuertos y sordos que habían sido enviados a pelear.

Muchos no volvieron ni siquiera como cadáveres. Soldado muerto era soldado sepultado de inmediato. Nadie pesaba en los deudos o en la repatriación de los cuerpos. Es más, según el coronel Sergio Rodríguez Pautcher (en Problemática del soldado durante la Guerra del Pacífico) no hay indicios de la organización de un registro de sepulturas que permitiera la posterior ubicación e identificación de los cadáveres. Sólo se sabe que en algunas batallas, como la toma del Morro de Arica, se recurrió a fosas comunes, aprovechando las trincheras que se habían cavado.

Tema aparte fueron los lisiados. Durante los 5 años de guerra el Ejército extendió más de 2 mil licencias por ‘inutilidad física’ según documentos del Archivo de Guerra de esa institución. Tras la victoria estos hombres comenzaron a volverse molestos. Imposibilitados de trabajar, la mayoría ingresó a sociedades de socorro. Una vez que se les reconocía la calidad de minusválidos obtenían la Cédula de Invalidez con la que cobraban su pensión. Según las Memorias del Ministerio de Guerra de 1881 la pensión por invalidez para la infantería eran: 7 pesos para un sargento; 4,5 pesos para un cabo; y para el soldado raso que quedaba sin pierna o brazos $4.

Estos mutilados seguían dependiendo del Cuerpo de Armas y debían mantener buena conducta y pedir autorización para cambiar lugar de residencia, so pena de perder los beneficios. Ellos si que pueden alegar por el pago de Chile.