Miguel, cuéntame de tu origen, tu familia.
-Soy mapuche-pehuenche y nací en Santa Bárbara, en la región del Biobío. Mi familia es del sector de Callaquí, poco antes de llegar a Ralco. Mi padre murió cuando tenía cuatro años y nos criamos con mi madre, en una situación muy precaria, de mucha pobreza, nada de recursos. Mi infancia no fue tanto en la comunidad sino en hogares estudiantiles para niños indígenas, donde mi madre nos llevó con mi hermano Francisco. Allí llegaban niños con problemas en sus familias, de alcoholismo, de violencia intrafamiliar, de pobreza.

Años duros.
-Durísimos, a pesar que allí tenía comida, un techo, cosas que no siempre había en la comunidad. Pasé 10 años en un hogar para niños pehuenches de Santa Bárbara y puedo decir que fueron los años más tristes y difíciles de mi vida. Tenía para comer, pero estaba desarraigado de mi gente y de mi familia, de mi madre sobre todo. La música de alguna manera fue una vía de escape a todo eso.

En esos años te encuentras con la música.
-La música eliminó la tristeza, la amargura, todo el desapego. Yo estaba chiquitito y cantaba todo lo que estaba de moda en esos años, Mijares, Luis Miguel, ese tipo de música. Pero era algo para mí, cantaba en la mañana, en los recreos, tras el almuerzo, en los ratos libres, no lo hacía, digamos, en público. Yo era súper tímido. Recuerdo que tiempo después, cuando me pedían que cantara en la cena, yo me escondía bajo la mesa, me tapaba con el mantel. ¡Me moría de vergüenza!

¿Y tu encuentro con la lírica?
-Cuando tenía 7 años un día llegaron al hogar indígena unas personas que iban a apoyarnos económicamente. Y uno de ellos me regaló un casete que decía “Grandes Cantantes de la Lírica”. Yo no tenía ni siquiera dónde escucharlo, pero cada fin de semana iba a la comunidad y había un abuelito que tenía una radio vieja con casetera. Ahí escuché por primera música clásica y me enamoré de la voz de José Carreras. Ese casete lo escuchaba todo el día, tenía aburrido al abuelo. Hasta que se me cortó. Hubo un profesor que me incentivó mucho, él tocaba piano, podía leer partituras y me comenzó a formar en esto. Luego me becaron las autoridades y pude llegar a estudiar al Conservatorio Vivaldi de Concepción.
Hablabas de la pobreza de tu familia, ¿cómo llegaste a estudiar canto lírico a la Universidad de Chile?
-Gracias a otra beca, sino imposible, jamás. Igual la beca duró solo tres años, luego me la quitaron, eran becas que daban los municipios y bueno, duró lo que duró en el cargo quien me la había dado. Ahí tuve que abandonar la universidad, pero nunca dejé de estudiar, me inscribí en cursos privados para mejorar mi técnica, trabajaba por las noches cantando en locales nocturnos, etc. Mucho le debo a Max Berrou, de Inti Illimani, que me dio pega en su restaurant de entonces, “La Mitad del Mundo”. Yo cantaba y luego pasaba el sombrero.

¿Es allí donde nace el “Tenor Pehuenche”?
-Sí, quien me bautizó como el Tenor Pehuenche fue Max Berrou. Al principio no me gustaba mucho, pero luego me creí el cuento. Con él nos conocimos de un día para otro y nos volvimos grandes amigos. Sin su apoyo, así como el de otras personas anónimas que se han cruzado en mi camino, jamás habría llegado donde estoy. A ellos les debo todo; poco y nada a este país.

PELO LARGO Y CARA MORENA
¿Sientes que en Chile no se valora el talento artístico?

-En este país no se apoya en absoluto el talento. Capaz que hayan en el sur o aquí mismo en Santiago cabros más buenos que yo en esto del canto lírico y nunca sabremos de ellos, porque si no nacen en tal o cual familia, en tal o cual comuna, están condenados. Yo lo viví. Incluso mi partida a Italia se la debo a familias como los Barra Valdebenito, que me han ayudado mucho. Yo escucho a los ministros de Cultura hablando de los millonarios presupuestos del Estado y de los concursos y de los proyectos y no dejo de preguntarme ¿esa plata dónde está? El talento está en todos lados, en el barrio alto, en los barrios pobres, entre los mapuches, lo que falta son las oportunidades.

¿Cómo se te dio la posibilidad de vivir en Italia?
-Se dio gracias a esta gente que te mencionaba, que valoró mi talento y que me abrió puertas. Es un privilegio estudiar en Italia y hacerme un nombre en ese mundo tan competitivo, donde cada día aprendo de los más grandes y puedo competir con los mejores. Estar en Italia para un cantante lírico es jugar en primera división.

¿Cómo observas lo que pasa en Chile con los mapuches?
-Me parece espantoso. Cuando el gobierno habla de un “desarrollo”, yo me pregunto de qué desarrollo hablan. Podrá ser económico, lo dudo incluso, pero desarrollo cultural Chile tiene menos que cero. Nada. Y esta ignorancia cultural lleva a que se pisoteen los derechos de nuestra gente de manera cotidiana. Esto es lo que observo desde fuera y créeme que muchos italianos tampoco logran entender las injusticias que se cometen.

¿Te sientes cercano a la lucha mapuche?
-Totalmente. Soy mapuche, vengo del sur, es mi tierra, es mi gente, me siento embajador de mi pueblo en Italia y donde voy hablo del tema. He estado dos veces en la televisión italiana siendo entrevistado sobre la situación indígena en Chile. No me quedo callado frente a lo que pasa y que me parece espantoso. Los mapuches somos una riqueza cultural de este país pero acá la gente está ciega, no lo ve. Yo mismo lo he sufrido; en ningún otro país me he sentido más discriminado que en Chile. Acá voy al supermercado y por mi pelo largo y mi cara morena los guardias me pueden seguir todo el rato. Eso jamás me ha pasado en Italia, Alemania, Bélgica, Francia o cualquier otro lugar de Europa donde me ha tocado estar.

¿Es Chile un país racista?
-Ufff… lo es. Y los chilenos llegan a ser enfermos de racistas. Son, como se dice vulgarmente, como las weas con el otro, con quien es diferente, con quien habla otra lengua, sobre todo si no es un gringo porque en ese caso lo tratan como príncipe. Mira, Chile es conocido en Europa por dos cosas; Pinochet y su gran cagada que dejó como legado y por los indígenas, por los mapuches. En todas partes donde voy hay alguien que sabe de nosotros, que ha escuchado o leído de nosotros y que se siente interesado por nuestra cultura y tradiciones. Y para el chileno somos simplemente flojos y borrachos.

¿Crees que algún día se terminará el conflicto?
-Yo espero que sí. Hago un llamado a las partes, sobre todo al gobierno, a tratar de comprender la demanda de mis hermanos, que es legítima. Si somos “gente de la tierra” sin tierra, qué vas a hacer, ¿mirarte el ombligo? Y el chileno común y corriente también debe entender. Si los chilenos son allegados acá, viven de allegados en este territorio indígena, entonces un poquito más de respeto, ¡por favor! Falta mucho educar a la gente sobre lo que pasó aquí.

CAUPOLICÁN, POLLO FUENTES
¿“Corazón Mestizo” apunta en ese sentido?

-Es un musical ante todo, pero claro que toca el tema de la negación del otro, de la invasión cultural, que tan bien retrata los versos de Alonso de Ercilla. Yo he leído mucho “La Araucana” para mi rol de Caupolicán y hay cosas que me han sorprendido. Por ejemplo, Ercilla cuenta que los españoles llegaron a Chile sin muchas mujeres. Entonces lo que hubo aquí fue una violación generalizada de nuestras abuelas. Un español con 50 hijos mestizos. Otro español con otros cincuenta hijos. Así poblaron esta zona. Hasta Tito Beltrán y el Pollo Fuentes se han quedado para adentro con lo que cuenta Ercilla. Hasta diría que se han acercado mucho a los mapuches tras esta experiencia.

A propósito de españoles, ¿cómo viviste lo de Endesa en Ralco?
-Con dolor. A las empresas solo les interesa generar dinero, en absoluto la cultura local, la cosmovisión, sus tradiciones, cero interés por la gente. Y al Estado mucho menos todavía. A nuestra zona pehuenche llegaban las autoridades junto a los empresarios, casi de la mano. Habían muchos intereses en juego en Ralco. Es una pena lo que sucedió y no quiero criticar a la gente que al final negoció sus tierras. Cuando vives en la miseria absoluta y te ofrecen ¡un millón de pesos! o ¡cinco millones de pesos!, cuesta decir que no. Yo creo que los de Endesa fueron tan avasalladores como sus ancestros en la Colonia. Y eso lo permitió el gobierno de la época, cosa que duele porque ellos decían ser los que pelearon contra Pinochet.

¿Apoyas la lucha estudiantil en Chile?
-Con todo mi corazón, en Italia me hacen sentir orgullosos. En todo el mundo se habla de esta lucha que están dando por una educación pública y gratuita. Y los apoyo porque la educación es clave para que las cosas cambien. Lo que hablamos -el racismo, la discriminación- es producto de la ignorancia de la gente. Imagínate, aquí estamos en Vitacura, en el barrio alto y la gente que vive acá no tiene la menor idea que significa Vitacura o Apumanque. Y, sospecho, poco y nada les interesa saberlo, cosa que es muy triste porque una sociedad ignorante de sus raíces no tiene futuro. De seguro en sus colegios se les enseña que somos indios, terroristas, quizás que cosa se les enseña a esta pobre gente.

¿Tus planes próximos?
-Volver a Italia para ser parte de una obra importante junto al maestro Massimiliano Stefanelli, quien dirigió el maravilloso homenaje a Violeta Parra en Pompeya el año pasado. Tengo invitaciones también a Inglaterra y Suiza a diversos conciertos. También en carpeta un viaje a Estados Unidos donde espero poder visitar territorios de los indígenas Sioux y aprender de su arte en el canto ceremonial, que es bellísimo como el nuestro.