El mundo literario acaba de festejar el cumpleaños 85 de Gabriel García Márquez, icono del mundo latinoamericano, pues su novela “Cien años de soledad” (1967) consiguió dar cuenta de una cultura latinoamericana que se fundaba en los ejes familiares y en siquis intervenidas por lógicas no occidentales producidas por el mestizaje. Como primordial exponente del realismo mágico, García Márquez ordenó una vertiente literaria que posteriormente iba a resultar debilitada por el sobreuso de sus seguidores. Sin embargo, más allá de cualquier polémica acerca del realismo mágico, no cabe duda que “Cien años de soledad” marca un punto de inflexión en la historia literaria continental.

El impacto de su obra permitió la formación del exitoso boom, que marcó el ingreso comercial de la literatura latinoamericana a los mercados internacionales. Desde un conjunto acotado de figuras lideradas por García Márquez, se abrió por primera vez una industria donde convivían editoriales y agentes literarios que administraban el contante y sonante de la obra, el destino monetario de las traducciones, las giras promocionales y sus rotundos aranceles.

Sin embargo, la gran bonanza de esa época sólo alcanzó a un grupo muy pequeño de escritores (a Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y lateralmente a José Donoso). Pero el aparato promocional del boom fue tan poderoso que permanecieron en las orillas autores que, desde sus particulares trazados, completaban un poderoso mapa literario. El continente americano en los ’60 experimentaba fuertes movimientos locales emancipatorios que buscaban disponer de sus materias primas y luchaban por romper su dependencia a las metrópolis (la teoría de la dependencia). La agitación política de esos años también contribuyó a fortalecer el prestigio del boom que fue leído, en una de sus partes, como la conformación del nuevo gran macrorrelato social del mundo latinoamericano.

Ni Jorge Luis Borges, ni Juan Rulfo, ni José María Arguedas ni Juan Carlos Onetti pertenecieron a este grupo-boom, pero, aunque no participaron del formato ranking, la admiración por sus obras se mantiene invariable hasta hoy. Sin embargo, en esos mismos años se estaban formulando otras propuestas complejas, densas, que apuntaban a la renovación de los discursos y de las técnicas literarias. Una renovación que, desde sus materiales simbólicos, iluminaba zonas mentales y sociales en las que transcurre el sujeto capturado por imaginarios que ordenan subjetividades y deseos.

Fuera del boom, Clarice Lispector, brasileña, es hoy una de las escritoras más relevantes para pensar poéticas y procesos de subjetivación. Desde su primera obra, “Cerca del corazón salvaje” (1944), su producción siguió una línea de búsqueda y rupturas. “La hora de la estrella” (1977) resulta una novela extraordinaria para examinar los dilemas de la construcción literaria (la problemática del narrador) como también para entender los contornos en que transcurre la vulnerabilidad. Porque es lo vulnerable lo que el texto trabaja hasta el paroxismo a través de su personaje: Estrella. Ella se “estrella” en todos los frentes de su vida: como trabajadora explotada, mal pagada, infravalorada, desvalida y, a la vez, protagonista de un noviazgo demoledor que derrumba cualquier fantasía amorosa. Estrella vive serenamente su vida “mínima” (como habría dicho el escritor chileno José Santos González Vera). Estrella, la joven obrera, no se subleva ante su condición, sencillamente la experimenta sin reclamos. La fuerza de esta novela radica en instalar en un mismo texto la pregunta urgente por la ficción y, a la vez, producir una ficción en torno a la precariedad. Sin renunciar a la ironía, la novela releva la fragilidad de seres que transitan en los bordes más mezquinos del sistema.

Ubicado en la otra zona literaria, el escritor argentino Manuel Puig ingresó de manera decidida en las culturas populares –el pop– a partir del año 1968 con la publicación de “La traición de Rita Hayworth”. Gestó sus ficciones acudiendo al pastiche (radioteatro, guiones, diarios de vida) para dar cuenta de las emociones y formas sentimentales desde la inoculación de estereotipos. Mario Vargas Llosa considera a Puig un representante de la “literatura liviana”, en cierta forma intrascendente. Sin embargo, Puig trabajó la zona más alienada del sujeto, cautivo en vidas que no le pertenecen, y mostró cómo a través de ellas difiere su propia existencia. Escribió la devoción hacia las figuras mediáticas, básicamente del cine hollywoodense y sus estrellas. Lo que hoy podríamos denominar como el culto a la farándula. Una obra que apeló al kitsch impreso en el deseo de ser otro, en la copia, la dependencia y la impostura. Pero una de sus obras más citadas, “El beso de la mujer araña” (1976), puede ser leída hoy como una novela “queer” cuando pone en relación homosexualidad y resistencia política rompiendo así los presupuestos existentes. Lo más audaz de este libro es que ambos, el político insurreccional y el homosexual, están presos, perseguidos por los poderes institucionales y es allí, en la celda que comparten por sus diversas subversiones, en pleno confinamiento estatal, donde se produce entre ellos el encuentro amoroso.

Desde luego, en esos años existe un conjunto de autores imprescindibles que construyeron sus poéticas y sus lugares de habla. Severo Sarduy, el brillante autor que a partir de la novela “Gestos” (1963) repensó la tradición cubana barroca y las inacabables máscaras identitarias. La mexicana Elena Garro, a quien se señala como la precursora de García Márquez y su pregunta por el tiempo con sus “Recuerdos del porvenir” (1963). Y el chileno Carlos Droguett y los incesantes castigos sociales que experimenta la diferencia en su obra mayor, “Patas de perro” (1965).

Y entre las máximas singularidades que permanecen en el territorio de obras de culto cómo no recordar al poeta, narrador y artista visual peruano Jorge Eduardo Eielson con su novela-joya: “El cuerpo de Giulia-No” (1971). Su novela rehuye un centro narrativo y oscila entre las eróticas y la explosión poética de la verosimilitud. El título de su novela porta, desde la negación, un deseo contaminado que juega con cuerpos que resultan ya indisolubles.

Desde luego, el campo es más y más amplio. Se trata de establecer aquí una siempre insuficiente rememoración. O, como diría Elena Garro, de transitar hacia un pasado que está aún en pleno proceso de futuro.