Foto: Alejandro Olivares

En plena UP, allá por 1971, Hernán Castellano Girón grababa su propia versión del clásico Nosferatu de F.W. Murnau. Pero no cualquier versión. La suya era una historia disparatada en la que el famoso vampiro viajaba a Chile, convertido en extraterrestre, en su típico sarcófago de madera. Y en sus andanzas por la ciudad de Santiago se topaba con puestos de sandías donde un anónimo artista había pintado a Barnabás comiendo la fruta o con el “Taller de calzado Condorito”.

Si la trama ya era loca, la filmación lo resultó tanto o más. HCG (así le gusta que lo llamen) le pagó a un carpintero para que le fabricara un ataúd. Durante semanas el director se paseaba por todo Santiago con el pijama de palo para llegar a los set de filmación. Para ahorrarse plata, lo transportaba en la citroneta de su pareja de ese entonces. Y como el auto era tan pequeño, el ataúd sobresalía y tenían que ponerle una bandera roja como cuando se acarrean palos. “Creían que era un funeral de pobres”, dice HCG, quien muchas veces se fue dentro del sarcófago para ahorrar espacio. Pero no sólo para eso. “Cuando estábamos en un semáforo, yo abría el ataúd y aparecía con una botella de vino vacía gritando ‘otra, otra’. Lo hacía sólo por huevear”. A veces la gente se reía, otras se persignaban asustadas o se sacaban el sombrero y algunos se picaban con la broma y salían persiguiendo al féretro.

En “Nosferatu, una escenita criolla”, como se llamó la película (que puede verse en youtube), HCG interpretaba a un cura loco. Tanto se poseyó del personaje que salía a callejear vistiendo la sotana. Y si veía a las monjitas les tiraba besos ruidosos poniendo cara de maligno. Las religiosas salían arrancando, murmurando oraciones.

El cura loco era, como le dices, el cura Haz-pún, ¿cierto?
-Tiene cosas de él. Pero el mío es loco. Tiene una cierta base en el mismo Drácula. Es más, es una suplantación del Doctor Van Helsing que persigue al vampiro y lo destruye.

La película se terminó de grabar antes del Golpe. Pero nunca pudo editarse completamente por razones obvias. Llegó la dictadura y la película fue enterrada en el patio del mismo Nosferatu, el actor- protagonista de la película, durante años. Es que la película, aunque resulte curioso, tenía alusiones a Patria y Libertad al mostrar unas arañas con las formas del símbolo del grupo armado de derecha, arañas que infectaban al pobre vampiro.

“Había bastante material que si lo miraban los milicos iban a tratar de investigar de dónde mierda venían, qué cresta era eso y por qué aparecían unos monos disparando arañas de Patria y Libertad”.

Recién a mediados de los 80, la película llegó a manos de HCG, que estaba viviendo en EEUU después de un primer exilio en Italia. Hasta ahora “Nosferatu…” es quizás el filme inconcluso más largo de la historia del cine chileno. Así al menos lo cree HCG: “Más de 40 años para sólo 28 minutos de filmación”, dice orgulloso sentado en su casa en Isla Negra, ubicada justo al frente del museo de Pablo Neruda (que usa a veces como centro de operaciones), en la que vive desde 2008.

Lo cierto es que HCG nunca más dirigió una película. Y se centró, principalmente, en desarrollar una carrera literaria en el extranjero. En Italia obtuvo la maestría en literatura latinoamericana de la Universidad de Roma con una tesis sobre Rosamel del Valle y publicó en el tiempo que duró su exilio una serie de libros, casi imposibles de hallar hoy, como “El automóvil celestial” (1977), “Teoría del Circo Pobre” (1978) y “El Ilegible: Las Nubes y los Años” (1988), que desde el exilio se dio maña para publicar en Chile. Todos tuvieron muy buena aceptación. Prueba de lo cual es que en 1977 un jurado integrado por Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Augusto Roa Bastos le otorgó el premio Revista Hispamérica por su cuento “Addio alla mamma”. Tanto en Italia como en EEUU era conocido como “el beatnik chileno” por su cercanía con Burroughs o Ginsberg, con quienes leyó poesía en varios encuentros. Sin embargo, acá nadie dio cuenta de eso. Y se le ignoró.

Ahora Editorial Cuneta viene hacerle, como hace 10 años Lom con “El huevo de dios”, un poco de justicia al publicarle “Llamaradas de Nafta”, una serie de once relatos delirantes que mezclan poesía, jazz, escenas de películas, alucinaciones, alienígenas, experimentos raros y hartas borracheras. Y próximamente, en septiembre, aparecerá en librerías su novela inédita “Espectros”, editada por el escritor de Isla Negra Mario Barahona. “En buena hora es la resurrección de HCG”, dice HGC.

CINE RAMPLÓN

“Nosferatu” surgió como una sátira de la UP y la derecha. “Mi posición era como la de Nicanor en ese tiempo, que criticaba tanto el sectarismo de izquierda como el de derecha, siendo que soy de izquierda, sin ser militante”.

¿Cómo fue hacer una película de vampiros en plena UP, donde el cine iba por el camino de la militancia?
-Buen punto ese. Era una provocación. A muchos nos hinchaba, desesperaba, la lentitud de los procesos, porque estábamos conscientes de que la política es el arte de la vida, como dice Pavese, pero ignorábamos también que es el arte de lo posible, y el Golpe así lo demostró y lo sigue demostrando en las componendas de la Concertación.

¿Qué te parecía el cine militante?
-En general ramplón, sectario y en suma, inocuo. Sin embargo, había cine militante de calidad también, lo que se hacía en Cuba, y por ejemplo el documental “La hora de los hornos”, de los argentinos Solanas y Gettino, fue muy importante. Muchas veces me peleé, hasta casi llegar a los golpes, con compañeros que despreciaban mi película.

¿Tan así?
-Recuerdo que un petimetre de izquierda, de los que abundaban, aunque algunos fueron verdaderos revolucionarios y mártires, me dijo “¿qué diría un obrero de tu película?”.

¿Qué le respondiste?
-Que primero se reiría mucho, como todos los que la veían, y comprendería su mensaje rupturista mejor que él, que era un señorito que posaba de izquierdista y menospreciaba el intelecto de los trabajadores. Ahí quedó la discusión.

¿Cómo ves el cine actual?
-He visto muy poco, pero percibo un proceso de degradación. En la actualidad me parece imposible la existencia de gigantes como Bergman, Fellini o Bresson. Un autor no grande, pero respetable como Tim Burton, nos ha propinado una Alice in Wonderland que es una verdadera vergüenza, un asesinato de una obra pionera en las vanguardias literarias, convirtiéndola en un disparate maravillosamente filmado y un bodrio técnicamente perfecto.

QUÍMICA

Antes de dedicarse al cine y la literatura, HCG estudió Química y Farmacia en la U de Chile, una carrera a la que ingresó sólo motivado por un “sueño de adolescente” y siguiendo los pasos de su compañero y amigo Charly. A decir verdad nunca le gustó. Es más, dice que los años que se dedicó a la profesión fueron de “penuria e infierno” y que desencadenaron su interés cada vez mayor por la literatura. De hecho, fue en ese tiempo que escribió “Kraal” (1965), un libro que relata la alienación que vivió trabajando en Pfizer Laboratories. “Estábamos sometidos en un sistema malífico para sobresalir a toda costa. El jefe entendía que su poder, su labor ahí, era estrujar a los empleados. Y entonces yo, como farmacéutico, estaba en ese lugar y debía cumplir ese rol”. Muchas veces se rebeló contra sus jefes. Esta alienación también está en su novela “La Tentativa”, donde aparece una industria llamada “La tumba logarítmica” en la que el protagonista, Andrés Argos, dedica su vida, día tras día, a medir con un vernier porotos de soya e inscribirlos en estadísticas.

En la época en que trabajaste como farmacéutico, ¿era imaginable esto de la colusión?
-No tanto. Ahora es horrible. La colusión destruyó el farmacéutico magistral. Y se transformó completamente en una mega industria, un monopolio de cadenas que manejan todo. Pero afortunadamente sobreviven algunos, como un compañero en Ñuñoa, con sus farmacias de barrio. Además que los remedios están súper caros. Y eso se debe a que las farmacias inflan artificialmente los precios. Cosa que yo vi cuando trabajaba en eso. Yo, es más, ayudé a formar un sindicato de farmacéuticos para que le pagaran más a los obreros, cosa que fue muy mal vista, lo que me significó que no pudiera hacer carrera. Algo que no quería tampoco.

GINSBERG Y LA PASTA

Quizás para lo único que le sirvió haberse metido a Q y F fue para conocer en persona a Allen Ginsberg mientras repetía un curso de laboratorio por flojo antes de titularse a fines de 1959. El poeta beat visitó su escuela, acompañado de Jorge Teillier, buscando información sobre un alucinógeno llamado chamico. Pero le fue mal. Esa vez sólo cruzaron un par de palabras. Pero hasta hoy recuerda esa visita en la que Ginsberg aprovechó de dar un recital sobre los beats: “Fue maravilloso. También leyó largos fragmentos de Howl y de Kaddish. La lectura se hacía con traducción simultánea de Alfonso Echeverría Yáñez, el hijo de María Flora y sobrino de Juan Emar, quien traducía estrofa por estrofa. Recuerdo un verso que decía ‘la besé mientras meaba’, que produjo un siseo en el público”.

Se reencontraría con Ginsberg, casi 20 años después, en Roma, pero en una cosa muy diferente. Ahora HCG era poeta y ya era conocido como “el beatnik chileno”. En ese encuentro se juntó un gran grupo de beats a los que admiraba, como Gregory Corso, Peter Orlovsky y el poeta Leroy Jones (antes de cambiarse el nombre a Imamu Ameer Baraka).

¿Cuál fue tu relación con Ginsberg? ¿Eran amigos como se dice?
-Tanto como eso, no. Yo le mandaba mis libros y dibujos, y él alguna vez me contestó con unas tarjetas postales americanas baratas diciendo cosas como “great!” o “good for…”. Y algo que conservo hasta hoy es una antología italiana bilingüe que me firmó y que incluye su dirección postal. Uno de nuestros encuentros poéticos fue un tremendo hueveo, en 1979, en el Primer Festival Internacional de poesía en Roma, donde había superestrellas como Evtuchenko y Andréi Voznesenski, que leyó un poema especial contra Pinochet. Y donde también estaban otros grandes como Juan Gelman, Jorge Enrique Adoum, Ramón Palomares, Carlos Contramaestre y Gioconda Belli. Quedó la escoba.

¿Qué pasó?
-Había como 500 indios metropolitanos…

¿Cómo?
-Unas comunidades urbanas de grupos contestatarios que se empelotaron.

¿Y tú también?
-No. Me habría pasado algo viendo a las minas, habrían pensado que era un degenerado. Así que no. La cosa es que estos indios se suben y le gritan a los beatniks “cállense, poetas miserables de la decadencia de Occidente, la poesía de ustedes tiene tanta poesía como el hoyo de mi culo de perfume francés. La verdadera poesía es la pasta”. Y subieron al escenario con una olla gigante de fierro repleta de pasta, la plantaron al medio y se hundió la huevada.

Ahí murió el festival. Llegaron los carabinieri y quedó la cagada.

La última que vio a Ginsberg fue en 1981, en un gran recital que dio en el Teatro del Detroit Institute of Arts. Ahí compartieron más en un encuentro en la casa de John Sinclair. Y conversaron largamente sobre Rosamel, Nicanor, Teillier y sus otros amigos chilenos. “También me presentó a Stella Sampas-Kerouac, la viuda y última mujer de Jack Kerouac, con quien hablé bastante y le conté de la influencia de Kerouac en la escritura de muchos miembros de mi generación como Antonio Skármeta y yo mismo. No podía creerlo y terminamos llorando abrazados”.

EN CALIDAD DE BULTO

En “Llamaradas de Nafta” aparece el cuento “El Picoteo”, narración literal de una borrachera que tuviste en un viaje a Lima. Bueno, en casi todo el libro hay copete. Uno queda con sed.
-Claro, hay mucho. Fueron épocas en que tomé mucho los fines de semana, sobre todo cuando estudiaba Farmacia. Me mandaba los tremendos carretes. Nos emborrachábamos religiosamente y aún recuerdo la voz airada de mi padre despertando y diciendo “lo vienen trayendo en calidad de bulto”. En algún archivo lejano, si es que existe, de la asistencia pública de Lima debo estar registrado con coma alcohólico porque casi me voy cortado. Es que le ponía bueno.

¿Y le sigues poniendo bueno?
-Ya no. Porque mi vida estaría en juego, y tengo que cuidar mi viejo esqueleto. Me echo su toquecillo de vez en cuando, pero con cautela.

Tu narrativa, dicen, es muy difícil de catalogar. Algunos la consideran surrealista, otros fantástica, otros niegan eso.
-Me dan lo mismo las clasificaciones, pero si me tienen que catalogar diría que estoy cercano a un surrealismo latinoamericano natural que proviene de nosotros mismos. Y quizás también a un realismo mágico, no de García Márquez, sino de Juan Emar, como me lo han hecho saber quienes me han leído.

¿Cómo ves el panorama literario chileno?
-Lo negativo ha sido y continúa siendo el sectarismo faccioso de grupúsculos de poder, sea institucional o simplemente de afinidad en lo mediocre, y el ninguneo, vicios inveterados del chileno, pero especialmente notorios en lo literario. Otras de las cosas que lamento es que la crítica chilena siga dándole al concepto generacional literario que para mí es un gran fraude crítico. Yo soy de la Generación del 60, pero no me identifico con ella. Lo que me une con Juan Emar es más importante que lo que me une con cualquiera de mi generación, como Jaime Quezada, Ariel Dorfman o Germán Marín. Es más, como poeta estoy más cercano a Rosamel, que nació en 1901, que a otro.

¿Por qué tus libros se han mantenido tan ocultos? ¿Por qué se desconoce tanto tu obra?
-Sepa Moya, como diría Nicanor. Yo creo que ha contribuido indudablemente la diáspora, la brecha abierta por la dictadura entre exiliados y arraigados. Pero estoy convencido que mi pecado mayor ha sido uno sólo, ser original, llevar adelante un discurso que no calza con ninguna de las líneas aceptadas y aceptables sobre todo en narrativa.
Al lanzamiento de “Llamaradas de Nafta”, HCG pensaba llegar disfrazado de Freddy Krueger. Pero sería meter la pata. El Viernes 13 corresponde a Jason y no al personaje de Pesadilla. Así que no hará el loco ni tampoco quiere ser parte del comidillo literario: “Dirían ‘las hueás que está haciendo para llamar la atención’. Es muy acerbo el medio literario chileno. Muy destructor”.

¿Por qué te viniste a vivir a Isla Negra?
-Me vine por la mística. Un error. Acá es muy helado y me hace mal tanto frío.

Me decías que el mar de Isla Negra se ve como un gigantesco capuchino…
-Según las corrientes y las mareas, se llena de un cóctel de mierda emulsionada que vierten ilegalmente e impunemente condominios, redes de desagüe y supuestos depuradores de aguas servidas que funcionan sólo en el papel. Lo triste es que mientras Chile sea, como dice Nicanor, un país donde “no se respeta ni la Ley de la Selva”, no se verá solución al mierdoso problema de este “Litoral de los Poetas”.

Hace un tiempo estuviste pegado con las teleseries. ¿Las sigues viendo?
-Ya no. Había telenovelas muy buenas, como Pampa Ilusión, Aquelarre o Romané. Me interesaban mucho como fenómeno semiológico, además que entretienen, para qué estamos con cosas. Las de ahora, en todo caso, son una mierda, puro griterío.

¿Estás escribiendo algo?
-La segunda parte de “Calducho o las serpientes de calle Ahumada” (Planeta, 1998), una autobiografía real pero tratada con una forma de hiperrealismo literario. Y se llamará “En una niebla”. Será una cosa muy loca. Empezará cuando yo iba con amigos al telescopio que estaba arriba del Santa Lucía. Y subíamos por una escalera de caracol en plena oscuridad y estaban todas las parejas tirando y nosotros teníamos que pasar a saltos para no pisar a los huevones mientras nos echaban chuchadas, pero llegábamos igual a mirar el cúmulo globular cercano a la Cruz del Sur o a Marte, que en el año 56 estuvo muy cerca de la Tierra y se veía perfecto. Una maravilla.

LLAMARADAS DE NAFTA
Prólogo de Galo Ghigliotto
Cuneta, 2012, 127 páginas
Lanzamiento: viernes 13 julio, 19.30 hrs.
Casa Museo La Chascona
Presentan: Leonardo Sanhueza y Cristián Cisternas