2 de septiembre de 1973: Augusto Carmona marcha saliendo del Canal 9 junto a otros periodistas y trabajadores de la estación de la Universidad de Chile. Él era presidente del sindicato del canal y jefe de la toma que ya se extendía por nueve meses. Con ellos también caminan partidarios del Mapu y del Partido Socialista que durante las noches ayudan a mantener la medida de presión.

Se había llegado a este escenario extremo luego de que el rector Edgardo Boeninger propusiera cambiar la estructura del canal que apoyaba al gobierno de Salvador Allende. Para ese día se esperaba el desalojo de Carabineros y “antes de que los pacos procedieran salimos marchando. Ahí se acaba la toma. Fue un día de mucha tristeza porque era como un presagio de lo que iba a ocurrir después”, cuenta Lucía Sepúlveda, quien fuera la última pareja de Carmona y la madre de su segunda hija: Eva.

También periodista, Lucía recuerda que nueve días después ambos se enteraron de la magnitud del Golpe de Estado en las oficinas de Prensa Latina, agencia de noticias cubana que quedaba en el mismo edificio donde funcionaba la revista Punto Final, donde Lucía y Augusto trabajaban. Cuando conocen las primeras noticias del Golpe la pareja parte de su casa en calle Cóndor hacia el centro a cubrir la noticia: “había habido muchos amagos antes, entonces podía ser como podía no ser”, recuerda Lucía. Pero supieron pronto de que esta vez era en serio: La Moneda estaba siendo bombardeada y Allende había muerto.

Desde ese momento supieron que tenían que esconderse. En Televisión Nacional, donde trabajaba Lucía, colgaba una hoja con los nombres de quienes ya no podían entrar. Ella, como dirigente sindical, figuraba en la lista. Carmona fue entonces llamado a presentarse a la junta y ambos sabían lo que eso significa. Aunque Augusto tenía una hija de 8 años y Lucía llevaba un embarazo de tres meses, no lo dudaron: había que pasar a la clandestinidad.

Así es que vuelven a la casa, queman pasaportes y, por si acaso, una foto en la que aparecían con Fidel Castro. Toman lo que pueden, Augusto se va donde unos amigos y Lucía llega a la casa de unos amigos de la familia, que eran de derecha: “era curioso porque sabíamos que venía el Golpe pero no estábamos preparados ni organizados, porque vivíamos haciendo cosas”, recuerda Lucía. Ambos eran militantes del MIR, así que Lucía se cortó el pelo y Augusto se lo encrespó. La organización del partido les consiguió documentos y lograron arrendar una pieza. Ahí viven cuando nace Eva al año siguiente.

15 de octubre de 1973: Augusto se despide de su hija mayor, Alejandra, que en ese entonces tiene 8 años y debe partir al exilio con su madre, Ximena Cannobbio y su padrastro, Julio Fuentes. Éste último era camarógrafo y ese 11 de septiembre debía estar en La Moneda grabando a las 10 de la mañana. La familia se encontraba en Viña y comienzan a viajar a eso de las 6 de la mañana: “nos interceptaron los milicos y no pudimos pasar. Nos tuvimos que devolver y recuerdo a mi mamá llorando, desesperada, ambos con mucha angustia”, cuenta Alejandra. Luego de una semana los tres logran llegar a Santiago para enterarse de que ya no tenían trabajo y que varios de los amigos habían sido detenidos.

Ximena, la mamá de Alejandra, y Augusto se habían conocido en la Universidad de Chile, donde ambos estudiaron periodismo. Estuvieron juntos cuatro años antes de casarse y se separaron poco después de que naciera Alejandra, “porque mi papá era muy mujeriego”, cuenta Alejandra. Ella lo sabe porque, habiendo estudiado cine en Berlín, ganó en 2001 un fondo para hacer un documental sobre su padre. El 2002 comienza la investigación para reconstruir la figura de Carmona en su sentido político y social, más allá de la paternidad. Ximena siempre le había dicho a Alejandra que la separación se debía a diferencia de personalidades, pero de todas formas la pareja siguió manteniendo una buena relación. Padre e hija se juntaban todos los fines de semana o fin de semana por medio. Iban a los juegos Diana y pasaban vacaciones en El Quisco, armando castillos de arenas y puzzles, paseando mucho. Iban a ver películas del oeste y “ ahí mi papá me explicó que los buenos eran los indios y los malos eran los cowboys”, recuerda entre risas Alejandra: “me llevaba mucho a reuniones con sus amigos. Yo vivía en el barrio alto en Las Condes y él vivía abajo; y me llevaba a unas casas donde se sentaban en el suelo y para mí era todo como super… exótico… jajaja. Siempre lo pasaba muy bien con él porque él era muy relajado, me daba muchos espacios de libertad como niña y en mi casa eran como más disciplinados”.

Después de ese 15 de octubre Alejandra no volvería a ver a su padre. El único contacto que tienen es a través de cartas. A ella le explican que los militares “se habían vuelto malos y que había un gobierno muy malo y nos teníamos que ir porque nos podían matar”, cuenta Alejandra. Su madre y Julio Fuentes, su padrastro, no militaban en ningún partido, pero Ximena trabajaba en el Canal 9, conocido como “el canal de Allende”. Logran salir por el aeropuerto y Alejandra recuerda que “fue muy doloroso dejar a mis compañeros de colegio, a mi papá. Me explicaron que él se iba a quedar aquí luchando contra los militares y que yo tenía que irme con mi mamá y Julio a otro lugar”. Ese lugar finalmente fue la ex RDA.

En Chile, Augusto y Lucía, su pareja en su minuto, nunca se cuestionan el quedarse y pasar a la clandestinidad. Sólo pueden pensar en el día a día y dónde pasar la noche para que no los encuentren y en la gente que debe quedarse por obligación, que no tiene la posibilidad, como ellos, de asilarse e irse. Tampoco habían debatido demasiado sobre los problemas de un embarazo en 1973, con la amenaza del Golpe latente, sospechando cada cierto tiempo lo que se viene. Augusto le dice a Lucía que en la guerra de Vietnam las mujeres siguieron teniendo hijos.

Lucía va a controles con un médico amigo, sus ex compañeros de trabajo y compañeros del MIR le consiguen pañales y cosas para su hija. De la pieza que arrendaban tuvieron que irse cuando un vecino fue detenido. De ahí pasaron a una casa en La Capitanía en Las Condes, que Sonia Edwards -hermana de Agustín y miembro del MIR- les ayuda a conseguir firmando como aval: “Ahí pudimos vivir de forma más segura, porque era un barrio facho. No iban a ir a allanar”, recuerda Lucía.

Pero ahí tampoco duran mucho y deben partir. Primero a la Villa Macul y luego a San Miguel. Durante todo ese tiempo Augusto intercambia cartas con Alejandra: “un tema recurrente es su salud, porque a él lo operaron del corazón. Entonces siempre me está contando cómo se va sintiendo, que a veces se sentía más cansado, que el frío le afectaba. Que le gustaba escribir en su máquina. Después me preguntaba mucho sobre mí”, cuenta Alejandra. Su padre también le cuenta sobre “la guaguita que viene en camino”, y cuando nació “me describía cada momento de su vida”, dice Alejandra; y recalca que su padre se preocupaba de inculcarle valores, de que no hiciera rabiar a su mamá ni a Julio: “yo me angustiaba porque me iba mal en una pruba. Entonces él me decía que no me preocupara, que lo importante es que hagas las cosas bien, que seas una niña con valores, íntegra”.

En la clandestinidad Augusto, que había sido presidente del centro de alumnos en la universidad, se dedicó a contactar a familiares de detenidos y enviar información a México. También, durante la VI asamblea de la OEA en Chile en 1976, Carmona se encarga de hacerle llegar información sobre las violaciones de derechos humanos a miembros de las delegaciones y periodistas extranjeros. Pero en la calle Augusto anda siempre con una carpeta y un maletín, simulando ser vendedor de libros para una editorial mexicana.

Con esa carpeta lo recuerda siempre el escritor Reinaldo Marchant, que vivía en el mismo barrio que Carmona. Para diciembre del ’77, por razones de seguridad o personales, Lucía y Augusto estaban viviendo en casas separadas. Él estaba en Barcelona 2524 trabajando para ayudar a su amigo, Horacio Marotta con quien había entrado al MIR. Augusto le estaba consiguiendo un pasaporte para poder salir de Chile.

En la investigación para su documental, Alejandra llegó a hablar con María Angélica Álvarez, conocida como la Jupi, que en ese tiempo colaboraba con el MIR y supo que en 1977, el año en que su padre fue asesinado, “ellos estaban juntos, habían tenido una relación de pareja durante la clandestinidad. Y ese día se juntan a conversar en la tarde en un local en avenida Matta. Se toman un borgoña y deciden volver. Y mi papá le dice que tiene que ir a dejar este pasaporte, pero iba a volver y se iba a ir a la casa de ella”.

Carmona va al punto a encontrarse con su enlace, para iniciar el proceso que le haría llegar el pasaporte a Marotta, pero el enlace no llega. Eso, para cualquier militante del MIR, significaba esconderse porque lo más probable es que la persona hubiese sido tomada detenida y que pudiera dar información sobre sus compañeros. Y precisamente fue eso lo que sucedió. Marotta y las dos mujeres que actuaban como enlaces habían sido detenidos y torturados. Por alguna razón, Carmona, en vez de buscar refugio, vuelve a la casa de Barcelona 2524.

Reinaldo Marchant, que por ese entonces tenía cerca de 18 años, recuerda que ese día vio autos y gente extraña en el barrio: “uno se conocía ahí con la gente y se notaba cuando habían personas que no eran de ahí”, dice el escritor. Ese 7 de diciembre Marchant llegó a su casa y la encontró tomada por agentes de la CNI, que hace poco había reemplazado a la DINA en la represión. Lucía señala que para 1977 Chile y Pinochet ya tenían una mala imagen internacional por las violaciones a los derechos humanos en la desaparición de personas: “por eso la DINA tomó la medida de los exterminios selectivos”, cuenta la periodista.

Marchant vivía a unas cuantas casas de Carmona y todavía se acuerda del periodista cuando llega a su casa a abrir la puerta, porque eso estaba haciendo Augusto, con las llaves aún en la mano, cuando una ráfaga le llegó directo al torso desde adentro de la casa. Reinaldo ve salir a una figura grande, robusta, con un arma grande cubierto por una frazada.

La Jupi se quedó esperando a Augusto, que nunca llegó. También lo esperaba Lucía al día siguiente que era feriado. Al otro día Lucía lee en los diarios que murió Luis Barrera Domínguez, que era la chapa de Augusto. Se trató de convencer de que quizás le había pasado su nombre a otra persona, pero unos días después aparece el nombre real y Lucía y su hija deben continuar eludiendo la represión, viviendo en la clandestinidad. La muerte de Augusto fue una nueva y más directa razón para continuar en la lucha de resistencia a la dictadura. El año 1987 la persecución se hace insostenible y viajan a Argentina

La prensa de la época cubrió el hecho como un “enfrentamiento armado” y durante años en la historia oficial se creyó que así habían sucedido los hechos. Incluso Lucía llegó a creer por mucho tiempo que Augusto había muerto enfrentándose a los agentes de la CNI: “nosotros teníamos la decisión de defendernos, no de entregarnos. Entonces yo pensé que él efectivamente había usado su pistola, y era como una especie de consuelo, por lo menos pudo hacer algo. Entonces el saber la verdad fue un shock, porque era horrible”, dice Lucía.

Años después, a mediados de los ’80, Reinaldo Marchant presenta un libro de cuentos. Uno está dedicado a Augusto Carmona y cuenta su historia. Ahí está la hermana de Augusto y por fin se comienza a saber la verdad luego de que en 1993 la justicia militar sobreseyera la causa aplicando la ley de amnistía. El 2001 Alejandra vuelve a Chile y por fin puede conocer a su hermana, a quien había tratado de contactar durante todo el tiempo que estuvo fuera, pero cuyo encuentro no pudo concretarse porque Lucía y Eva estaban en la clandestinidad. Marchant testifica voluntariamente y durante la semana pasada se anunció que, 35 años después, 8 ex militares serán procesados por delitos de lesa humanidad, de los cuales cinco están en libertad o con salidas de fin de semana.