Foto: Alejandro Olivares

Madrugada del martes

Faltan solo horas para que se inicien los funerales que nunca creímos presenciar. Pasada la medianoche del lunes el ambiente es irascible en la Escuela Militar. Es de guerra. Los pinochetistas hacen cola. En su mayoría son jóvenes, muchos de pelo corto. Como los que atacaban a una corresponsal española que hacía un despacho a su país. La escupieron, la manosearon, le pegaron. A una mujer sola.

Todos llevan muchas horas allí y no muestran ni un deseo de abandonar sus puestos sin ver a su general. Cada cual quiere entrar antes que el otro.

En la tarde, Raúl Hasbún -extrañaba no haberlo visto antes- le ha hecho un responso. Pidió que Dios purificara los corazones de quienes se dicen “enemigos nuestros”. Porque califico en esa categoría, me estaciono lejos de donde la gente se congrega. No resisto la tentación de acercarme. Pienso que si mis pasos me han llevado hasta aquí es porque en el fondo quiero entrar, sin bulla, sola, y ver de cerca el cuerpo de Pinochet. Imposible.

Es raro, difícil de creer. Pinochet no tendrá tumba para que lo recuerden y le rindan homenaje. Él, que no respetó nunca la muerte ajena, que no le dio derecho de sepultura a sus enemigos, que mandó a miles a la tortura y a otros a que les rajaran el estómago con corvos para lanzarlos al mar atados a rieles. O a enterrarlos en el desierto. O en los valles. O en las minas abandonadas. Para que no los encontraran nunca. Ese hombre fue condenado por su prontuario a no tener tumba.

Pinochet y la muerte. Pinochet hablaba siempre de muerte. Cuando le ofrecían un avión a Salvador Allende para sacarlo del país. “El avión se cae, viejo, cuando vaya volando… Matando a la perra se acaba la leva”, le dijo el 11 al almirante Patricio Carvajal, el coordinador de los conjurados, en los tensos minutos en que le hacían creer al Presidente que respetarían su vida y la de los suyos. Un engaño que Allende no creyó y que permitió que más tarde se oyera el metal de su voz en el mensaje que algunos periodistas rescataron desde la Radio Magallanes.

Ninguno de los sueños que Pinochet tuvo para su funeral se cumplirá. Alguna vez quiso un funeral napoleónico, con una tumba de emperador donde se le rindiera homenaje por los siglos de los siglos. Pero no la tendrá, por miedo. Tampoco un funeral masivo, con millones vitoreándolo y con gente llorando su paso en la cureña tirada por caballos con su féretro, con él al centro enfundado en la guerrera azul que usó el día que salió del Ejército; la de las presillas de Capitán General de O’Higgins y que ya ningún otro general volverá a usar en la historia.

No. Su paso por la ciudad mañana será el de un convicto que pasa en helicóptero Puma por el cielo. Un Puma como el de la Caravana de la Muerte, el juicio por el que lo desaforaron el 2000. Un Puma que lo llevará desde la Escuela Militar, con guardia armada, hasta el frío cinerario en Con Con.

Hace 34 años el cuerpo de Allende también voló a la Quinta Región, pero a la base aérea de Quintero, en un avión C-47 de la FACH. El cadáver viajó como un delincuente peligroso, en secreto y rodeado de armas.

El día anterior el cadáver había salido de La Moneda en los brazos de bomberos, envuelto en un chamanto boliviano y rodeado de soldados que acababan de tomarse el palacio. No era el único a la intemperie ese día: miles estábamos igual, sin techo, sin piso, sin muros y sin cielo. A merced de las fieras.

Martes

“¡Mientras exista Chile, habrá pinochetismo!”, dice el cartel que lleva uno de los pinochetistas en la cola. Más que juramento, suena a amenaza. Están enojados.

Es martes y es día de entierro. De cremación. Hacen cola desde temprano en la Escuela. Son hostiles, pero devotos de su líder muerto.

Hace tres décadas, sus padres celebraban. Todavía siento los vítores, las carcajadas. Veo las botellas de champagne y el festejo primitivo que había en la ciudad cuando todavía salían las columnas de humo negro de La Moneda y ya había gritos en el regimiento Tacna, lleno de prisioneros de la primera hora. Enrique Paris, Claudio Jimeno, Jorge Klein, Ricardo “Máximo” Pincheira y tantos otros sacados de La Moneda y luego asesinados y enterrados en un lugar secreto que años después sacó de sus entrañas los pocos restos que las fieras dejaron.

Con los pinochetistas al frente, me recuerdo de ellos. De ese día, que veo seminublado y frío, cuando intentaba salir del centro junto al periodista Carlos Dorat y no sabíamos que a esa hora le hacían la autopsia a Allende para no encontrarle ni un gramo de alcohol en la sangre y esconder los resultados durante 26 años, hasta 1999 cuando un oficial de Ejército me la entregó.

Ahora, por la televisión, otro oficial de Ejército habla. Es Óscar Izurieta, el comandante en jefe. Le rinde honores a su ex comandante. Mientras habla, no puedo dejar de pensar en qué habremos hecho mal para que un asesino en serie, reconocido por todo el mundo como tal, deba ser honrado por esos soldados que juraron defender la vida de todos los chilenos, en una parafernalia que llega como una señal nítida de que pueden volver a repetir un  Golpe de Estado. La impunidad está asegurada es el mensaje. Eso estremece.

Vuelvo a pensar en Allende, en el cementerio Santa Inés. Allí llevaron su féretro los militares, escondido.

-Recuerdo cada uno de los detalles del día y de la forma en que me tocó enterrarlo, sola, sin mis hijos, con un cementerio tomado por las FF.AA., rodeada de cañones, ametralladoras, apuntándonos como si nos fuéramos a raptar su cadáver, de las dudas inmensas que tenía de a quién estaba enterrando porque nunca me dejaron verlo… Hice un esfuerzo muy grande y no derramé ni una sola lágrima. ¡Me las tragué! -me contó una vez Hortensia Bussi de Allende de ese día, triste.

Nunca la dejaron verlo. Trató de hacerlo dos veces. Siempre le dijeron que “más adelante”. Cuando bajaron del avión, el ataúd ya estaba sellado.

El edecán Fach de Allende también me contó ese día. Se llamaba Roberto Sánchez, y me dijo que cuando llegaron al cementerio la tumba ya estaba cavada y abierto el mausoleo. “Tomamos el féretro los dos hermanos Grove, los sepultureros, seis, y yo. Lo bajamos. Cada uno de nosotros echó un puñado de tierra. Estábamos todos pálidos, desencajados. A la distancia observaba un jefe de la Armada. Los sepultureros siguieron paleando y cuando la faena estuvo terminada, en medio de un completo silencio, la señora Hortensia tomó unas flores de por ahí y dijo ‘¡Qué todos sepan que aquí se ha enterrado al Presidente constitucional de Chile’, y puso las flores sobre su tumba”.

Esas fueron las únicas flores que tuvo Allende en su entierro. El almirante Walbaum y los otros uniformados que miraban no tuvieron un solo gesto de esos valores cristianos que ese día decían defender. A esa misma hora ya torturaban a los prisioneros en el cuartel Silva Palma de la Armada y pronto los buques Lebu y la hasta entonces inmaculada Esmeralda pasarían a ser cárceles. Allí moriría el sacerdote Woodward, como quedó claro en la bitácora oculta de la Esmeralda, que la ministra Vivianne Blanlot recuperó hace pocos meses y que permite que hoy, mientras es llorado Pinochet, se rastree el cuerpo del sacerdote en el cementerio de Valparaíso.

A partir de ese entierro clandestino Salvador Allende se convirtió en el primer desaparecido: sin ficha de defunción en el Registro Civil y todos sus registros desaparecieron.

33 años después, a esta hora el cuerpo del Pinochet deber estar ardiendo a más de mil grados Celsius en el crematorio del cementerio Parque del Mar, donde además está enterrado el almirante Merino. Pinochet en llamas. Como las fotos de los cuerpos quemados y despedazados que encontré hace ya veinte años en un archivo que ocultaba el jefe de la DINA en Buenos Aires, Enrique Arancibia Clavel. Cuerpos cuyas identidades hasta hoy nadie conoce, y que reclaman una tumba, una ceremonia.

Hoy

En los ochenta conocí a un oficial de la DINA. Tenía el rostro desencajado cuando comenzó a contarme, llorando, cómo le habían enseñado a cremar en hornos hechizos huesos de detenidos desaparecidos.

Era la “Operación Recuperación de Televisores”, el atroz nombre clave del operativo que ordenó Pinochet después de los hallazgos en los hornos de Lonquén de cuerpos de detenidos desaparecidos. Hasta entonces no existían los desaparecidos. Lo decían militares y civiles. Se habían escapado, se habían ido al extranjero o a la guerrilla o se mataban como ratas entre sí, como lo dijeron con 119 de los nuestros en la Operación Colombo, la misma que estaba detallada paso a paso en los documentos que Arancibia Clavel tenía en Buenos Aires como seguro de vida cuando los argentinos lo acusaron de ser espía chileno. Nombres escritos de puño y letra, con el paso cordillerano donde los harían aparecer cruzando a Argentina, sus cédulas de identidad, todo. Pruebas irrefutables, que ellos negaban, que ellos ridiculizaban. Y mandaban a viudas, madres, padres y hermanos a errar por hospitales, regimientos, oficinas, cárceles, comisarías, morgues y hasta asilos para dementes a buscarlos.

Pinochet a esta hora debe ser cenizas. No debe quedar nada de su cuerpo. Del físico, porque sus marcas siguen en los vivos, en las víctimas que aparecen en los noticiarios. En Ana González, Viviana Díaz, en Ulda, en Aminta Traverso, en Mónica Araya, en Carmen Vivanco, en Pamela Pereira, en todos esos rostros que aprendí a conocer y a querer en los años en que ellas buscaban a los suyos. Años en que se enfermaban, pasaban miserias, eran detenidas, se encadenaban a las rejas de la Cepal y de los tribunales, hacían huelgas de hambre. Y siempre seguían buscando, aunque los jueces les dijeran que sus familiares no estaban prisioneros de nadie, que los desaparecidos los tenían curcos o como le dijera un presidente de la Corte Suprema a Estela Ortiz cuando ella le fue a implorar que fuera a la cárcel secreta donde estaba su padre Fernando: que no molestara, que se iba de vacaciones y que no las interrumpiría.

Pinochet ya es cenizas.

Mañana

Este viernes es 15 de diciembre, el día en que el profesor universitario Fernando Ortiz fue secuestrado en la Plaza Egaña hace 30 años. Nunca más volvió. Hoy recuerdo su cara, la voz que tenía. Lo vuelvo a ver en una esquina de Ñuñoa a fines de 1973, con Ricardo Aroca al lado y él diciéndome que tengo que irme de Chile, que él seguiría buscando a los que estaban muertos, presos o desaparecidos, tratando de salvar a los vivos y organizar a los que quedaban. Él me dio el dinero para mi viaje a París.

Hace algunas horas, desde la Escuela Militar, los pinochetistas denunciaban la traición de la prensa internacional, de los líderes de la derecha, del gobierno. La traición del mundo entero.

Traición, repiten.

Es inevitable la sonrisa. Pinochet construyó su poder –total, terrorífico- traicionando gente. Llegó a la jefatura del Ejército de la mano de su comandante en jefe, el general Carlos Prats y de su obsecuencia para con el Presidente Salvador Allende y sus ministros de Defensa, José Tohá y Orlando Letelier. Fue diecinueve días antes de bombardear La Moneda, el 23 de agosto. Antes del mes en el cargo, el general leal era el más fiero de los cuatro golpistas, el que pedía rendición incondicional por las radios internas de las fuerzas militares que asaltaron Santiago.

Traición.

Llegó como allegado a la conjura que los complotados -el almirante José Toribio Merino, el general Gustavo Leigh y el general de Carabineros Arturo Yovanne- ya tenían andando hace tiempo, con -hay que decirlo- su cuota de valentía, pues conspiraban en unas fuerzas armadas que eran en un 60% allendistas.

Traición.

Pinochet llegó a última hora a la conjura. Entre el 7 y el 8 de septiembre, jugó a escabullirse, esquivó los mensajes que Merino, Leigh y Patricio Carvajal le mandaban. Mensajes perentorios. Mensajes de golpistas.

A última hora mandó a su familia a la Escuela de Alta Montaña en Los Andes, al lado de la frontera; la única encabezada por un coronel -Gustavo Cantuarias- abiertamente allendista. Como no sabía qué pasaría, se subió al carro golpista y cuidó su retaguardia. Por si todo fracasaba.

Pero los golpistas ganaron, y el hombre que a último minuto decidió traicionar su historia, encontró una llave para llegar al poder. El coronel Manuel Contreras, formado en la Escuela de las Américas de Estados Unidos. Y de los dos nació la DINA. El ejército en las sombras de Pinochet. El terror.

Pero a la larga ese ejército de asesinos traicionó a su líder. Cuando regresó de sus 503 días preso en Londres, sus hombres comenzaron a reconocer. Confesaron crímenes: secuestros, torturas y asesinatos.

Pero Pinochet siguió negando. La guerra sucia se la endosó a sus subalternos, que fueron llenando las cárceles por los crímenes que ejecutaron invocando su nombre. Y de su amenaza lanzada en medio de corvos acerados de que “si tocan a uno solo de mis hombres se acaba el Estado de Derecho”, nunca más se acordó. Manuel Contreras, hoy en prisión, es uno de los que no llora su muerte.

Tampoco lo hace el teniente coronel Carlos Herrera Jiménez, el hombre que degolló a Tucapel Jiménez, al que visité en Punta Peuco sin permiso del gobierno ni de los militares para que me contara los fusilamientos de Pisagua y el crimen de Tucapel. Un hombre marcado por la derrota y el dolor, que había creído en esa revolución a la que Pinochet lo invitó para hacer un nuevo Chile. Una fe que mantuvo hasta que descubrió que sólo se había redistribuido la riqueza, el botín.

-El uso que hizo de nosotros la derecha económica fue terrible! Sí, ¡me siento usado!, ¡usado! Y cómo no, ¡si construimos una sociedad en la que ni siquiera tenemos cabida! No, ¡no era esto lo que buscábamos!, o por lo menos así lo entendí yo. Luchamos por el cambio, por la libertad individual, por igualdad de oportunidades, igualdad de trabajo, que todos nuestros hijos tuvieran acceso a la educación. ¡Cómo se le ocurre que nosotros, los militares, íbamos a querer que reinara el dios dinero! Nosotros, que nunca hemos formado parte de los ricos, ¡cómo íbamos a querer esto! –me dijo en la cárcel.

La ira de sus hombres encarcelados se hizo mayor cuando lo vieron disfrutar de su mansión en La Dehesa, en el sector más rico de Santiago. Y de la impunidad que obtuvo en su última trinchera: simular demencia.

Una barrera que no lo salvó de su último desastre. Porque pese a los 62 años usando uniforme y a las décadas en el poder, Pinochet no vio venir el misil que le cayó en julio de 2004 desde el Senado norteamericano: las pruebas de su fortuna secreta escondida en el Banco Riggs. De ahí en adelante sí que nada fue como antes. Otro juez, el chileno Sergio Muñoz, descubrió 123 cuentas y fideicomisos en distintos paraísos fiscales, hasta juntar 27 millones de dólares.
Recién entonces fue que Pinochet se quedó solo.

Las viudas

¿Habrá pensado en sus últimos días en Piedad? Esa fue su traición más secreta, la mujer que amó, la pianista ecuatoriana que le enseñó que no era necesario esconder las debilidades propias para seducir. El amor secreto de Pinochet.

La conoció cuando era un joven capitán enviado a la Academia de Guerra de Ecuador. Y allí se quedó parte suya cuando debió volver a Chile junto a su familia, junto a su esposa.

Pero a Piedad nunca la olvidó, y ella tampoco.

Sólo volvieron a verse cuando él dejaba el poder y ella, aquejada de un cáncer terminal, viajó a Chile. A despedirse.

Nunca nadie lo vio llorar como aquel día en que se despidieron para siempre. El encuentro fue secreto, pero no para todos.

Pinochet, sus mujeres y sus secretos.

Lucía tenía el poder. Podía enrostrarle cosas, rebelarse.

Cuando llevaban sólo cinco años en el poder, y el general Sergio Covarrubias le enrostró a Pinochet que estaban al borde del precipicio por seguir defendiendo a Manuel Contreras, a pesar de todas las evidencias que Estados Unidos había reunido en su contra para culparlo del asesinato de Orlando Letelier y Ronnie Moffitt, Pinochet decidió deshacerse de su hombre en las sombras. Y pasó a retiro a Contreras.

Fue esa noche que se dio una de las más grandes crisis del matrimonio del dictador. Lucía le dijo que traicionaba a su mejor aliado y luego partió rauda a la casa del general caído, en Príncipe de Gales. Los que la vieron dicen que fue impresionante. La esposa del general arengó a los agentes de la DINA que habían ido a apoyar al jefe de la policía secreta.

“Esta afrenta se lavará con sangre”, la escuchó exclamar un oficial que me relataría lo sucedido.

Y cumplió. Lucía se pasó una semana fuera del hogar. Una semana en la que la figura de Piedad nuevamente pobló los sentidos del dictador. Hasta que el general Sergio Covarrubias fue enviado al exilio: desde la jefatura del estado Mayor Presidencial, el principal asiento al lado de Pinochet en el Diego Portales, pasó a dirigir los batallones de Punta Arenas.

Su esposa celebraba sus 84 años cuando Pinochet murió. Una mujer que conocía bien al matrimonio asegura que eso fue decisión de Avelina, la madre de Pinochet. Avelina, la mujer que lo hizo entrar a la Escuela donde había sido rechazado tres veces, y que le decía que su destino estaba reservado para grandes obras, y lo convenció de construir un mausoleo familiar acorde con su poder a poco andar la dictadura.

Avelina, que murió en 1986 y desde entonces no hubo paz para Pinochet en el cementerio. Desde el Patio 29, los muertos que enterró allí, pedían justicia. La tumba quedó abandonada. A partir de entonces Pinochet soñó con tener una sepultura en la Escuela Militar.

Lucía Hiriart se contentó con la idea. Nunca le gustó el mausoleo de la madre.

En ella pienso cuando escucho que Pinochet está muerto. En la mujer que lo acompañó 62 años, los mismos que estuvo en el Ejército. Pienso en ella y en que una vez más debo abandonar a mi familia para ir a ocuparme de la vida y la muerte del hombre que representa lo peor de lo nuestro y que terminará en cenizas, junto a su terror.

Ahora, con Pinochet ya convertido en polvo pienso en su estadía en el Hospital Militar, y en que debe haber oído al hombre que, sin miedo, llegó a cantarle la Plegaria a un Labrador de Víctor Jara cuando se reponía de su primer infarto al miocardio. Debe haberlo oído y debe haber comprendido que ya no inspiraba temor y que no dominaba lo que pasaría tras su muerte.

Y pensando en eso, creo, debe haber sentido miedo.