Fue en un ensayo en el conservatorio de Copenhagen, mientras tocaban una obra de Ravel, que Lars Graugaard y Asunción Claro se conocieron. En esa época, Graugaard estudiaba flauta. El flechazo fue inmediato. El músico lo recuerda bien.
-Ella se enojó porque era un ensayo en que ella tenía una parte muy difícil de tocar y yo no la dejaba de mirar- cuenta.

Al año y medio ya eran pareja. Mientras se conocían, dice Graugaard, surgió la riqueza de la combinación de dos culturas diferentes.
Lo que más le atrae de la música a Graugaard es su capacidad de transmitir y representar sentimientos, algo que, dice, pasa en diferentes tipos de música. El danés hace música electrónica, toca en clubes, discos, escribe obras que se tocan en salas y trabaja con científicos

¿Cómo defines tu trabajo musical?
-El tipo de música es secundario, la música no es el estilo de música, es lo que se produce en el oyente, y eso se produce indiscriminadamente en una sala de concierto o discoteca. Hacer música no es lo mismo que tocar música, el fenómeno de la música se produce en un ecosistema, ese ecosistema es el local, el público, el intérprete, el compositor.

¿Las comunidades de internet serían ecosistemas?
-Sí, es un ecosistema pero falta un componente, porque el intérprete está congelado en el CD que contiene una información ya hecha que está encerrada, por lo mismo la grabación muchas veces no tiene nada que ver con la música en directo. El ambiente es relevante porque el club y la sala de concierto son dos mundos que piden dos tipos de música diferente.

¿Qué piensas de la música contemporánea? Las salas están cada día más vacías, ¿sigue despertando pasiones o sentimientos?
-En la música clásica el ejemplo obvio es Beethoven, que en su tiempo fue un gran revolucionario que cambió la música para siempre. Cuando el público decide ir a escuchar una sinfonía de Beethoven, esa que tuvo como visión un individuo que llega al cénit y se realiza, reconfirmas lo que sabes de ti, lo que es tu mundo. Confirmas lo que sabes, es como la música funcional. La música experimental hoy en día tiene esa capacidad que tuvo Beethoven en su tiempo, el problema es que el gran público busca una música que les reconforte y no tanto que les cuestione.

Además que se mueve en un circuito muy de elite.
-La idea tradicional es que la sociedad se divida en tres clases: baja, media y alta. Hace un tiempo leí un artículo de unos sociólogos ingleses que daba una mejor explicación de cómo entender las capas sociales porque con estas tres categorías algunos quedan afuera. Hablaban de que la sociedad moderna se puede dividir en 7 categorías y de estas 7, hay solamente dos que consumen arte y mucho

¿Cuáles son esas dos?
-Un sector de gente de 55 para arriba, con una vida realizada, sin hijos y con muy buena situación. Ellos buscan un arte que reconfirma lo que saben de ellos, entonces van a la opera a escuchar Puccini o Verdi, o van a los museos a ver un arte exquisito. El otro sector es el de los jóvenes que ya no viven en casa y que aún no han formado familia, ellos buscan todo tipo de música o cosas más experimentales como instalaciones, y lo hacen porque ellos, para entenderse a sí mismos, buscan una visión de futuro y lo encuentran donde los artistas también lo buscan.

Como tú.
-Yo aprecio las dos cosas, me interesa mucho la actualidad de la música “clásica” y la búsqueda que tienen los jóvenes. Para mí estos dos lugares son naturales, no tengo ninguna contradicción con ellos y no trato de que uno no influya a otro.

¿Cómo defines estas dos músicas en las que trabajas?
-Yo necesito las dos cosas porque la música de partituras es muy sutil y de mucha riqueza, puedes ir muy lejos en cosas técnicas, manejas complejidades muy altas, mientras la música del club es en cierto sentido una reducción, una proposición sencilla que no la hace menos música sino que simplemente es una característica, y hay que hacerlo sutilmente para que funcione. Los dos mundos son exigentes.

¿Qué estás haciendo con científicos en la Universidad de Nueva York?
-Investigación en musicología cognitiva. Me contactaron del Steinhardt de la Universidad de New York. Ellos no distinguen entre educaciones artísticas y científicas, están las facultades de música clásica y jazz junto con los científicos que trabajan en informática, o en aspectos de la música desde la medicina o estudios sobre el cerebro y lo que hicimos es que yo con los profesores desarrollamos proyectos de arte, que sean relevantes por su contenido científico basados en la cognición humana. Eso ha ido muy bien.

En tu último disco de Adduce con Juan Cristóbal Saavedra, el ritmo y las percusiones son protagónicas
-Sí, sigue siendo así y estamos buscando un color más oscuro. El otro día que masterizábamos con un colega, hablábamos de eso y me dijo que el sonido del Deep House tiene una cosa acogedora pero combinado con el tecno da como una chispa un poco más radical, te eleva de tu conformidad. Y en la música escrita he trabajado mucho en la correlación entre la escritura y el tipo de música. Parte de la tragedia de la música contemporánea es que se aleja del público y eso es porque emocionalmente….

Le falta de empatía, una música no empática.
-Claro, exacto. Cuando compongo uso el modelo de un científico (Russell) que define las emociones básicas en un campo de dos dimensiones donde tienes intensidad baja y alta y calidad positiva y negativa de las emociones y eso hace que puedas poner, según el grado de estos dos valores, emociones alegres de alta intensidad positiva o rabia que es de baja intensidad negativa y esto se puede relacionar y ver en la partitura. Cuando analizas la música contemporánea por las disonancias e irregularidades se coloca en lo que son las emociones negativas y yo creo que activa toda la paleta emotiva adentro de nosotros cuando escuchamos música. La música es una manera de activar toda tu gama emotiva sin correr peligro. Puedes sentir tristeza sin que te pase nada.