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Santiago Salgado (62) nunca había pensado en el color de su piel, en el largo de sus huesos, en la forma de su cabeza, en el ángulo de su mentón, en el ancho de sus labios, en los rulos de su pelo. Tenía 17 años y estaba de intercambio en New Castle, EE.UU., cuando llegó a la casa en la que se hospedaba una hoja del censo, en la que se vio obligado a participar pues vivía allí. Entre las primeras preguntas le pedían definir su raza o etnia y le daban varias opciones: amerindio o nativo de Alaska, asiático, negro, blanco o alguna otra etnia. Santiago pensó unos minutos y marcó la opción “Blanco”. Todos lo miraron extrañados. “¿Chago, por qué eres tan negro?”, le preguntó la hija de los dueños de casa. Él la miró a ella, una niña blanca y rubia, se miró a sí mismo, volvió a pensar unos minutos, y contestó: “Por el sol de Arica”.

Hasta hace 15 años, los descendientes de los esclavos africanos que llegaron a Chile durante la colonia -que hoy se encuentran en su mayoría en la región de Arica y Parinacota-, no hablaban de su ascendencia. Su objetivo, por el contrario, era mezclarse y “blanquearse”. “Qué linda, ¡tan blanquita!”, se escuchaba exclamar a las abuelas, mientras daban vuelta a las guaguas para asegurarse de que no tuvieran la mancha en los glúteos que los identifica como afrodescendientes. La familia de Santiago Salgado no era la excepción.

La “chilenización”

Ese esfuerzo por pasar desapercibidos se arrastraba desde los tiempos de la Guerra del Pacífico, cuando para preparar el plebiscito en que se definiría si Arica y Tacna pertenecían a Chile o a Perú, el gobierno chileno instauró un plan de “chilenización” en esa región. Este incluyó, entre otras medidas, poblar el lugar de chilenos provenientes del sur. En ese proceso se asoció a los “negros” con la identidad peruana; y se les persiguió con la intención de expulsarlos. Era común que las puertas de sus casas aparecieran marcadas y eso hizo que muchos se fueran a Perú, específicamente a Sama, cerca de Tacna.

A otros les quitaron sus casas, sus negocios y sus tierras en los valles de Azapa y Lluta, donde habían vivido humildemente en casas de barro y caña, cultivando camote, plátano, maíz y olivos; y criando animales. El argumento fue que no tenían papeles para demostrar su pertenencia. Eso hizo que la emigración forzada continuara. “Aquí nadie tenía papeles. Entonces llegaron los chilenos con papeles en mano diciendo que esa tierra les pertenecía y que los apoyaba la ley. Así perdió mi padre las tierras que tenía en Azapa. Nunca pensó que el papel valía más que el trabajo”, cuenta Bernardo Quintana en el libro “Oro Negro”, de Gustavo del Canto.

Una vez firmado el Tratado de Lima, que en 1929 definió el límite entre Chile y Perú, los afrodescendientes que quisieron quedarse en Arica tuvieron que nacionalizarse chilenos, o vivir ilegales en las profundidades de los valles de Azapa y Lluta, asumiendo que si los pillaban, los mataban.

El padre y la madre de Santiago eran mulatos, pero en su casa no se hablaba de eso. Se comía, eso sí, chanfaina: un guiso de pulmón de animal con papas, zanahoria y abundantes condimentos. También picante de mondongo: de guata de vacuno, ají y papas. Ambos son platos que nacieron de la necesidad de sus antepasados de alimentarse con las sobras de los animales que dejaban sus dueños. Pero eso tampoco se comentaba.

Cuando era niña, a Marta Salgado (67), hermana de Santiago, le gustaba vestirse de colores, con encajes y seda, a pesar de que nadie le había enseñado eso y su madre y abuela solían vestir ropas oscuras. A diferencia de su hermano, Marta siempre se supo de alguna forma distinta. En el colegio le decían “negra”, “negra curiche”, “negra poto de la olla”. “Eso hace que uno forme una personalidad, en el caso mío agresiva, fuerte. Pero a otros se les dañaba la autoestima”, dice.

A Santiago, en esos años, más lo molestaban por el estrabismo que tenía en un ojo que por el color de su piel. “De todas maneras, el peor insulto que te podían decir no era negro; era indio”, asegura. Y recuerda que Arica es un lugar multiétnico, donde se mezclan afrodescendientes, indígenas y “chilenos”.

De vuelta de EE.UU., cuando entró a la Universidad Católica del Norte a estudiar Ingeniería Electrónica, Santiago se dejó crecer un afro y se empezó a sentir identificado con los atletas negros que veía correr en las olimpiadas de 1972. A Marta le tomaría varios años más sentirse orgullosa de su herencia cultural. Pero una vez iniciado ese proceso, le dedicaría todas sus energías.

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“Vendo negra borracha, ladrona y huidora”

Los primeros esclavos llegaron a Chile con Diego de Almagro y Pedro de Valdivia. Desde entonces, miles de africanos siguieron llegando principalmente desde el Congo y Angola. La mayoría entraba por Valparaíso, pero había algunos que llegaban caminando desde Buenos Aires. Todos eran forzados a trabajar en servicios domésticos, en la minería y agricultura.

Arica pertenecía entonces al virreinato del Perú y recibió a africanos que llegaban a las chacras, principalmente dedicados al trabajo doméstico y a la producción de caña de azúcar y algodón, importantes fuentes de ingresos para los hacendados del lugar. Como le pertenecían a sus dueños -eran considerados bienes muebles, hipotecables y heredables-, los esclavos eran inscritos en los registros públicos con los apellidos de estos: Corvacho, Salgado, Llerena, Báez, Santa María, Albarracín, etc…

Además se vendían y esas transas quedaban registradas ante escribanos públicos. “Gonzalo de Ríos vende a Marcos Gómez, sastre, a una negra de 30 años, borracha, ladrona, huidora y enferma a 270 pesos de buen oro”, cita el historiador ariqueño Alfredo Wormald en “El mestizo en el Departamento de Arica”.

Como era un negocio lucrativo, en el valle de Lluta se habría instalado un criadero de esclavos: sementales que inseminaban a mujeres que parían año a año esclavos para sus dueños. “Estamos iniciando un proceso de búsqueda para comprobar eso. Los archivos parroquiales del lugar arrojan la repetición de apellidos españoles y eso podría dar luces de por qué nacían tantos Sánchez, por ejemplo”, dice Viviana Briones, historiadora especializada en el tema de la esclavitud en el norte.

Después de siglos durante los cuales los españoles utilizaron a los africanos para el trabajo forzado -porque les parecían más eficientes y menos combativos que los indígenas- en 1811 se dictó la ley de libertad de vientre, que establecía que los hijos de esclavos eran libres. Pero esta tuvo poco impacto, porque a esos niños simplemente nadie los inscribía. De todas formas, algunos fueron logrando su libertad: la compraban, la recibían como herencia cuando morían sus dueños, o escapaban. En 1823 se eliminó la esclavitud en el país definitivamente.

En Arica, que entonces pertenecía a Perú, los esclavos no se quedaron tranquilos esperando que los liberaran. “Se suele pensar que el fin de la esclavitud nació del hombre blanco, pero en este caso no es así. Ellos interpelaban al poder. Hacían denuncias formales y acusaban a sus amos de abuso, de ‘acceso carnal reiterado’, pedían la liberación de sus hijos, etc… Decían: ‘Mi cuerpo puede aguantar cualquier castigo físico, pero mi alma no’”, cuenta Briones. Y agrega: “Ahí uno sale de la historia que dice ‘pobres negros esclavos’, porque vemos que ellos hicieron resistencia”. La esclavitud se abolió en Perú en 1854.

Una vez libres, los africanos y sus descendientes se integraron a la sociedad y se mezclaron con los españoles e indígenas. Un censo realizado en 1871 en Arica y los valles de Azapa, Lluta, Chaca y Codpa, muestra que de 7.844 personas, 2.715 eran “negros” o “mestizos de negros”. Tres décadas después, empezarían a ser perseguidos por la “chilenización”.

Desde entonces, su presencia en nuestro país sería sistemáticamente negada. Tanto así, que el mismísimo Pinochet lo hace en su libro “Síntesis geográfica de Chile, Argentina, Bolivia y Perú” (1963): “El origen racial de la población chilena está basado en la fusión de los aborígenes o indígenas con los conquistadores españoles que llegaron al continente. En el siglo XIX, la resultante de la unión indígena-española se mezcló con diversas razas extranjeras, dando por resultado un linaje blanco, de características físicas, morales e intelectuales muy propias, y que bien podríamos denominar ‘raza chilena’. (…). Gracias a las características del clima chileno, la raza negra no se ha desarrollado”.

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Todos somos afro

Tras un proceso de búsqueda y reivindicación de la historia de su familia y de los afrodescendientes chilenos, el año 2001 Marta Salgado -educadora de párvulos e ingeniera en administración pública- formó la ONG Oro Negro, con la intención de visibilizar a su comunidad. La acompañó su hermana Sonia, que durante 12 años fue alcaldesa de Camarones. Su hermano Santiago la apoya desde lejos porque se vino a vivir a la capital, donde trabaja independiente, tiene dos hijos y pertenece a la iglesia de los Testigos de Jehová.
“Mi mamá era Marta Enríquez Corvacho. La Corvachada es un gran tronco familiar colonial. Hay una familia que está haciendo su árbol genealógico que parte de ahí y lleva 640 personas. Mi papá era Santiago Salgado Cano. Esos apellidos ya estaban en los censos que contaban a los negros, zambos y mulatos”, cuenta.

El ímpetu de Marta se contagió rápido y fueron naciendo otras agrupaciones de afrochilenos en Arica: Lumbanga, Arica Negro o Colectivo de Mujeres Afrodescendientes Luanda, entre otros. Buscando rescatar sus tradiciones, estos grupos han llenado las calles de esa ciudad de comparsas, carnavales, música y bailes. Además, han recuperado celebraciones como la Cruz de mayo, la Pascua de los negros y la virgen de Las Peñas.

“En esta última bailan los Morenos de Livilcar: varones de todas las edades que visten de azul marino, con camisa blanca, corbata azul, guantes blancos y matracas. El sonido que produce ese instrumento, al ritmo de un pasito corto, simula el ruido de las cadenas de los esclavos”, cuenta Marcos Llerena, descendiente de familias afro y andina.

“Yo digo que mis abuelos son de la aristocracia afrodescendiente, los Llerena Corvacho. Son igual de pobres, eso sí. Mi abuelo espantaba las moscas en un cultivo de caña de azúcar”, dice Llerena. Él, sin embargo, es licenciado en Historia del Arte, dirige el Liceo Experimental Artístico de Quinta Normal y hace clases en las universidades de Chile y Playa Ancha: “El tema de la negritud siempre está en mi cátedra, porque es muy poco conocido. En algún momento la población afrodescendiente fue quien mantuvo económicamente al norte de Chile. Tenemos un rol cultural, económico y social importante que ha sido muy postergado”.

En 2009 se presentó un proyecto de ley que busca que el Estado de Chile reconozca la existencia de los afrochilenos y los considere en la toma de decisiones que puedan afectarles. Además, solicita que los censos los incluyan como una variable a contabilizar. Aunque esa moción aún se encuentra en primer trámite constitucional, esas demandas empiezan a ser escuchadas.

El pasado 24 de junio, la Presidenta Bachelet anunció el inicio de la consulta indígena, que antecede a la creación del Ministerio de Asuntos Indígenas, el Ministerio de Cultura y Patrimonio, y el Consejo de Pueblos Indígenas. “Debemos hacernos cargo de esta deuda histórica y acelerar el paso en aquellas políticas que vinculan al Estado con cada pueblo indígena: aymaras, atacameños, quechuas, coyas, diaguitas, rapanui, mapuches, kaweskar, yámanas, y debo añadir a los afrodescendientes de Arica que me lo pidieron”, dijo en esa oportunidad.

“Los afrochilenos de Arica son un grupo antiguo y bastante organizado. Hay dirigentas mujeres que fueron bien significativas en poner esto en relieve, han hecho muchas redes. Y lograron levantar un estudio del INE, que es el primer paso para las políticas públicas”, dice Fernanda Villegas, ministra de Desarrollo Social, quien explica que, si bien la consulta indígena no va a incluir a los afrodescendientes, porque se limita a los nueve pueblos reconocidos por ley, la nueva institucionalidad sí lo hará. Y especifica que no sólo a los nacidos en Chile, sino también a los que llegan como inmigrantes desde países como Haití, Panamá y Colombia.

El CNCA, por su parte, sí los incluirá en su consulta: “Con esto queremos asumir la pluriculturalidad inherente a Chile, un país con un patrimonio cultural que es producto del aporte de pueblos y culturas diversas. La riqueza de la contribución de esas comunidades a la identidad de la XV región es ampliamente reconocida”, dice la ministra Claudia Barattini.

El estudio del INE al que se refiere la ministra Villegas es la “Primera Encuesta de Caracterización de la Población Afrodescendiente de Arica y Parinacota”, publicada este año después de mucho trabajo y esfuerzo de las comunidades afro. Esta establece que existen en esa región 8.415 personas que se reconocen como afrodescendientes, esto es el 4,7% de la población. “Este estudio es como la biblia para nosotros. Nuestro próximo objetivo es que nos incluyan en el censo”, dice Marta.

Y como es de esperarse, no son los ariqueños los únicos descendientes de esos miles de africanos que llegaron esclavizados a Chile y se instalaron en todo el territorio. El “Consorcio para el análisis de la diversidad y evolución de Latinoamérica”, más conocido como proyecto Candela, a cargo del University College de Londres, hizo un estudio genético que examinó muestras de sangre de mil chilenos provenientes de todas las regiones del país, para determinar qué porcentaje de nuestro adn proviene de América (44,3%), Europa (51,9%) y África (3,8%). Y una de sus conclusiones fue que la mitad de los chilenos tiene un antepasado africano.

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