DC FREI

Andan llorones los democratacristianos. Basta abrir una página de diario para encontrarlos quejándose. No lloran por nada. Ellos tienen su manera de pensar, y forman parte de una coalición que, hasta aquí, se supone que la acoge. En la mentalidad demócrata cristiana, se da una lucha sin cuartel entre la búsqueda del cambio y la confianza en la tradición. Una parte suya fue upelienta convencida (el MAPU, la IC), otra buscó el encuentro con Allende (Tomic, Fuentealba), y otra se sumó al golpe de Estado. Ya en 1974, Miguel Enríquez le escribe a Belisario Velasco para coordinar la resistencia al régimen, mientras Juan de Dios Carmona, “El Delfín de Frei”, se fascinaba con la dictadura. Son cristianos como es cristiana buena parte de la sociedad chilena. En ese sentido, muchas veces más representativos de la cristiandad nacional que la propia jerarquía eclesiástica. Hay en su interior una línea atea –Genaro Arriagada, Edgardo Boeninger- tan descreída de todo, que hasta de sus dudas dudan. Si hay que rezar un padre nuestro por la causa, lo cantan con entusiasmo. La mayoría, sin embargo, son beatos. El temita de las “libertades individuales” los incomoda. Han aparecido facciones modernizantes, que no creen en llegar vírgenes al matrimonio, que se han divorciado y que aceptan el derecho al aborto, pero sólo en determinados casos y por razones muy bien justificadas. El resto considera sagrado al embrión. El matrimonio homosexual, por más que intenten tomarlo en serio, les resulta un despropósito. Lo podrían llegar a transar, pero jamás considerar normal. Desprecian lo estrambótico. Nunca se vestirían de manera llamativa, y si lo hicieran se verían mal. La cara del DC anciano es Aylwin, la del mayor es Gutenberg Martínez, y la del menor, Claudio Orrego.
Sus niños ya son viejos. No representan un prototipo “atractivo”. Difícil imaginar algo más aburrido que una fiesta DC. Sospecho que ni curados dicen barbaridades, que se ríen de chistes fomes, aunque si toma la palabra el DC cínico, estallan en carcajadas culpables, pero auténticas. No los enfurece el transgresor, sino que lo encuentran frívolo. El liberalismo cultural les ha pasado por encima, pero hay un miedo a los extremos que los mantiene muy vivos.

Durante el último tiempo han conseguido ser el centro del debate. Con una derecha desmoralizada, han jugado el papel de contradictores en la construcción de las reformas. Han problematizado entusiasmos desmedidos. Los DC son temerosos. Un niño aguerrido, de los que llega más alto en el árbol, difícilmente será democratacristiano. Eso los diferencia del ejecutivo financiero ambicioso y del héroe de la revolución. Son los defensores de la medianía. Hay pocos artistas democratascristianos, pero tienen una carta de triunfo: Gabriela Mistral. “¡Porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna/ bajará a disputarme tu puñado de huesos!”, escribió, y en eso están los democristianos, sintiendo nuevamente latir sus huesos ante el avance revolucionario, como una momia que despierta gracias al soplo de un fantasma. Cuando tienen el poder, impacientan; cuando lo comparten, calman. No es con ellos, sino sin ellos, que la Nueva Mayoría sería un problema.