españoles

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España, la corajuda, la de Durruti, la de Valle-Inclán, está paralizada. La clase media y sus lecturas no quieren cambios. Se entiende. Chile y su “media clase” es igual. Tenemos la misma caspa. Allá el suplemento Babelia y su lista, el rito de los diez mejores libros del 2014. Ningún latinoamericano. Las editoriales hablan con grandilocuencia de las conexiones con el otro continente. Se equivocan. En España no leen –como se debería– a los latinoamericanos, ni nosotros a los españoles, más allá de los famosos que marcan su estatura en las paredes blancas de los rankings. Bolaño. Gracias, Roberto, creaste un canon. Todavía queda el halo de tus cigarros transmutados en folios de a quiénes habría que leer. Buenas lecturas, sensibles, al grano. Ignacio Echevarría, otro baluarte, sensato. Ahora leemos un poco más a los españoles y sobre todo, leemos a los argentinos, peruanos, colombianos. A los vecinos. Aunque nos leemos con justa medida, con sospecha, sin caer en el excesivo chovinismo de quien tiene la Ciudad de los Césares.

España. 2015. La crisis económica española, congela. Enero, el invierno en el hemisferio norte, hace ser precavido, indolente, no avanzar. Cuidar la retaguardia, es la consigna. La vanguardia cultural se antepone de espaldas, antes de dar un paso. Y en una trinchera, riendo solos están Joan Brossa, Ramón Gómez de la Serna, Juan Eduardo Cirlot y la artista Carmen Calvo, quien lanza cáscaras de naranjas a los burócratas de la pintura.

La España es una metáfora de una escultura rayada, decapitada por la obstinación de los que creen tener la verdad para todo. Tecnócratas que se martirizan con las estadísticas.

La intuición, en esta época, es un arma de los niños, los únicos valientes que quedan. Alfred Jarry, el patafísico, se pasea alegóricamente disfrazado de Ubú por Madrid, Barcelona, Valencia, ciudades que ponen de moda los modales prefabricados de una casta. Aquí mandan las corbatas. Ya me lo dijo Zurita en mi último viaje a Chile, “hay poesía en España que le falta despeinarse”, y con justa razón: mientras más firme la peluca señorial, más se tiene la convicción de tener la cabeza cubierta de razones. Latinoamérica, la desordenada, la llena de equivocaciones. Lo que es caos para la Península, para nosotros es ventilar las sábanas, cambiar de posición los muebles, remover la tierra de los maceteros. Lo otro es conservar, no mutar.

Cataluña hace la broma y cambia la lengua oficial por el gallego, ¿por qué no? Y la revista española Canibaal aparece en escena, leyendo a los latinoamericanos, con sus publicaciones que invitan a cruzar el charco, al otro lado, donde el mar era un abismo de monstruos. Tan equivocados no estaban los marinos que rechazaron la aventura de embarcar en Puerto de Palos. Julián Herbert, Reynaldo Jiménez, Rafael Gumucio, Bruno Montané, Andrés Fisher, Mario Santiago y Rodrigo Rey Rosa, entre otros, son tan aborígenes canibaales como Vila-Matas y Bernhard de la Europa Central. Latinoamérica, monos con navajas, cortan papeles, y hacen piñatas y del interior caen libros encuadernados, las firmas de los descendientes contractuales del viaje, de los que arriesgan todo. Eso es Latinoamérica. Dejar las expectativas en una zona de no wifi, donde Francis Picabia, creo Cannibale, en 1920, y Canibaal, ahora, le hace un homenaje creando una publicación experimental, escéptica de los años. Picabia, un poco de cubano y sobre todo francés. Un laboratorio, al final de cuentas. Eso es Latinoamérica, mitad de todo, con un puño allá y el otro aquí.

*Poeta visual y director literario de la revista Canibaal.